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Full text of "Riverita"

RIVERITA 



OBRAS DEL MISMO AUTOR 



CRÍTICAS 

PESETAS 

Los Ora.dor.es del Ateneo, un tomo 2 

Los Novelistas Españoles, un tomo 2 

Nuevo Viaje al Parnaso, un tomo 2 

La Literatura en i 88 i (en colaboración), un tomo. 2 

NOVELAS 

El Señorito Octavio, un tomo 3 

Marta y María (ilustrada por Pellicer), un tomo. . . 4 

El Idilio de un Enfermo, un tomo 4 

Aguas Fuertes (novelas y cuadros), un tomo. ..... 3 

José, un tomo 3,50 



RIVERITA 

NOVELA DE COSTUMBRES 

POR 

ARMANDO PALACIO VALDÉS 



TOMO II 



MADRID 

TIPOGRAFIA DE MANUEL G. HERNANDEZ 
Libertad, 16 duplicado 
1886 



ES PROPIEDAD 



I 



IGUEL no ^ tan f euz c °mo había 
. imaginado viviendo con su madras - 
tra. Aunque Julita le proporcionaba 
djr con su alegría infantil y cándido do- 
naire gratísimos momentos, estaban amargamen- 
te compensados éstos por el malestar que le pro- 
ducía el carácter rígido, inflexible, de la brigadiera. 
Este carácter no tenía ocasión de manifestarse 
con él, porque evitaba escrupulosamente todo mo- 
tivo de choque ó disgusto; pero se mostraba en 
toda su violencia y á cada hora del día con su hija 
Julia. No podía hacer la pobre niña nada, fue- 
se tuerto ó derecho, que mereciese su aproba- 
ción; era un ordenar constante de la mañana á la 
noche, primero una cosa, después otra, á menudo 



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ARMANDO PALACIO VALDÉS 



cosas contrarias, lo que producía -disgustos, con- 
flictos y escenas ruidosas. Julia tenía ocupados to- 
dos los minutos del día; cinco horas de piano, dos 
de bordado, dos de estudio, etc. Por nada en el 
mundo podía infringirse este régimen despótico: 
la menor infracción costaba muchas lágrimas. Si 
por impaciencia, ó arrastrada de su genio vivo y 
desenfadado, contestaba alguna cosa que oliese 
de cien leguas á falta de respeto, ya podía prepa- 
rarse: la brigadiera se erguía como una fiera, la 
llenaba de insultos, y olvidándose á menudo de lo 
que debía á su propia dignidad, y apesar de los 
años de Julita, la pellizcaba cruelmente, la abofe- 
teaba y la tiraba de los cabellos: — «¡A su madre 
no se contesta jamás; se obedece y se calla, aun- 
que no tenga razónl» — Eran las palabras que 
siempre salían de su boca en casos tales. La bri- 
gadiera tenía de la patria potestad la misma idea 
que los romanos; no había límites para ella. Cuan- 
do se efectuaba alguna de estas escenas, y por des- 
gracia eran demasiado frecuentes, siempre con- 
cluían del mismo modo: Julita se iba á llorar la re- 
prensión, los pellizcos ó las bofetadas á su cuarto; 
su madre no volvía á hablar con ella, ni á dirigirle 
siquiera una mirada: para que hubiese reconcilia- 
ción, era necesario que Julia fuese á ponerse de ro- 
dillas delante de ella, y cruzadas las manos en el 
pecho, como estaba acostumbrada desde niña, la 



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7 



pidiese perdón. Sólo así lograba entrar en su 
gracia. 

Poco tiempo después de haberse trasladado Mi- 
guel, fué testigo de una de las más repugnantes 
escenas de este género. Cuando terminó con el 
piano una mañana, Julita se fué al comedor, y motu 
propio, por su extremada inclinación al aseo, sacó 
toda la vajilla de los armarios y se puso á limpiar- 
la esmeradamente y á colocarla de nuevo en su 
sitio. Empleó en la tarea mucho más tiempo de 
lo que había imaginado: cuando tornó al gabinete 
donde su madre se hallaba, ésta le preguntó con la 
aspereza acostumbrada si había cosido un vestido 
que se le había roto el día anterior. 

— Todavía no — contestó Julita tranquilamente. 

— ¿Y qué te has hecho toda la mañana? ¡holga- 
zana! ¡más que holgazana! — exclamó la brigadie- 
ra con ira. 

Julia, que estaba muy ufana de su labor y que 
pensaba dar una sorpresa agradable á su madre, le 
dijo riendo: 

— ¿Mamá, tiene V. vergüenza para llamarme 
holgazana? 

Nunca lo hubiera dicho. La brigadiera, sin oír 
más, se lanzó sobre ella, la cogió por un brazo y 
la sacudió tan fuertemente, que la chica perdió el 
equilibrio y cayó al suelo, dando con la cabeza so- 
bre un pie del piano: lanzó un grito y se llevó la 



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ARMANDO PALACIO VALDÉS 



mano á la cabeza, de donde corría un hilo de san- 
gre. La brigadiera, terriblemente asustada, pálida 
como una muerta, se arrodilló cerca de su hija, 
la incorporó, y empezó á besarla frenéticamente, 
mientras Miguel iba corriendo á su cuarto en bus- 
ca del frasco del árnica. Pusiéronla inmediatamente 
una compresa, sujetándola con una venda, y gracias 
á esto la herida quedó pronto cerrada. Julia no tar- 
dó en serenarse: su madre también se calmó poco 
á poco. Pero todavía mientras la quitaba la sangre 
de la cara con un paño mojado, no podía menos 
de dar suelta á su genio exclamando: 

— ¿Lo ves? Esto te ha sucedido por desvergon- 
zada. 

La brigadiera, aunque parezca extraño después 
de lo que acabamos de decir, amaba á su hija; 
pero la amaba á su manera, mortificándola sin ce- 
sar para plegarla de un modo incondicional á su 
voluntad. La voluntad era la facultad dominante, 
característica de su espíritu; todas las demás, el 
entendimiento, la sensibilidad, la memoria, estaban 
avasalladas por ella, hasta poder dudarse algunas 
veces de si existían. Ante el capricho más insigni- 
ficante, la ternura y hasta el amor maternal huían 
á esconderse; pero sería injusto afirmar que esta- 
ba desprovista de ellos. La prueba es que en el 
momento en que su hija se ponía enferma, no se 
apartaba de ella un instante, ni de día ni de noche. 



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Verdad es que, aun en tal estado, su voluntad no 
dejaba de seguir activa, haciéndole tragar las me- 
dicinas con terrible exactitud, no consintiéndole 
sacar un brazo fuera, ni dar tantas vueltas, etc. etc. 
Esto era irremediable. Además, para vestir á Julia 
con elegancia, para proporcionarle una educación 
brillante, no le dolía gastar todo su caudacj, ni aun 
sacrificar sus propias comodidades. Mientras estu- 
vo en Sevilla pudo competir en vestidos y som- 
breros con las hijas de las familias más aristocrá- 
ticas. A esto se debía, por supuesto, la gran mer- 
ma que sobrevino en la hacienda que el brigadier 
la había dejado. 

No obstante el régimen severo en que su ma- 
dre la tenía aprisionada y el feroz despotismo que 
sobre ella ejercía, Julia no era tan desgraciada co- 
mo pudiera presumirse. La naturaleza la había do- 
tado de un carácter alegre, bondadoso y algo tor- 
nadizo, y este carácter la salvaba de una desdicha 
cierta; las impresiones en ella duraban poco y se 
sucedían con pasmosa rapidez; pasaba con increí- 
ble facilidad del llanto á la risa, y de la risa al 
llanto; era incapaz de meditar sobre las injurias 
que la hacían, ni menos de guardar por ellas el 
más leve rencor. Además, como estuvo toda su 
vida bajo el poder y la vigilancia de su madre, no 
pensaba que hubiera más vida, y estaba tan acos- 
tumbrada á sus filípicas que, cuando no eran ex- 



IO 



ARMANDO PALACIO VALDÉS 



traordinarias, las escuchaba como un ruido enfa- 
doso, y se autorizaba una que otra vez, si el tem- 
poral no era muy recio, ciertas salidas graciosas, 
aunque atrevidas. 

— Mamá, me ha dicho una persona bien entera- 
da que en el purgatorio acaban de suprimir los 
pianos. Hasta allí se van mejorando las costum- 
bres. — -Mamá, ¿será faltarte al respeto decirte que 
hoy te has echado muchos polvos de arroz? — Ma- 
má, si yo tuviese una hija, por lo menos un día á 
la semana, la dejaría dormir cuanto quisiera. 

Estos donaires, cuando subían de punto, solían 
costarle bastante caros. 

Miguel, á quien todo aquello cogía de nuevas, y 
que adoraba á su hermana, no podía sufrirlo con 
calma: cada vez que le tocaba ser testigó de una 
de estas escenas, padecía horriblemente y le cos- 
taba esfuerzos desesperados el reprimir sus ímpe- 
tus y no hacer á la brigadiera alguna áspera ad- 
vertencia. Pero comprendía que con esto no ade- 
lantaba nada; al contrario, pondría las cosas en 
peor estado, y se callaba tragando bilis ó apelaba 
con timidez á los ruegos para conjurar la borras- 
ca. Más de una vez pensó en irse de nuevo á la 
fonda; pero al instante su conciencia se rebelaba. 
¿Esto no era egoísmo? ¿Qué adelantaba su hermana 
con que él no estuviese en casa? Por el contrario, 
'sabía perfectamente que Julita se consolaba mu- 



RIVERITA 



II 



cho teniéndole cerca, no sólo porque templaba 
algunas veces el rigor de su madre, sino también, 
y esto era lo principal para ella, porque desaho- 
gaba con él su pecho, porque la animaba, porque 
pasaba charlando deliciosamente muchos ratos en 
su compañía, porque se placía en arreglarle el 
cuarto, porque la llevaba con frecuencia al teatro 
y procuraba, en suma, por todos los medios que 
estaban á su alcance, hacerle más dulce la existen- 
cia. Por otra parte, tampoco Miguel era de natu- 
ral melancólico, como ya sabemos; Julia y él se 
entendían admirablemente para bromear, reír, bai- 
lar y hasta brincar por la casa. Y como la alegría 
es contagiosa, algunas veces, muy pocas, también 
la brigadiera participaba de ella y sonreía á sus 
juegos. Miguel solía aprovechar esta buena dispo- 
sición y osaba retozar con la fiera: cogiéndola sú- 
bito de la cintura la empujaba con alguna violen- 
cia y la hacía correr, á su pesar, por la sala ó el 
corredor hasta fatigarla, sin hacer caso de sus 
protestas. 

— ¡Estáte quieto, Miguel! ¡Basta , Miguel! ¡Mira 
que me fatigo! 

La brigadiera, enfadada á medias, no podía me- 
nos de reírse. Miguel comprendía bien cuándo con- 
venía soltarla. 

— ¡Eres un loco incorregible!... ¡Eres más chiqui- 
llo aún que tu hermana! 



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ARMANDO PALACIO VALDÉS 



— Vamos, cállese V., señora, ó volvemos á dar 
otros seis galopes. 

— No, no, me marcho, porque eres muy capaz 
de hacerlo — decía riendo. 

Estas sonrisas tenían para nuestros jóvenes el 
incalculable valor que tiene para los- habitantes de 
Londres un rayo de sol en medio del invierno. 

Miguel entregaba á su madrastra puntualmente 
la mitad de su renta. No se limitaba á esto su libe- 
ralidad: á menudo las hacía valiosos regalos, las 
llevaba al teatro y las obsequiaba de mil modos 
distintos. La casa se había montado sobre un pie 
más alto: vivían en un cuarto desahogado de la ca- 
lle Mayor: en vez de la cocinera y la doncella que 
antes tenían, había ahora otros dos sirvientes más, 
una doncella para Julia y un criado para Miguel. 
La brigadiera aceptaba, sin embargo, la generosi- 
dad de su hijastro sin mostrar pizca de agradeci- 
miento: al contrario, parecía que tomando su di- 
nero ó sus regalos le otorgaba un gran favor, le 
daba una prueba de confianza, y que él era quien 
estaba obligado por ello á guardarle eterna gra- 
titud. . 

Algún tiempo después de vivir de aquel modo, 
tuvo nuestro joven otro encuentro, fecundo tam- 
bién en graves consecuencias. Aconteció que un día 
de Carnaval se disfrazó de máscara, y en compa- 
ñía de otros dos amigos, se bajó al Prado. Vestía 



RIVERITA 



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traje de chula, y ostentaba, para mayor regocijo 
de los mirones, un seno exuberante, embutido de 
algodón. 

El salón rebosaba de gente; pocas máscaras, no 
obstante. Las que había, desfilaban entre los ca- 
rruajes dando saltos para no ser atropelladas, y se 
montaban en la trasera de ellos, en el estribo, y á 
veces se sentaban al lado de los dueños para em- 
bromarlos. El grupo donde iba Miguel se quedó 
algunos minutos inmóvil presenciando el desfile é 
inquiriendo con la vista si entre las graves damas 
y caballeros que venían arrellanados en los landaux 
ó mylords había algunos de sus conocidos á quien 
poder dirigirse. Uno de los compañeros atisbo al 
diputado Vidal que guiaba un tilbury, y escapó á 
colocarse á su lado, lanzando chillidos horrísonos. 
«¡Perico! ¡Perico! padre de la patria, aguárdame.» El 
otro tuvo la felicidad de ver á su novia en carretela 
y fué á colocarse de pie en el estribo. Quedó Miguel 
solamente en espera de algún amigo; pero no aca- 
baba de pasar. Conocía bastante de vista y de oí- 
das á la mayor parte de las personas que ocupaban 
los aristocráticos trenes que cruzaban lentamente 
guardando fila, pero no trataba á ninguna: el barón 
de Aguilar con su señora, la marquesa viuda de 
Istúriz con su hija, después los señores de Pérez 
Blanco, en seguida el embajador inglés, luego la 
señora de Manzanillo con sus tres hijas, unas seño- 



ARMANDO PALACIO VALDÉS 



ras que no conocía, un consejero de Estado próxi- 
mo á ser ministro, el banquero Mendiburu con su 
señora y hermana, la generala Bembo:... á ésta sí 
la conocía. Era Lucía Población, aquella rubia tan 
espiritual, amiga de su madrastra, que había casa- 
do mientras él estuvo en el colegio con el coronel 
Bembo, ascendido hacía poco á general. D. Pablo 
estaba en Filipinas en un cargo importante; decía- 
se que había ido allá á reponer su fortuna, quebran- 
tada por las prodigalidades de su esposa. Vivía 
ésta en Madrid con sus tres hijos, gastando un arreo 
que confirmaba tal juicio. Además, en los últimos 
tiempos había dado bastante que decir con algu- 
nas historias galantes, lo que por otra parte la 
había elevado á la categoría de «mujer á la moda.» 
Miguel no había hablado con ella desde niño: y 
esto porque sabía que estaba hacía muchos años 
reñida con su familia. La había encontrado varias 
veces en los salones de la corte; pero como Lucía 
afectaba no conocerle, él tampoco se había decidi- 
do á saludarla. Sin embargo, no tenía contra ella 
queja alguna: en la ruptura de relaciones con su 
madrastra, estaba convencido de que la culpa era 
de ésta. 

Viendo que no cruzaba ningún amigo, Miguel 
se decidió á pasar un rato con la generala. 

— Lucía, Lucía, hermosa Lucía, déjame contem- 
plarte un instante de cerca... 



RIVERITA 



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Y saltó sobre el estribo de la victoria en que 
iba la dama y se sentó á sus pies. 

— He aguardado más de una hora para verte 
pasar y poder ofrecerte mi caja de dulces... 
toma. 

— Gracias, máscara — dijo la dama con sonrisa de 
complacencia, abriendo al mismo tiempo la cajita 
de Miguel y sacando de ella una almendra con sus 
dedos enguantados. 

— ¡Qué envidia sentirán ahora los que me vean! 

— ¿Por qué? 

— Porque voy sentado á los pies de la reina 
de la hermosura, la estrella Sirio de los salones de 
Madrid. 

El joven exageraba. No obstante, Lucía era una 
de las bellezas que citaban los periódicos en sus 
revistas de salones y teatros. Los años no la ha- 
bían hecho desaparecer- por el contrario, al redon- 
dear y abultar sus formas, habían dado á su figura 
una majestad que antes no tenía. Conservaba el 
rostro terso y nacarado: sus cabellos dorados no 
contenían aúh ninguna hebra de plata: sus ojos 
límpidos, azules, tenían una expresión vaga de me- 
lancolía é inocencia que contrastaba singularmente 
con lo que de ella se decía, y que la comunicaba 
cierto misterioso atractivo. Vestía con extraordi- 
naria elegancia. 

Al aspirar la tufarada de incienso que Miguel le 



i6 



ARMANDO PALACIO VALDÉS 



echó de improviso, una sonrisa placentera contra- 
jo sus labios. 

— ¡Oh! máscara, eres muy galante, muy galante... 

— No es galantería; es pura verdad: todo el 
mundo te admira en Madrid... 

— Vamos, acepto eso como broma de Carnaval; 
pero te la agradezco, porque es delicada. 

— Agradéceselo á Dios, que te ha hecho así... 
Aunque alguna parte también debió tomar el dia- 
blo cuando te ha formado, porque has hecho mu- 
chos desgraciados... 

Y siguió un buen rato manejando el incensa- 
rio: la generala sonreía siempre y se iba interesan- 
do cada vez más por la máscara. Cuando estuvo 
ya bastante preparada, el joven dio otro giro á la 
conversación, enderezándola por ciertos caminos 
peligrosos. 

— ¡Ay, Lucía, tú no sabes cuánto me has he- 
cho pecar de pensamiento! 

— ¿Y por qué? — repuso la dama; en sus ojos 
brilló una chispa de malicia. 

— Porque... porque... ¡bah! ¿Quieres que te lo 
diga? 

— Sí, dímelo. 

— No me atrevo; te vas á enfadar conmigo. 
— No me enfadaré; dímelo. 
— Sí te enfadarás; y yo quiero seguir siendo tu 
amigo... digo, tu amiga... 



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— ¡Cuando te digo que no me enfadaré!... Va- 
mos, me comprometo á ello formalmente; habla. 
— ¡Ay, Lucía! ¿Me lo juras? 
— Te lo juro. 

El joven se levantó, acercó su cabeza á la de 
la dama, y rozando con los labios su oído, dejó 
caer en él unas cuantas palabritas, que la hicieron 
prorrumpir en carcajadas. Miguel no esperaba tan 
buena acogida, y quedó un poco cortado; inme- 
diatamente se repuso, y comprendiendo que la 
generala estaba curada de espantos, se enfrascó 
en una conversación libre y desvergonzada. 

La generala, á cada nuevo equívoco ó reticen- 
cia, mostraba mayor alegría, se desternillaba de 
risa y daba pie con sus ingeniosas y picarescas 
respuestas á que el joven se engolfase cada vez 
más adentro. Ya no pensó más en cambiar de sitio; 
se encontraba admirablemente á los pies de Lucía. 

La generala quería averiguar quién era la más- 
cara que tantas y tantas buenas cosas sabía. 

— Soy tu lavandera, ¿no me has conocido? — 
respondía el joven. 

— ¡Oh, mi lavandera no es tan picara como tú! 

— La careta me hace ser picara; sin careta soy 
muy inocente. 

— Vamos, máscara, dime quién eres; has conse- 
guido interesarme... si me lo dices, prometo guar- 
darte el secreto. 



2 



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ARMANDO PALACIO VALDÉS 



El joven se obstinaba en sostener que era la 
lavandera; ambos se reían de aquel disparate. La 
noche iba cayendo; los carruajes ya dejaban el 
Prado, y la muchedumbre que se apiñaba en el 
salón se había enrarecido bastante. 

La generala desplegó el abrigo y se lo metió 
con la ayuda de Miguel; pero no acababa de dar 
al cochero la orden de retirarse; la máscara había 
picado su curiosidad de mujer caprichosa, y bus- 
caba una aventura con el deseo irritado de quien 
va á despedirse de ellas para siempre. Por último, 
Miguel se declaró: era un joven enamorado tiem- 
po hacía, y que devoraba en secreto su amor sin 
esperanza, y. sus celos. Nunca había tenido oca- 
sión de acercarse á ella, y aunque la hubiera teni- 
do, tal vez no la aprovechara, porque temía ser 
despreciado; con la máscara puesta, ya era otra 
cosa; no estaba embarazado por el miedo; se sen- 
tía con fuerzas bastantes para decirle en voz alta: 

— Te adoro, Lucía, te adoro... te adoro... te 
adoro... 

Y el joven repetía casi á gritos su frase, llaman- 
do la atención de las personas que pasaban cerca. 

La generala reía á carcajadas y hallaba cada 
vez más divertida á su máscara; aparentando juz- 
garlo todo pura broma, dudaba en el fondo que 
no fuese verdad y sentía dulcemente acariciada su 
vanidad. 



RIVERITA 



I 9 



— ¿Eres tan feo que no te atreves á decirme 
que me adoras, sin careta? 

— Lo soy bastante; pero sobre todo soy un ser 
insignificante, indigno de que fijes en él tuá her- 
mosos ojos. 

— Por lo pronto, máscara, tienes una cualidad 
bastante rara en el día: la modestia. Ya no eres, 
pues, tan insignificante. 

— Cuando no hay mérito, la modestia no es 
virtud. 

— Déjame comprobar yo misma si es verdad lo 
que dices. Alza un poquito la máscara. 

— De ninguna manera; no quiero que te rías 
de mí. 

— Aunque fueses feo, siempre quedarías como 
hombre agradable é ingenioso. 

— Muchas gracias... pero no trago el anzuelo. 

— Dime entonces tu nombre. 

— ¿Para qué?... no me conoces... me llamo Juan 
Fernández. 

— Eso no es verdad. 

Ambos quedaron silenciosos unos instantes. La 
generala estaba un poco despechada de la obsti. 
nación de Miguel: quería advertir en ella cierta 
indiferencia disfrazada con el velo del temor. La 
conversación la había animado también. 

— Hace ya demasiado fresco y voy á retirarme 
— dijo en tono más grave; y después de una pau 



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ARMANDO PALACIO VALDÉS 



sa, añadió con afectada desenvoltura: — ¿-Conque te 
resignas á ser mi adorador en secreto? 
—Sí. 

— No te envidio el papel; debe de ser poco di- 
vertido. 

— ¡Oh, es tristísimo! Pero le prefiero al de aman- 
te desdeñado. 

— Si no te conozco, ¿cómo puedo darte espe- 
ranzas? 

— Pues bien; ¿quieres conocerme? 
— Ya te he dicho que sí. 

— Mañana corresponde á tu turno en la ópera. 
¿No es cierto?... El joven que veas con una came- 
lia blanca en la solapa del frac, ese soy yo. Pero 
es condición precisa que tú lleves dos camelias 
también en la mano, una blanca y otra encarnada: 
si te gusto, deja caer la encarnada y quédate con 
la blanca; si no, haz lo contrario. 

— Convenido. 

— Hasta mañana, pues; adiós, adiós hermosa Lu- 
cía... Voy á pedir al cielo que seque esta noche 
todas las camelias encarnadas. 



II 



/^9we)I UCH0 vac ^ó Miguel antes de resolver- 
ifeí&V«L se ^ entrar > con * a camelia blanca, en 
la sala del Teatro Real. ¿Qué diría la 
y generala Bembo al ver á un mucha- 
cho á quien tuvo, más de una vez, sentado en su 
regazo, ofrecerse como amante? ¿Se indignaría? 
¿Soltaría la carcajada? ¿Lograría despertar con su 
admiración y fidelidad alguna ternura en el pecho 
de la hermosa Lucía? Tales eran las dudas que le 
atormentaban mientras iba y venía, del foyer á la 
puerta de la sala, sin atreverse á poner el pie en 
ella. Levantaba cautelosamente la cortina para 
echar los gemelos á la generala, que estaba en un 
palco platea, más hermosa que nunca, relampa- 
gueando como escaparate de joyería: tornaba al 



22 



ARMANDO PALACIO VALDÉS 



foyer\ daba tres ó cuatro paseítos, se tiraba por el 
bigote hasta arancárselo; volvía á la puerta de la 
sala, se arreglaba el cuello de la camisa, echaba 
una mirada á la solapa del frac, donde artística- 
mente estaba colocada la camelia, y otra á la mano 
de la generala donde brillaban una blanca y otra 
encarnada; pero no acababa de decidirse. Lucía 
también estaba impaciente; lo observaba nuestro 
joven con placer; varias veces la había sorprendido 
echando una rápida é intensa mirada por todo el 
ámbito de las butacas, y había querido adivinar, 
en sus labios, cierta expresión de desencanto ó dis- 
gusto. 

Al fin hizo un esfuerzo supremo y se coló rápida- 
mente en medio de la sala. Una vez allí, se encontró 
sereno, y poniendo con osadía los ojos en el palco 
de la generala, esperó. Al tropezarse con él la mi- 
rada de ésta, llevóse la mano al sombrero y la hizo 
un saludo exagerado, fantástico, de los que tanto 
gustaban los mancebillos elegantes en aquella épo- 
ca. La generala contestó con afabilidad, y dirigió 
la vista á otro sitio-, mas al volverla de nuevo ha- 
cia Miguel, al ver la camelia blanca en su frac y al 
observar su mirada fija, penetrante y un si es no 
es risueña, recibió tal sorpresa, que no pudo con- 
testar á lo que, en aquel momento, le preguntaba 
un viejo militar que tenía á su lado. El hijo del 
brigadier notó el estremecimiento de sus manos y 



RIVERITA 



23 



vio claramente que una ola de rubor había subido 
á sus mejillas, por más que hubiera vuelto rápida- 
mente la cabeza hacia la puerta del palco: — «Ya 
eres mía, » pensó con la fatuidad propia de los jó- 
venes que aspiran á sentar plaza de seductores. 

La generala tardó mucho en mirarle de nuevo; 
pero esto le importaba á él muy poco: sabía que 
el golpe estaba dado y que había sido certero, 
y esperaba confiadamente el resultado. En efecto, 
después de largo rato, durante el cual la generala 
afectó sostener una conversación animadísima con 
el militar, volvió la cabeza hacia la sala y paseó por 
ella la mirada sin detenerla en Miguel: á la otra vez, 
ya la detuvo un poco; á la otra, un poco más; á la 
otra, ya fué derecha á él. Establecióse entonces un 
tiroteo de miradas, que no cesó en toda la noche. 
La expresión de sorpresa y de vergüenza no aca- 
baba de desaparecer por completo del rostro de 
Lucía; pero esto le prestaba aún más atractivo. La 
camelia encarnada tampoco se deslizaba de sus 
manos. Miguel, cada vez más dueño de sí mismo, 
se atrevió á hacerle seña de que la arrojase: la ge- 
nerala bajó los ojos sonriendo, pero no hizo caso. 
Acaeció, no obstante, lo que era de esperar: allá 
al final del cuarto acto, cuando el tenor avanza 
hasta las candilejas para expresar con algún do de 
pecho la emoción que le embarga, y las señoras 
se levantan de sus asientos dejándose poner los 



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ARMANDO PALACIO VALDÉS 



abrigos por sus maridos, amantes ó admiradores, 
la roja camelia cayó al suelo: la generala, con el 
abrigo ya puesto, se precipitó fuera del palco, sin 
duda para ocultar su confusión. Una sonrisa de 
triunfo contrajo los labios de Miguel, quien salió 
también velozmente fuera de la sala y se apostó 
en el vestíbulo esperando á Lucía. Al pasar ésta, 
rozando con él, aunque sin mirarle, deslizó en su 
mano una carta que tenía preparada. En ella se 
confesaba perdidamente enamorado: «una pasión 
de niño que el tiempo no había hecho más que 
trasformar y fortalecer:» la amaba, valiéndose 
de la expresión de Víctor Hugo, como un gusano 
ama á una estrella- la impresión que su belleza, su 
angelical bondad y la dulzura de su carácter, ha- 
bían hecho en su corazón de niño, no había podi- 
do borrarse: «era su primer sueño de amor.» Para 
decir esto, en resumen, había empleado dos plie- 
gos de letra menuda. Al día siguiente recibió la 
contestación en su casa: la carta de la generala era 
digna y cariñosa; pero estaba escrita en un tono 
protector, que no le sentó bien á nuestro joven: le 
recordaba su infancia, le ponía de manifiesto lo 
extravagante de aquel amor, «que no era, como él 
aseguraba, una pasión firme y verdadera, sino un 
capricho de niño:» le indicaba el ridículo que so- 
bre ella caería si cediese á ese capricho y el mun- 
do lo averiguase: por último, le aconsejaba que 



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desistiese de su intento y procurase olvidarla. 

Pero Miguel estaba realmente interesado en la 
aventura, aunque no tanto como decía en su car- 
ta: esta contestación no hizo más que excitarle. 
Detrás de aquel «olvida ese capricho y quiéreme 
como una segunda madre, pues lo soy tuya por 
la edad y por el cariño que desde niño te profe- 
so,» adivinaba que la generala deseaba que insis- 
tiese, y que entendía y alcanzaba mejor aún que 
él lo interesante de aquella aventura. Si no, ¿por 
qué había dejado caer la camelia encarnada? — 
Replicó, pues, empleando una retórica más fogosa 
aún, describiendo su amor y sus sufrimientos, pro- 
curando conmoverla por todos los medios imagi- 
nables. Cruzáronse después algunas otras cartas: 
Miguel pedía una entrevista para desahogar siquie- 
ra su corazón, «aunque después le despreciase.» 
Lucía se negaba á darla, considerándola inútil y 
aun perjudicial para ambos. Insistió el joven cada 
vez con más afán. La generala cedió al cabo «por 
compasión, porque temía que hiciese una locura,» 
citándole para el día siguiente. Miguel debía pa- 
sear á pie y por la tarde hacia la Casa de Campo, 
y tropezar casualmente con el carruaje de Lucía: 
ésta mandaría parar y entablarían conversación, 
hasta que á la postre le invitaría á subir y dar con 
ella un paseo. 

Así se realizó punto por punto. Miguel acudió 



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ARMANDO PALACIO VALDÉS 



á la cita lleno de emoción, tanto más, cuanto que 
Lucía había sabido darla un atractivo especial con 
aquel misterio. Si le hubiera recibido lisa y llana- 
mente en su casa, no sentiría la mitad del deleite. 

■ — Adiós, Miguelito... Pare V., Juan... ¿Cómo tan 
solo por aquí, querido? ¿Te dedicas á meditar por 
estas soledades? 

— Phs... huyendo de la noria de la Castellana... 
¿Y V., generala? ¿Le gusta á V. también la filo- 
sofía? 

— Por haber filosofado en casa es por lo que 
vengo aquí — dijo riendo. — Me duele un poco la 
cabeza, y temía marearme en la Castellana .. Pero 
súbete, y darás una vuelta conmigo: después te 
dejaré donde quieras. 

Todo fué dicho en voz alta para que lo oyesen 
el cochero y el lacayo. Sin embargo, cuando éste, 
lleno de sumisión, inclinándose con el sombrero 
en la mano, abrió la portezuela, brillaban sus ojos 
con maliciosa expresión: al subir al pescante dió 
un pellizco significativo á su compañero, y am- 
bos rieron groseramente sin osar decirse lo que 
pensaban, por temor de ser escuchados. 

Al verse solo y mano á mano con Lucía en el 
carruaje, Miguel perdió la serenidad: no supo por 
lo pronto más que continuar la conversación em- 
pezada, hablando de su afición al campo y del 
placer que tendría en pasear largo todos los días; 



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2 7 



pero la vida de Madrid, las visitas, la moda... esta- 
ba cortado, aturdido; no sabía por dónde empe- 
zar. La generala, afectando también confusión y 
vergüenza, le observaba, sin embargo, sometién- 
dole á un atento examen, del cual, en realidad, no 
salió mal librado. Miguel , aunque no era buen 
mozo, poseía una figura delicada y un rostro gra- 
cioso y expresivo. 

Al fin ¿e vió ella precisada á tomar la iniciativa. 

— Vamos, ya has conseguido lo que con tanto 
afán pedías. ¿Estás contento? 

—¡Oh, sí! 

— Yo no: cualquier indiscreción en estas cir- 
cunstancias, me perdería, me pondría en ridículo: 
ya me voy haciendo vieja. 

Miguel protestó; no pasaba por la vejez: se 
atrevió á decir, aunque mirando al paisaje por la 
ventanilla, que no había en Madrid niña que pu- 
diera competir con ella en hermosura y elegancia. 

Lucía no quiso aceptar la lisonja: no se hacía 
ilusiones; á los treinta y cinco años (se quitaba 
cuatro) una mujer es vieja; ¡pero muy viejal 

— Y lo más triste de todo— añadió dejando es- 
capar un suspiro, — es que, recorriendo con la 
memoria los años de mi vida, me convenzo de que 
nunca he sido joven. 

— ¿Cómo?... 

— No, no he sido joven, porque jamás he gozado 



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ARMANDO PALACIO VALDÉS 



de las puras alegrías de la juventud, de los éxtasis 
apasionados del primer amor, de las dulces zozo- 
bras que trae consigo, de los placeres ideales... 
Siempre contrariada en mis sentimientos, en las 
afecciones de mi corazón... El mundo, los parien- 
tes, las circunstancias, me obligaron á casarme 
muy joven con un hombre á quien no quería. 
Echaron un cántaro de agua sobre el fuego de mi 
espíritu, y lo apagaron... Yo hubiera sido algo 
bueno, algo santo, algo puro, y me transformaron 
en un sér vulgar, insignificante. Sentía arrebatos 
heroicos en mi corazón, impulsos sublimes... Todo 
murió al subir al altar con un hombre que me era 
repulsivo... Los demás hombres no hicieron nada 
por redimirme... al contrario; contribuyeron á en- 
cenagarme más y más en la prosa de la vida. To- 
dos cuantos se han acercado á mí con la lisonja 
en los labios, doblando la rodilla para adorarme, 
no traían otro objeto que el de satisfacer su vani- 
dad, ó puramente un deseo brutal: ninguno ha ve- 
nido á entristecerse con mis tristezas, á alegrarse 
con mis alegrías, á confundir su alma con la mía, 
á realizar el verdadero amor, el amor puro y san- 
to con que toda alma elevada sueña siempre... Tú 
mismo, Miguel, para quien yo debiera ser sagra- 
da, al acercarte á mí en el Prado, lo has hecho 
con ese tono, con esa cruel frivolidad que tantas 
veces ha traspasado mi pecho... Lo he aceptado, 



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porque me he ido acostumbrando... Créeme, que 
de todas maneras, es muy duro... ¡muy tristel 

La generala, al pronunciar estas palabras en voz 
baja y reprimida, se había ido animando poco á 
poco; sus mejillas se habían coloreado fuertemen- 
te, y por ellas rodaban, al concluir, dos gruesas 
lágrimas. Miguel se sintió conmovido. 

— Mucho siento haberla ofendido... ¡Perdóneme 
usted! 

— No; tienes razón para tratarme así — repuso 
llevándose el pañuelo á los ojos. — Yo no quiero 
ni puedo presentarme ante ti como una santa: el 
mundo te habrá enterado perfectamente de que 
no lo soy. Hice muchas locuras en la vida... escan- 
dalicé con ellas á la sociedad... Pero créeme* Mi- 
guel, yo he rodado al abismo, porque me han em-' 
pujado., he rodado, guardando en el fondo de mi 
alma alguna perla que aún no ha tocado nadie. 

Riverita se quedó algunos instantes pensativo y 
silencioso. Cruzaron por su espíritu las ideas ro- 
mánticas que tienen siempre los jóvenes de cora- 
zón, y dijo levantando la cabeza y como hablando 
consigo mismo: 

— jQuién sabe! ¡Cuántas veces nos equivocamos 
juzgando por la máscara que llevamos puesta en 
la Vida! 

— La mía ha sido siempre impenetrable — dijo 
con exaltación la generala, clavando en él sus 



3° 



ARMANDO PALACIO VALDÉS 



ojos húmedos y brillantes. — Se me juzga frivola, 
caprichosa... y corrompida; se multiplican mis 
amantes, se citan mis extravagancias y se me 
arrojan al rostro infinidad de flaquezas... Quizá 
tengan razón: todo cuanto malo hice en mi vida, 
procuré que fuese pronto sabido del público; en 
vez de ocultar las faltas con artificio, procuré arro- 
jarlas á la murmuración. ¿Y esto sabes tú por qué 
lo hacía?... jPues en el fondo era para vengarme 
del escaso placer que me causaban! 

Estas últimas palabras fueron dichas con inusi- 
tada violencia. Miguel, que estaba bajo el hechizo 
de su figura distinguida, su elegancia y la suavidad 
voluptuosa de su mirada, se dejó arrastrar por 
ellas. Lo que la generala decía estaba de acuerdo 
con el espíritu que domina en la literatura moder- 
na, según el cual en la mujer, á más de la virgini- 
dad material, existe una como virginidad moral in- 
dependiente de la primera: á menudo la que más 
amantes tiene es la que mejor guarda esta virgini- 
dad; en medio de la corrupción y los placeres, el 
corazón puede permanecer incólume y sano, y lle- 
gar á redimirse y sentir, cuando encuentra otro 
semejante, el encanto de los amores inocentes. 
Y como en aquel momento estos artículos halaga- 
ban su amor propio, no tuvo inconveniente en 
concederles franca y cordial acogida. Ambos se 
entretuvieron largo rato con ellos. Lucía se con- 



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fesó derramando lágrimas; relató sus angustias, 
sus sueños, las amarguras que en medio del placer 
sentía, el aborrecimiento, mejor dicho, el des- 
precio que la grosería de los hombres le inspira- 
ba, el ansia de subir á otra región más elevada, 
de penetrar en una atmósfera pura y diáfana don- 
de pudiese respirar con libertad. Miguel, lleno 
de íntimo regocijo, la consoló, excusó sus faltas 
y expuso también sus ideas .particulares acerca 
del amor. 

El carruaje marchaba por la solitaria carretera, 
sin ruido, acusando su linaje aristocrático. El pai- 
saje se extendía por ambos lados áspero y triste: 
los árboles que bordaban el camino, desnudos por 
entero, dejaban paso á los ojos y por entre aquellos 
se veía la luz rojiza del sol moribundo. La elasti- 
cidad de los muelles producía en Miguel cierta va- 
ga soñolencia. Dueño de sí completamente y con 
una hermosa mujer que le escuchaba atenta, habla- 
ba como si fuera para adentro, vaciando el carga- 
mento de ideas más ó menos poéticas, de parado- 
jas fantásticas, de conceptos retorcidos que tenía 
en la cabeza: los exhibía con arrogancia, satisfa- 
ciendo su vanidad, deseando tanto ser admirado 
como amado. 

Insensiblemente fueron concretando x sus ideas, 
aplicándolas al momento presente. La generala 
desenvolvió con entusiasmo un programa de re- 



3 2 



ARMANDO PALACIO VALDÉS 



dención; pintó los encantos de una vida iluminada 
tan solo por el amor. 

— jOh, si yo tropezase con el hombre de mis sue- 
ños, con un espíritu noble, hermano del mío! En 
vano lo he buscado toda la vida... Nunca hallé 
más que cinismo, frivolidad, corrupción. Algunas 
veces venían disfrazados con el precioso manto 
de la galantería, del buen tono... pero en el fondo, 
¡siempre, siempre la misma grosería! 

Miguel, con un silencio discreto, procuró llamar 
la atención hacia sí. Después se mostró también 
ardiente partidario del amor ideal, de la vida sen- 
cilla. Por último, se ofreció con labio balbuciente, 
embargado por la emoción, como el ejemplar ó 
archetipo que Lucía había soñado. Esta posó en 
él una larga y profunda mirada que le turbó aún 
más, exhaló después un delicado suspiro y guar- 
dó silencio. Al cabo de algunos instantes tomó de 
nuevo la palabra con voz temblorosa. 

— Mentiría, Miguel, si te dijese que no me ins- 
pira vivo interés y gratitud esa adhesión que desde 
niño me has demostrado... y que ahora se mani- 
fiesta de un modo bien distinto — añadió sonriendo. 
Mentiría — añadió con animación y brío — si no te 
confesase que me seduce muchísimo la idea de te- 
nerte en mi poder, de ser para ti madre y amante 
á un mismo tiempo... ¡Oh, qué situación tan origi- 
nall Aquel niño que yo tuve sobre mi regazo; á 



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quien tengo lavado y peinado muchas veces; á 
quien tengo librado de bastantes castigos, ¡conver- 
tirse ahora en amante y en dueño! ¡Esto es algo 
que se sale de lo vulgar, algo nuevo y extrañol... 
Pero ¡ay, Miguel! estos sueños hermosos no pueden 
realizarse... ¿Sabes por qué? Porque son quimeras 
que no pueden halagar sino á una imaginación loca 
como la mía. Tú no ves aquí sino una mujer que 
te agrada más ó menos y á quien deseas rendir á 
todo trance... 

Miguel hizo protestas fogosas: se presentó, de 
buena fe, como un sér excepcional también, como 
un herido de la gran batalla de la vida, el corazón 
goteando sangre y desengaños; relató igualmente 
un sin número de sueños, pasiones y genialidades, 
ponderó sus amarguras, las noches de insomnio, 
las vagas inquietudes. 

Ambos eran felices presentándose mutuamente 
como almas incomprensibles ó por lo menos no 
comprendidas del vulgo, y no se cansaban de ex- 
hibir con deleite toda una muchedumbre de ideas 
y sentimientos imaginarios. 

Por fin la generala se convenció de que Miguel 
era el hombre que buscaba, el ideal de sus ensue- 
ños; le miraba con ternura, le hacía repetir con 
afán sus enmarañadas psicologías, se enteraba de 
los últimos pormenores de su vida espiritual y no 
cesaba de dolerse de no ser más joven para reali- 



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ARMANDO PALACIO VALDÉS 



zar por entero el sueño de amor que toda la vida 
le había perseguido. 

— ¡Cuánto daría por tener algunos años menos, 
y ser libre de volar contigo á algún hermoso rin- 
cón lejos de este ruido infernal, de esta eterna 
murmuración, de toda la miseria que nos rodea! 
Una casita á la orilla del mar, bañada á todas horas 
por la brisa, un jardinillo que cuidar, un pedazo de 
pan que llevarnos á la boca y salud para correr y 
saltar por los campos. ¡Era lo bastante para ser 
felices! 

Entraron en pleno idilio. Lucía trazó con vehe- 
mencia el cuadro de la felicidad pastoril; pintó la 
vida sencilla, frugal, inocente, del campo, las ine- 
fables dulzuras de la familia; se representó á Mi- 
guel saliendo de casa y viniendo rendido de fatiga 
á la hora del crepúsculo para descansar en sus bra- 
zos; á ella cosiendo ó bordando á su lado; otras 
veces, yendo á la pesca juntos, ó á dar un paseo 
á caballo , ó á coger moras silvestres por el 
campo... 

— ¡Oh!— dijo Miguel un poco exaltado — ¡aún 
podemos ser felices! 

— ¡Si eso fuera verdad!... Pero no; yo no puedo 
ser para ti más que una madre... 

Miguel no quiso de modo alguno aceptar la ma- 
ternidad. 

— ¡Nada de madre... no, no... yo quiero ser fu 



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amante... tu amante! — Y repetía la frase con cre- 
ciente animación, un poco trastornado ya. 

— Bien, serás lo que quieras; hijo, amante, lo que 
se te antoje; pero júrame que es puro tu amor, 
que no hay nada de vergonzoso en esa pasión, que 
no intentarás nada para profanar este lazo que ha 
de unir nuestras dos almas para siempre. 

El hijo del brigadier juró. Su amor era ideal; 
una ardiente adoración. Confesaba que al principio 
no había pensado más que en el amor vulgar; pero 
ahora, al sondar los inefables misterios que ence- 
rraba el alma de la generala, al comprender que su 
corazón estaba virgen y puro, al adivinar en ella 
un sér superior, todos sus groseros pensamientos se 
habían apartado como lava impura; sólo quedaba 
el oro sin mezcla de una pasión grande y elevada. 

Y ambos disertaron mucho rato, acerca de la 
naturaleza de su amor, y se extasiaron en recípro- 
ca admiración de sus almas. No; ellos no pertene- 
cían á la sociedad en que vivían, eran de otra pas- 
ta, estaban criados para los grandes sentimientos, 
para la vida del corazón. 

— Tú eres poeta; tienes un espíritu superior; tú 
no puedes amar realmente sino á una mujer que 
te comprenda. 

Miguel reconocía que era verdad; confesaba que 
hasta entonces no había amado; era huérfano de 
padres y de amor, y ofrecía algunas de sus extrava- 



3« 



ARMANDO PALACIO VALDÉS 



gandas morbosas á la generala, como rasgos de 
una naturaleza superior. Lisongeado en su amor 
propio, embriagado por las miradas de la hermo- 
sa, en aquel momento creía cuanto afirmaba, juz- 
gándose un sér extraño y digno de admiración. 

Pero agotada la psicología amorosa, nuestro Ri- 
verita sintió un vago malestar, muy semejante á 
la vergüenza. En un intervalo de silencio se le re- 
presentó de improviso lo ridículo que había esta- 
do con aquella palabrería altisonante y metafísi- 
ca ensortijada que jamás hasta entonces había usa- 
do, para declararse á una mujer; y no pudo me- 
nos de reírse de sí mismo. La aventura comenzó 
á parecerle por demás extraña. Hallarse en oca- 
sión tan propicia al lado de una mujer como Lu- 
cía que le confesaba francamente sus pecados, ser 
su amante, y pasar el tiempo disertando sobre ma- 
terias abstractas, y haciendo el papel de sér im- 
comprensible y misterioso, era cosa tan singular, 
que rayaba en lo absurdo. Como ya no tenían que 
decirse, los intervalos de silencio eran cada vez 
más prolongados. Ambos miraban, por las venta- 
nillas, el paisaje, que se iba oscureciendo poco á 
poco. El carruaje se deslizaba suavemente con ru- 
mor blando y voluptuoso; los caballos, endereza- 
dos hacia casa, piafaban de vez en cuando con la 
perspectiva del pesebre. 

La generala, que se había quedado melancó- 



RIVERITA 



37 



lica, le miraba en silencio suave y tristemente. 

jPero esto es estúpido! — se dijo de pronto Mi- 
guel, dando un suspiro. Y resolvió en el acto des- 
cender de las alturas y humanizarse. Era difícil, 
no obstante. ¿Cómo empezar? 

Empezó tomando una mano de la generala. Es- 
ta, completamente embebecida en sus ensueños va- 
gos y dulces meditaciones, no pareció advertirlo. 
El joven la llevó después á sus labios, sin que tam- 
poco lo advertiese. Entonces, un poco temeroso, 
pero venciendo el deseo á la timidez, introdujo el 
brazo por detrás de su espalda, y quiso estrecharla 
la cintura. La generala, advertida al cabo, procu- 
ró separarlo, pero tan suavemente, que el brazo 
volvió al instante al mismo sitio; tornó la dama á 
separarlo más blandamente todavía, y el brazo, 
cual si tuviera un resorte, volvió á su posición. 
Después intentó besarla y la besó. Después quiso 
que ella le besara á él; resistió un poco; al cabo 
cedió diciendo: 

— Te doy un beso maternal; no te imagines otra 
cosa. 

Después... la hermosa generala le dejó en la calle 
Mayor á la puerta de su casa, cuando ya los faro- 
les, recién encendidos, rompían débilmente las 
sombras del crepúsculo. 

— Hasta mañana... á las nueve en punto... ya 
sabes, en la esquina de la calle de las Infantas. 



III 



X^yltfr as nueve en P unto de la noche, en la 
calle de Fuencarral, esquina á la de las 
j^V^ Infantas, Miguel esperaba á la generala, 
v que debía cruzar en un coche de alqui- 
ler. Así lo habían convenido. 

El coche se detuvo. ¡Con qué emoción placente- 
ra abrió nuestro joven la portezuela de la berlina 
y se sentó al lado de Lucía! El cochero esperaba 
órdenes. Viendo que no se las daban, preguntó, 
inclinándose á la ventanilla y con voz áspera: 
— ¿A dónde? 

Ambos se miraron indecisos. A Miguel se le 
ocurrió por fin decir: 
— Atocha, 145. 

Era la mayor distancia que halló. Abrigaba el 



4° 



ARMANDO PALACIO VALDÉS 



designio de ir á otra parte, pero era necesario con- 
vencer á la generala. 

Las calles estaban cuajadas de gente; las luces 
de los faroles y las de los escaparates iluminaban 
las aceras y los rostros de los transeúntes que se 
detenían á mirar los objetos exhibidos. La villa 
entera salía en esta hora á gozar de las dulzuras 
de la civilización, que trasforma la noche en día, 
el silencio en ruido, la soledad en confusión y al- 
gazara. 

Al entrar en la berlina, había apretado con 
efusión la mano enguantada de la generala y la 
había conservado en su poder. Esta le acogió 
cariñosa, pero un poco triste y circunspecta. Ha- 
blaron en los primeros momentos con embarazo 
de los pormenores de lá cita, el tiempo que ha- 
bía esperado Miguel, lo que había causado el re- 
traso de la generala, etc., etc. Lucía aprovechó, 
no obstante, el motivo para recomendarle de nue- 
vo mucha discreción. Miguel juró y perjuró que su 
silencio igualaría al de las tumbas. Poco á poco 
fué desapareciendo la reserva natural de los pri- 
meros instantes y entraron en íntimo y grato co- 
loquio. Miguel volvió á describir las fases de su 
amor, presentándolo más arcano y enmarañado 
que nunca; la reflexión le había suministrado un 
sin fin de pensamientos delicados, vagas lucubra- 
ciones, dulces psicologías y frases espirituales, que 



RIVERITA 



4^ 



fué vertiendo como flores de su ingenio en el re- 
gazo de la bella. Esta las recibió con extremado 
gozo, estimulando con su admiración y con tal 
cual concepto atrevido, pues era mujer de viva 
imaginación, el talento y la fantasía de nuestro jo- 
ven. El coche rodaba con áspero traqueteo por 
las calles, sin caminar por eso con gran celeridad. 
La decoración de las tiendas y escaparates ilumi- 
nados, el gentío que discurría por las aceras, los 
coches que sin cesar cruzaban de un lado y de 
otro, pasaban totalmente inadvertidos para los 
amantes, que saltaban sobre los cansados muelles 
del simón, en animada plática, devorándose con 
los ojos. 

Miguel planteó al fin el problema que bullía en 
su cabeza: el de ir á pasar un rato en buen amor 
y compaña á cualquier parte. 

La generala soltó bruscamente la mano que le 
tenía cogida, y echó atrás la cabeza con manifies- 
tas señales de hallarse gravemente ofendida. Nues- 
tro joven se asustó un poco y pidió perdón con 
labio balbuciente: no porque creyese que había 
cometido ninguna profanación; pero temía que 
aquélla, poseída de su papel de «alma hermosa, 
inmaculada,» tardase demasiado en ceder á sus ins- 
tancias. 

Guardó silencio obstinado la dama, en la ac- 
titud firme é imponente de una deidad herida. 



4 2 



ARMANDO PALACIO VALDÉS 



Miguel se humilló, se llamó bestia, se declaró in- 
digno del amor de un alma tan elevada. 

: — ¡Oh, nunca cteyera de ti!... — exclamó ella al 
fin. Y un torrente de lágrimas se desprendió de 
sus ojos. 

— ¡Perdóname! 

—¡No! 

—¡Sí! 
■ —¡No! 

— ¡Fué un momento de extravío! 

Al fin las súplicas vencieron su ánimo, y el 
joven quedó absuelto. 

Pero el carruaje se aproximaba ya al término 
de la carrera, y Miguel no sabía qué partido 
tomar . 

Después de otro intervalo de silencio en el que 
procuró concentrar todas las fuerzas de su espíritu, 
volvió el ataque. 

— ¡Tú no me quieres! — dijo en tono quejumbro- 
so, adoptando á su vez la actitud de hombre 
agraviado. 

— Bien sabes que no es verdad; bien sabes que 
te quiero, que te adoro con toda mi alma. 

— ¡Oh, si me quisieras, me darías esa prueba 
inequívoca de tu amor! 

— ¡Oh, Miguel! ¡Siento desde ayer un vacío tan 
grande en mi corazón!... ¡Parece como si me hu- 
bieran arrancado la última creencia, el último pen- 



/ 



RIVERITA 



43 



Sarniento consoladorl ¡Por qué habremos arrastra- 
do nuestro amor por el lodo! 

A Miguel le hizo poca gracia esto del lodo. 
Buscó con afán argumentos para contrrarestar la 
lógica de la generala. 

— Pues yo te digo que desde ayer te adoro aún 
con más entusiasmo. .. que no ha menguado el 
amor y la admiración que me inspiras... Pero quiero 
que seas mía, completamente mía... como yo* lo 
soy tuyo... en cuerpo y en alma. 

Después de muchas protestas de cariño por una 
y otra parte, Miguel volvió solapadamente, dando 
grandes rodeos, á su tema. No, él no quería reba- 
jar la dignidad de su dueño, él no quería manchar 
el amor que se tenían; por eso buscaba un sitio 
que mereciera albergarlo algunos momentos: la 
misma casa de la generala. 

Esta recibió la proposición sin enfado; pero no 
quiso aceptarla. Era inadmisible por el riesgo que 
se corría; se enterarían los criados, ó el portero, ó 
los vecinos... 

— No, no se enterarán; tomaremos precaucio- 
nes; tú subes primero, después me,abres la puerta... 

— Pero los criados lo oyen todo; la puerta está 
cerca de la cocina; además, hay un chico encarga- 
do de abrir... 

Miguel insistía apretando el ingenio para com- 
batir los temores de la generala: ésta amontonaba 



44 



ARMANDO PALACIO VALDÉS 



las dificultades, dejando, no obstante, entrever más 
ó menos lejano, el triunfo del joven. 

Paró el carruaje. Se encontraban frente al nú- 
mero designado. Miguel vaciló un instante sin sa- 
ber qué hacer: al fin salió del coche y entró en la 
casa para disimular; al pasar por delante de la por- 
tería, preguntó: 

—¿El señor don (el nombre de un personaje 
político que habitaba en aquella calle), no vive 
aquí? 

Dentro de la garita, cenaba el portero con su 
mujer y sus hijos: al escuchar la pregunta levantó 
la cabeza. 

— ¡Oh, no señor! se ha equivocado V.;. la casa 
de don... queda mucho más atrás, en el núm. 62... 

— ¡Ahí... pues me habían dicho. . ¿Dice V. que 
en el núm. 62?... 

— Sí señor, hace muchos años que vive en la 
misma casa. 

— ¿Cuarto? 

— Me parece que segundo. 

— Muchas gracias. 
— No las merece. 

Volvió á salir. Al entrar en ei coche, interrogó 
con ojos suplicantes á la generala, la cual se dignó 
hacer un signo afirmativo. Entonces dijo rápida- 
mente al cochero: 

— Huertas, 30... De prisa. 



RIVERITA 



45 



Y se enderezaron á todo el correr del jamelgo 
hacia la casa de la generala. Miguel le dió las gra- 
cias con acento conmovido, besándole las manos 
repetidas veces. Pero Lucía guardó silencio, y se 
mantuvo con la cabeza inclinada en actitud melan- 
cólica y reflexiva, dejando que el joven exhalara 
con labio trémulo toda la alegría que rebosaba' de 
su alma. Al poco rato, Miguel pudo notar que al- 
gunas lágrimas bajaban silenciosas por sus meji- 
llas, y experimentó dolorosa impresión. 

— ¿Por qué lloras? — preguntó, acercando su 
rostro al de la dama. 

Lucía no contestó. 

— ¿Por qué lloras? — volvió á decir con ansiedad. 
— ¿Te he ofendido? ¿Acaso ya no me quieres?... 

— ¡Oh no; no es eso!... Lloro, Miguel, sobre 
nuestro amor... lloro sobre la última ilusión perdi- 
da... Siento haberte conocido... Siento haber deja- 
do despertar mi corazón ya dormido, y forjarme, 
por algunos instantes, ciertas quimeras deliciosas 
que se desvanecieron como el humo... ¡Por qué he 
de ocultártelo! Cuando ayer me declaraste tu pa- 
sión, tuve la debilidad de creer en ella, y soñé, in- 
mediatamente, con un amor fiel y puro, con el 
amor que ennoblece el espíritu y nos incita á las 
ideas elevadas y á las acciones generosas... Creí 
volver á los años de colegiala, cuando el mundo 
se ofrecía ante mi vista como un hermoso fanal 



4 6 



ARMANDO PALACIO VALDÉS 



trasparente y diáfano, cuando no acertaba á ver en 
él más que cosas lindas... todo risueño... todo her- 
moso... Volvía á entrar en la juventud. Una nue- 
va aurora para mi alma... Pero no fué más que un 
relámpago que me hizo entrever los verjeles del 
cielo. Y al instante quedé sumida otra vez en la 
oscuridad... Hoy ¿qué somos nosotros? ¡Dos seres 
vulgares que viven como tantos otros en el cieno, 
queriendo persuadirse efe que son felicesl Aunque 
me ames, Miguel, tengo la seguridad de que no 
sientes por mí la admiración respetuosa, el entu- 
siasmo que sentías el día de Carnaval echado á 
mis pies en el carruaje... ¿Comprendes ahora mi 
tristeza y mis lágrimas? 

Miguel comprendió que era necesario estar de 
acuerdo con la generala, aunque fuese por breves 
instantes. Bajó la cabeza y quedó pensativo y tris- 
te. De pronto, levantándola, exclamó: 

— ¡Que no te quiero! ¡Que no te adorol ¿Quién 
es el que puede dejar de admirarte así que te vea y 
te escuche? No, Lucía, no; las faltas que cometa 
mos y las manchas que caigan sobre nuestro amor, 
se deberán exclusivamente á mí. Tú has cedido por 
la bondad de tu carácter... porque me quieres... 
porque me compadeces. 

Al pronunciar estas palabras el hijo del briga- 
dier creía sentir lo que decía, y estaba realmente 
conmovido. 



RIVERITA 



47 



— Gracias, Miguel, eres generoso conmigo; pero 
tu generosidad no me excusa... Tengo tanta culpa 
como tú. 

Las lágrimas seguían cayendo en abundancia 
de los ojos de la generala. Mientras procuraba con- 
vencerla de su inocencia, prodigábala nuestro jo- 
ven mil caricias apasionadas, sin miedo ya á ser 
visto de los transeúntes. El interés de la escena le 
embargaba. Por otra parte, la noche había avan- 
zado un poco, y las calles que recorrían no eran 
de las más transitadas. 

Llegaron á la de las Huertas. Lucía se apeó de- 
lante de su casa y entró; Miguel siguió en el ca- 
rruaje y lo despidió en la primer esquina: allí 
aguardó á que la generala entreabiese el balcón de 
su gabinete para entrar también. 

Lucía habitaba el piso segundo (derecha é iz- 
quierda) de una magnífica casa recién edificada; te- 
nía un número considerable de criados, aya ingle- 
sa para la niña primera, cochero, lacayo, dos tron- 
cos de caballos, uno de ellos de valor, etc., etc. 
Mucha prisa necesitaba darse el general Bembo á 
recoger lo que por tantos agujeros se le escapaba 
á su media naranja. 

Miguel, vista la señal, subió á la casa con paso 
firme y decidido para que el portero no le detu- 
viese. Lucía le esperaba en lo alto de ía escalera. 

— Entra sin hacer ruido — le dijo apagando la 



48 



ARMANDO PALACIO VALDÉS 



voz cuanto podía; — así... sobre la punta de los 
pies... 

Cuando estuvieron en su gabinete, una estancia 
lujosamente decorada, las paredes de raso azul, los 
muebles forrados de la misma tela, se dejó caer en 
un diván, reteniendo la mano de Miguel que tenía 
cogida. 

— ¿No sabes?... he despachado ai chico de la 
puerta con un encargo, y á mi doncella con otro... 
Pero aún nos pueden oír... ¡Mucho cuidado! 

El joven se sentó á su lado, y la abrazó con 
trasporte. 

— ¡Ya estamos solos y tranquilos! ¡Qué placer 
tan grande! 

La generala le apartó suavemente, y dejó caer 
la cabeza sobre el pecho. 

— ¿No estás contenta á mi lado, Lucía? — pre- 
guntó, mientras le acariciaba con ternura una 
mano. 

—No. 

— ¿Por qué? 

— Porque te tengo miedo: porque eres un loco... 
y yo otra loca — añadió con amargura. 

— El amor, ¡qué es más que una locura sublime! 
— exclamó sentenciosamente Miguel, tratando de 
enlazarla de nuevo con sus brazos. 

— Por lo mismo que es sublime, no debemos 
degradarla... Seamos fuertes con nosotros mis- 



RIVERITA 



49 



mos... atrincherémonos detrás de nuestras ideas 
elevadas, y defendámonos de las groserías de la 
pasión... 

— ¡Qué alma tan grande tienes!... Eres muy 
hermosa, Lucía... {Te amol ¡te amol... ¡te 
adoro!... 

— Ámame, sí; pero ámame con un amar ideal, 
digno de ti y de mí... No me humilles, por Dios, 
no me bajes hasta el suelo, ya que tu amor me 
coloca en un sitio elevado... Te lo anuncio, Mi- 
guel..., no tardarás en despreciarme... 

Y al proferir tales palabras, caían otra vez algu- 
nas lágrimas de sus ojos; Miguel protestó contra 
esta suposición; sostuvo el idealismo de su amor, 
cubriéndola de vivos y apasionados besos. Lucía 
se dejaba acariciar con resignación. 

El gabinete era un nido tibio y hermoso, lleno 
de perfumes penetrantes; contiguo á él, separada 
gor columnas doradas de madera y por una corti- 
na de damasco azul, estaba la alcoba. Por entre 
los pliegues de la cortina se veía un gran lecho 
matrimonial de palo santo, y cerca de él otro pe- 
queñito de niño: la estancia, esclarecida débilmen- 
te por una lámpara veladora de bomba esmerila- 
da que pendía del techo. 

— Calla — dijo la generala suspendiendo el alien- 
to é inclinando la cabeza hacia la alcoba, — creo 
que despierta mi Chuchú. 

4 



AF MANDO PALACIO VALDÉS 



En efecto, el más pequeño de sus hijos, que 
dormía en la alcoba, había dado un leve gemido, 
al cual siguió otro más fuerte. Lucía corrió á allá 
para que no se alborotase. 

— Calla, Chuchú, calla, que aquí estoy yo. 

El niño no hizo caso. 

— Si no callas, el hombre de las narices grandes 
vendrá á buscarte y te llevará. 

— ¡Quero la! — clamó el niño: ta era la don- 
cella, que se llamaba María. 

— No, monín, no; duerme. 

— ¡Quero la! 

— No grites... mira que va á venir el hom- 
bre feo. 

— ¡Quero la! 

— ¡No grites, chiquillo!... Pronto vendrá María... 
Mañana te mando á dormir con las niñas. 

— ¡Quero ta! 

— ¡Mira, si no te callas, te doy azotes!... Vamos, 
duérmete: si te duermes, te compraré un caballo 
para que vayas al Retiro montado como tu ami- 
guito Julián.., y después te llevo al Circo á ver los 
clowns... ¿no te acuerdas de los saltos que dan? 
¡Qué saltos tan grandes sobre el caballo! ¿eh?... Y 
la niña rubia que se sube al trapecio, ¡qué bonita!, 
¿eh?... Y después vamos á casa de Julianito, y co- 
merás dulces... y otro día iremos á Leganés á ver 
á la tía Adelaida para que te regale el pajarito de 



RIVERITA 



51 



cristal que canta dándole cuerda... y lo traeremos 
para casa, ¿verdad?... ¿No te gusta? 

El niño, que había suspendido el llanto para es- 
cuchar á su madre, cuando ésta terminó el reper- 
torio de promesas, volvió á gritar: • 

— ¡Quero tal 

No fué posible por ningún medio hacerle de- 
sistir de su empeño. 

La generala estaba furiosa. 

— ¿Pero qué edad tiene el niño? — preguntó en 
voz baja Miguel, que se había aproximado silen- 
ciosamente á la alcoba. 

— Tres años. 

— Pues sácalo de la cama, no hay ningún cuida- 
do: á ver si se entretiene con cualquier cosa. 

Lucía lo envolvió en un chai y lo sacó al ga- 
binete. Era rubio y hermoso como un angelito, 
con grandes ojos azules; no se manifestó sorpren- 
dido al ver á Miguel; suspendió el llanto y le miró, 
sí, con insistencia, pero sin preguntar nada á su 
madre. Miguel quedó un poco cortado ante aquel 
examen, y le pesó de haber aconsejado á la ge- 
nerala su traslado. Después procuró captarse su 
amistad; tomólo de los brazos de aquélla, y lo 
sentó sobre sus rodillas; le acarició suavemente 
sus cabellos ensortijados y le dió un beso sonoro 
en la mejilla. 

— ¿Me quieres? — le preguntó con voz melosa. 



52 



ARMANDO PALACIO VALDÉS 



El niño le miró fijamente con ojos serenos y 
graves. Después pronunció secamente: 
— ¡No! 

Miguel se turbó, y quedó desde entonces mal 
impresionado. Al poco rato se despidió de Lucía. 




IV 




ajó la escalera lentamente, de mal hu- 
mor, con el alma triste y fatigada; sen- 
tía el descontento de sí mismo que 
acompaña siempre á los placeres ilícitos. 
¡Qué ajeno estaría el pobre D. Pablo Bembo á 
que el niño que levantaba en alto con sus desco- 
munales manos «para ver á Dios» había de ser con 
el tiempo quien escarneciera su nombre! Este pen- 
samiento le causaba una desazón profunda. En 
vano se decía, para apagar el grito de la conciencia, 
que la generala ya lo había deshonrado más de 
una vez; que si él no, otro sería- que el pecado á 
fuerza de repetirse había pasado á ser venial en la 
sociedad elevada; que lejos de rebajarle á los ojos 
de ella, sería una gracia más entre las muchas que 
le concedían. De todos modos, le decía una voz 



54 



ARMANDO PALACIO VALDÉS 



interior, la falta de la generala no puede excusar 
la tuya; si todos se echasen la misma cuenta, el 
mundo no sería más que un hato de picaros; ade- 
más, él estaba en peor caso que los otros porque 
tenía con la generala cierto parentesco espiritual 
formado por la diferencia de edad y por las rela- 
ciones especiales que habían mediado entre ellos; 
el general, por otra parte, había sido el amigo y el 
compañero de su padre, y nadie estaba tan obliga- 
do como el hijo del brigadier Rivera á respetar su 
honor y sus canas. 

Eran las once y media de la noche. La gente 
aún discurría por las calles, sobre todo por las 
céntricas, donde algunos teatros comenzaban á 
vomitar por sus puertas centenares de espectado- 
res. Tan embebecido iba Miguel en sus pensa- 
mientos, los cuales le mortificaban más de lo que 
nunca imaginara, que al pasar por la calle del 
Príncipe no vió dos bultos echados en la acera 
hasta que tropezó con ellos. Eran dos niños, el 
menor de los cuales dormía ó descansaba con la 
cabeza apoyada en las rodillas del mayor. El frío 
era intenso. Miguel observó á la luz del farol la 
extremada palidez de ambos, sobre todo del más 
pequeño. 

— Oyes, chico, ¿cómo tienes aquí á este niño 
medio helado? ¿por qué no os vais á casa? — dijo en- 
carándose con el mayor. 



RIVERITA 



55 



Éste, que tendría seis ó siete años de edad, le- 
vantó hacia él sus ojos grandes y hermosos, en 
torno de los cuales se dibujaba un círculo azulado, 
y balbució algunas palabras que no pudo en- 
tender. 

— ¿Qué dices, querido? — manifestó Miguel en 
tono afectuoso y bajando la cabeza para oírle 
mejor. 

— No tenemos más que tres reales — murmuró 
sin aliento el niño. 

— ¿Y qué importa eso? 

— Tenemos que llevar cinco. 

— ¡Ahí — exclamó comprendiendo lo que aque- 
llo significaba. — Y si no los lleváis os pegan, 
¿verdad? 

El chico bajó los ojos y la cabeza en señal afir- 
mativa. 

— ¿Tenéis padres? 
— Madre. 

— ¿Y es la que os manda á las calles á estas 
horas? 

— Sí, señor. 

— ¡Excelente personal — dijo por lo bajo; y sa- 
cando unas pesetas del bolsillo: 

— Toma; marchaos ahora mismo á casa. 

El niño fué á levantarse, pero no pudo; su her- 
manito se lo estorbaba. 

— Levanta, Rafaelito. 



56 



ARMANDO PALACIO VALDÉS 



El chiquitín no se movía. 
—¡Levanta, Rafaelito! 

Miguel lo cogió entre los brazos y lo puso en 
pie; pero al ver que no se tenía, exclamó en alta 
voz: 

— ¡Este niño está yerto! ¡Qué atrocidad! 

Y comenzó á sacudirlo y á frotarlo. 

Algunos transeúntes se habían parado y forma- 
ron en torno de nuestro joven y de los niños un 
grupo que fué engrosando por momentos. Algu- 
nos quisieron ayudarle en la tarea: otros comenza- 
ron á interrogar al mayor. Miguel les explicó lo 
que sabía, y causó gran indignación. No se oían 
más que estas exclamaciones: — « ¡Pobrecillos! ¡Qué 
vergüenza de madrel ¡La autoridad debía de in- 
tervenir en estas cosas!» etc. 

Al fin se había conseguido que el niño se tuvie- 
se en pie; pero estaba cadavérico, haciendo rodar 
sus ojillos de un lado á otro sin darse cuenta de 
dónde estaba. Tendría unos cuatro ó cinco años. A 
Miguel se le ocurrió de pronto que á más de frío 
tendrían hambre aquellas desgraciadas criaturas, 
y tomando á cada una de la mano, rompió con 
ellas, por entre la mucha gente que se había aglo- 
merado, con intención de llevarlas á algún sitio 
donde reparasen el estómago. Cuando ya se ale- 
jaba del grupo, oyó á una joven del pueblo ex- 
clamar: 



RIVERITA 



57 



— ¡Y luego dirán que no hay caridad en Ma- 
drid! Mira, chica, mira á aquel señorito cómo se 
lleva á esos pobres niños... 

El hijo del brigadier sintió un dulce estremeci- 
miento de gozo al escuchar aquellas palabras: y 
siguió triunfante con los dos niños. Pero en la es- 
quina de la calle del Prado sintió unos pasos pre- 
cipitados que seguían los suyos y oyó que le 
decían: 

—Caballero, déjeme V. llevar uno de esos niños. 

La voz era conocida. Volvióse y reconoció la . 
fisonomía del boticario Hojeda, el fiel amigo de 
su tío Bernardo, el barón humilde y bondadoso 
que tantas veces le había ido á visitar cuando era 
colegial. 

— ¡D. Facundo! 

— jMiguelito!... Me alegro mucho que seas tú, 
querido... ¡Dios telo pagará!... Dame acá el más 
pequeño. 

— ¿De dónde venía V. á estas horas? 

— De casa de tu tío... como siempre... Hoy me 
he descuidado un poco más. Cuando llegué á ese 
grupo de gente ya tú venías con los muchachos, 
pero no te conocí: me enteré de lo que era y 
quise también tener mi parte en la buena obra. 

— ¿Dónde quiere V. que vayamos?... Yo pensa- 
ba llevarlos á un restaurant. 

— Si te parece — dijo tímidamente D. Facundo, 



58 



ARMANDO PALACIO VALDÉS 



— entraremos en el café del Prado que es el más 
próximo: conozco al dueño. 

— Adelante; vamos al café del Prado. 

Cuando llegaron á él, Hojeda propuso que en- 
trasen por el portal, donde había una puertecilla 
que comunicaba con la cocina; así evitaban la 
exhibición. Entraron, pues, en la cocina, donde 
los pinches, el cocinero y algunos mozos que allí 
estaban los examinaron con sorpresa. Hojeda or- 
denó que al instante frieran un par de chuletas: 
el cocinero, al saber de lo que se trataba, se puso 
á prepararlas con gran prisa; los pinches también 
desplegaron toda su actividad. Pronto se reunie- 
ron en aquel sitio otros cuantos mozos formando 
círculo en torno de los dos muchachos, que con el 
calorcillo del fogón y de las luces comenzaron á 
revivir. Miguel se quedó absorto contemplando 
los andrajos de que iban vestidos. Acudió tam- 
bién el amo, á quien Hojeda mandó avisar; todos 
hacían preguntas sobre preguntas á los pobres 
chicos, que apenas articulaban más que monosí- 
labos. 

— Dejadlos ahora — dijo el amo, — ya hablarán 
cuando tengan el estómago lleno. 

— Vaya, rumia, aquí tenéis con qué llenar el 
fuelle — dijo el cocinero en gallego cerrado, pre- 
sentándoles las chuletas, cada una en un plato, y 
colocando los platos sobre una silla. Los niños 



RI VERI TA 



59 



se arrojaron á ellas como lobos. Al verlos desga- 
rrarlas con los dientes y soplar al mismo tiempo 
para no quemarse, Miguel sintió los ojos húmedos. 
Uno de los pinches colocó sendas rebanadas de 
pan al lado de los platos. 

— A ver — dijo Miguel, — que traigan dos copas 
de Jerez. 

Mientras los chicos comían, enteramente abs- 
traídos de lo que les rodeaba, el dueño del café, 
Hojeda, Miguel y los demás que asistían á esta 
escena lbs contemplaban con ojos que brillaban de 
alegría: todos los rostros expresaban un deleite 
casi sensual. Cuando hubieron dado buen fin al 
pan y á las chuletas y se hubieron bebido el Je- 
rez, los niños se animaron repentinamente, sobre 
todo el pequeño, que era el más aterido; sus meji- 
llas recobraron el suave color de la infancia, y co- 
menzaron á examinar con atención los objetos y 
las personas. 

— ¿Habéis despachado ya? — preguntó Hojeda... 
Pues vamos con la música á otra parte. 

— ¿Cuánto es esto? — dijo Miguel á un mozo, lle- 
vando la mano al bolsillo. 

El dueño del café, que había oído la pregunta, 
se apresuró á decirle, sujetándole el brazo: 

— Caballero, yo no cobro las limosnas. 

Miguel no insistió. 

— Dios se lo pagará á V., D. Ramón — le 



6o 



ARMANDO PALACIO VALDÉS 



dijo Hojeda apretándole efusivamente la mano. 

Y salieron á la calle llevando por delante á los 
niños, los cuales iban brincando como cervatillos 
por la acera. 

— ¡En chis chis! — gritó el boticario llamándolos. 
— ¿En qué calle vivís? 

— En la calle del Tribulete — contestó el mayor. 

— ¿Qué número? 

Los chicos se miraron uno á otro con sorpresa 
y quedaron silenciosos. 

— ¿No lo sabéis? Está bien. ¿Pero sabréis ir á 
casa? 

— ¡Ah, sí señor! 

— Bueno: ahí en la esquina tomaremos un coche, 
¿no le parece á V., D. Facundo? — manifestó Miguel. 

— Cómo quieras, Miguelito. 

Tomaron un simón en la plaza de Santa Ana, 
dando orden al cochero de que parase en la es- 
quina de la calle del Tribulete. Los chicos, que se 
habían sentado en la bigotera de la berlina, iban 
tan sorprendidos y gozosos, que costó gran traba- 
jo hacerles contestar á ciertas preguntas. Mientras 
D. Facundo interrogaba al mayor con extremada 
habilidad para enterarse pronto délo que necesita- 
ba saber, Miguel hablaba con el chiquitín. 

— ¿No os habrán dado hoy de cenar? 

— No — dijo el niño moviendo la cabeza á un - 
lado y á otro. 



RIVERITA 



6l 



— ¿Y habéis comido por la mañana? 
—Sí. 

— ¿Y qué habéis comido? 
— Lentejas y pan. 

— -¿No habéis comido nada desde entonces? 

— Un poco de pan que me dió Pepe. 

— ¿Quién es Pepe? 

Silencio y asombro del niño. 

— ¿Es algún amigo tuyo? 

— Es el chico de la vecina. 

— ¡Ah! ¿Y quién te ha dado ese chaquetón que 
te llega á los pies? 

— El tío Remigio. 

— ¿Quién es el tío Remigio? 

Nuevo y mayor asombro del niño, que le mira 
con ojos estáticos. 

— ¿Es algún hermano ó pariente de tu madre? 

—Es albañil. 

— ¡Ah, es albañil! — Y comprendiendo que no 
sacaría más en limpio, Miguel tomó otro rumbo, 
— ¿Y ganáis todos los días los cinco reales? 
— -Algunos días no. 

— ¿Y qué os sucede cuando no los ganáis? 

El niño vaciló un instante, y después hizo con 
su manecita un ademán de vapuleo muy expresivo. 

Miguel conmovido guardó silencio. 

En la esquina de la calle del Tribulete despidie- 
ron el coche; los chicos sin vacilar fueron derechos 



62 



ARMANDO PALACIO VALDÉS 



á la puerta de una casa vieja y sucia; el mayor se 
volvió de espaldas y dió con los tacones de sus 
zapatos rotos algunos golpes; al poco rato abrió 
una vieja, que dejó escapar al verlos un gruñido 
Hada pacífico; pero su mal humor se convirtió en 
sorpresa al observar que Hojeda y Miguel atrave- 
saban el portal y seguían á los muchachos; éstos 
subían decididos la escalera, como hormigas que 
entran en su guarida; Miguel sacó un fósforo, por- 
que la vieja portera se había retirado con la luz. 
Subieron hasta la guardilla; los niños se detuvie- 
ron delante de una puertecita. 

— Aquí es — dijo el mayor. 

Hojeda llamó con los nudillos de los dedos, 
pero nadie contestó. 

— No habrá venido todavía mi madre — manifes - 
tó el mismo chico. 

— ¿Y qué os hacéis cuando llegáis antes que 
vuestra madrei* 

— Nos sentamos en la escalera. 

En esto se abrió una puertecita contigua á la 
primera y apareció un hombre en traje de obrero, 
con una lamparilla de petróleo en la mano. Al ver 
á aquellos señores les dió las buenas noches y les 
preguntó lo que deseaban. Hojeda le -explicó el 
caso en pocas palabras. El obrero les invitó á pa- 
sar á su habitación, y una vez dentro, les manifes- 
tó en confianza que también él y su mujer sabían 



RIVERITA 



63 



la desgracia de aquellos pobres niños, y que ha- 
bían querido intervenir para remediarla, pero in- 
útilmente; la madre era una mujer viciosa, oficiala 
de sastre, amancebada tiempo hacía con un albañil, 
y que había tenido aquellos niños con un primer 
marido ó querido, que esto no lo sabían; dióles 
algunos otros pormenores, que indignaron extre- 
madamente a Miguel. 

Pero aquella mala mujer no acababa de llegar, 
y fué necesario despedirse del obrero y dejar á 
los chicos en la escalera, cón una buena limosna 
que nuestro joven les dió. Cuando ya bajaban, 
apareció por fin su madre. Hojeda entró con ella 
en la vivienda, que era un triste y desabrigado 
desván , sin otros muebles que una mesilla y dos ó 
tres taburetes; en una esquina había un miserable 
fogón apagado; en otra, un montón de trapos, res- 
tos, al parecer, de un antiguo colchón, donde dor- 
mía toda la familia. 

Miguel quedó asombrado del tacto y la habili- 
dad que D. Facundo desplegó para noticiar á 
aquella mujer lo que habían hecho y para arran- 
carla todos los datos que necesitaba saber; de dón- 
de era, con quién había estado casada , dónde tra- 
bajaba, etc. -La mujer, que al principio los acogiera 
con marcada hostilidad, ante la mirada dulce y se- 
rena y las palabras sinceras de Hojeda, se fué 
poco á poco suavizando. Al fin, cuando éste le 



64 



ARMANDO PALACIO VALDÉS 



recordó con tono afectuoso los deberes que tenía 
para con sus hijos, aquellas infelices criaturas^ sin 
otro amparo en el mundo que ella, rompió á so- 
llozar. El boticario la consoló, prometiéndola vol- 
ver al día siguiente y hacer por los niños todo 
cuanto pudiera. Lo que más le sorprendió á Mi- 
guel fué que en ninguna de sus frases hizo don 
Facundo la más leve alusión á los malos tratos 
que daba á los hijos ni á la conducta licenciosa 
que observaba. 

Cuando al fin salieron á la calle, le dijo: 
— ¿Y qué piensa V. hacer mañana, D. Facun- 
do, con todos esos datos que ha tomado? 

— Procuraré comprobarlos; tengo muchos co- 
nocimientos entre los pobres de Madrid. Después 
trataré de sacar para ella la ración de San Vi- 
cente de Paul y mandar al chico primero á un co- 
legio. 

— ¿Por cuenta de V.? 

— Es muy barato: no vayas á creer que se trata 
de una gran cantidad. Entre unos cuantos amigos, 
hemos fundado un colegio para niños desampara- 
dos y nos sale por muy poco cada plaza. 

— ¡Pobres criaturas! ¡Dejarlos así abandonados 
á la intemperie, expuestos á quedarse muertos en 
medio de la calle, y todavía si no traen el dinero 
justo pegarles!.. Esa mujer es una infame que no 
merece que V. se ocupe de ella. 



RIVERITA 65 



D. Facundo dio un suspiro y dijo poniéndole la 
mano sobre el hombro. 

— ¡Ay, Miguelito, sobre estas cosas y otras pa- 
recidas, hay mucho que hablar! Yo no diré que 
no esté mal lo que hace esa mujer; pero llamarla 
infame, no es tan justo como á primera vista pa- 
rece. Después de haber pasado muchos años con- 
templando todos los días cuadros semejantes al 
que acabamos de ver; después de haberme fami- 
liarizado con los tormentos que pasan los pobres, 
con sus ideas, y hasta con su lenguaje, he concluí- 
do por hallar muchos más desgraciados que infa- 
mes. En el mismo caso presente, cierto que lo 
primero que salta á la vista, es la maldad de esa 
mujer; pero no te detengas en la superficie; ve 
más adelante; examina, investiga y hallarás segu- 
ramente que no es tan culpable. Primero tienes que 
considerar que en la sastrería no gana más que 
siete reales, y que con siete reales no pueden co- 
mer siquiera pan seco tres personas en Madrid; 
después debes tener en cuenta que una mujer sola, 
sin amparo, está expuesta siempre á caer en las 
garras de cualquier tunante que la enamora; des 
pués las ideas que esa gente tiene de la educación 
de los niños, no son como las tuyas y las mías, 
porque no han visto ni entendido nada bueno; el 
golpear á los chicos es una de tantas costumbres 
feas y repugnantes como tienen... 

5 



66 



ARMANDO PALACIO VALDÉS 



— ¡De todos modos, D. Facundol... 

— Sí, sí, te concedo que esa mujer obra mal; 
pero bien examinadas y bien pesadas todas las 
circunstancias, no es tan perversa, de seguro, como 
tú te imaginas. 

Miguel guardó silencio y se puso á meditar so- 
bre las palabras de Hojeda, mientras caminaban 
emparejados hacia el centro de la villa. Después 
de una larga pausa, levantó la cabeza y dijo: 

— ¿Sabe V., D. Facundo, que no sospechaba 
que V. se dedicase tan particularmente á hacer 
obras de caridad? 

El pedazo de cara que la enorme bufanda del 
boticario dejaba al descubierto, se coloreó fuerte- 
mente. 

— ¿Yo?... ¡ca hombre! no... jqué tontería I... de 
ningún modo... no lo creas... — comenzó á balbucir 
torpemente como un hombre cogido infragantide 
algún delito. 

— Lo que está á la vista no se puede negar — 
dijo Miguel sonriendo. 

Hojeda se mantuvo silencioso algunos instantes; 
después, parándose de pronto y cogiendo á nues- 
tro joven por el brazo con mucho aparato de mis- 
terio, y esforzándose por dar á su voz y á sus ojos 
la mayor expresión posible de severidad, le dijo: 

— ¿Sabes, Miguelito, por qué hago yo todas es- 
tas cosas? 



RIVERITA 



6 7 



— ¿Por qué? 

El boticario le estuvo mirando algunos segun- 
dos con extraordinaria dureza; después exclamó: 
— jPor egoísmo 1 

Y soltándole el brazo, dio rápidamente unos 
cuantos pasos dejándole atrás. 

— ¿Cómo? ¿cómo? — dijo Miguel todo asombrad o. 

El boticario sin volverse, pero haciendo un ade- 
mán expresivo con el brazo, volvió á exclamar 
con más fuerza: 

— ¡Por puro egoísmo! 

— ¿Cómo es eso, D. Facundo? — preguntó avan- 
zando hasta colocarse á su lado. 

— Te lo explicaré en seguida — repuso Hojeda 
en tono confidencial, parándose otra vez y otra 
vez cogiéndole por la manga del gabán. — Yo no 
tengo familia, como tú sabes; no soy aficionado al 
estudio, porque comprendo que aunque me haga 
pedazos los cascos nunca pasaré de cierto límite: 
tampoco me gustan los juegos, pues el billar lo 
tomo solamente como un medio de hacer ejercicio: 
los teatros no los piso jamás; entre los espectáculos 
públicos únicamente me gustan... 

— Los toros, ya sé. 

— Es mi único vicio... pero no los hay más que 
en la primavera y una vez por semana, aparte de 
algunas corridas extraordinarias. La botica no me 
ocupa ningún tiempo, porque tengo al frente de 



68 



ARMANDO PALACIO VALDÉS 



ella á un pobre muchacho que acaba de hacerse 
farmacéutico y al cual se la pienso dejar cuando 
me muera... Si no me voy á los sermones y no me 
entretengo en proteger á algunos pobrecillos, ¿qué 
quieres que haga yo de mí?... ¿No comprendes 
que me moriría de aburrimiento? 

— Sin embargo, los actos en sí no dejan de te- 
ner mérito. 

— jNinguno, hombre, ninguno! — repuso con 
energía. — Mira: te lo explicaré mejor. Yo, cuando 
subo á casa de un pobre y me entero de su vida, 
y le socorro y le aconsejo; cuando doy vueltas 
por Madrid buscándole alguna colocación, estoy 
entretenidísimo, tanto como cualquier señorito 
en los bailes de Montijo, con la diferencia de 
que mientras él llega á casa al amanecer, hastiado, 
ojeroso y mustio, yo me acuesto tranquilito á las 
doce, y si he hallado empleo para mi hombre, me 
duermo más contento que el Rey de Prusia, y si no 
lo he hallado, me levanto por la mañana con áni- 
mos para revolver todo Madrid... Dime tú ahora, 
¿quién entiende mejor la vida, él ó yo? ¿Quién es 
aquí el egoísta?... Voy á ponerte otro ejemplo. 
Acabas de pasar una hora conmigo desde que nos 
hemos encontrado en la calle del Príncipe. Quiero 
que me digas con sinceridad si en esta hora te has 
aburrido... 

— No sólo no me he aburrido, sino que he pa- 



RIVERITA 



6 9 



sado uno de los ratos más felices de mi vida. 

—¿Lo ves? ¿Qué mérito tiene entonces lo que 
hemos hecho? Lejos de juzgarnos dignos de admi- 
ración, somos dignos de envidia por lo que hemos 
disfrutado... 

— Concedo, D. Facundo, que en este caso parti- 
cular, acaso tenga V. razón; pero consagrar la vi- 
da entera como V. á hacer obras de caridad, es 
digno de alabanza y recompensa. 

— ¡Recompensa! ¡recompensa! — exclamó con 
fuego el boticario. — Pues qué, ¿te juzgarás acaso 
resarcido del dinero que has dado por una butaca 
en el teatro después de haber pasado la noche 
quizá bostezando, y no te considerarás pagado del 
que regalaste á esos niños, gozando una hora de 
felicidad? 

— Bien, pero V. es otra cosa: yo lo acabo de 
hacer por casualidad, mientras que V. lo tiene por 
costumbre. 

— ¡Mejor que mejor! Yo gozo todos los días tan- 
to ó más de lo que tú has gozado hoy... 

Siguió desenvolviendo con brío su tesis nuestro 
farmacéutico, mientras caminaban hacia la Puerta 
del Sol. Miguel había concluido por guardar silen- 
cio, escuchando con placer y curiosidad aquellas 
peregrinas teorías. Al llegar á la esquina de la calle 
de la Montera, Hojeda volvió en sí de pronto y dijo 
en el tono afectuoso y humilde que le caracterizaba: 



7° 



ARMANDO PALACIO VALDÉS 



— ¡Buena matraca te he dado, Miguelito! Perdo- 
na á este viejo chocho y vete con Dios á descansar > 
que aquí nos separamos. 

Miguel se despidió de él apretándole con efusión 
la mano. Cuando se hubo apartado seis ú ocho pa- 
sos, le dijo volviendo á llamarle: 

— Conste, D. Facundo, que no me ha convenci- 
do V., y que es V. una gran persona. 

— ¡Un gran egoístal — gritó el boticario aleján- 
dose. 



V 




UÉ te pasa hoy? ¿Parece que estás triste? 
— decía la generala cierta noche, toman- 
do las manos de su amante entre las 
suyas. 



• — Pues no tengo nada (al menos, que yo sepa) 
— repuso en tono humorístico él. 

— Sí tal; hay en tu fisonomía cierta expresión 
melancólica; por más que trates de ocultarla con 
aparente alegría, no lo consigues; en tus ojos hay 
menos brillo que otras veces; tienes la mirada va- 
ga y perdida... 

— No; lo que tengo, es la mirada de perdido. 

— Ríete lo que quieras: tengo un corazón que 
no se engaña. Tú estás triste, y me lo ocultas. 

— Si tienes mucho empeño en ello, lo estaré; 



72 



ARMANDO PALACIO VALDÉS 



pero sólo por galantería. Por lo demás, nunca he 
estado más alegre. 

— Pero la tuya es una alegría marchita... no 
tiene frescura... no sale del corazón... es una más- 
cara. Yo quisiera, Miguel mío, saber todo lo que 
acontece en tu espíritu, todo lo que piensas, todo 
lo que sientes... No me basta saber los pensamien- 
tos y los sentimientos grandes; deseo conocer tam- 
bién los más íntimos; deseo escudriñar los últi- 
mos rincones, los últimos pliegues... quiero que 
no pase por tu cabeza una idea, aunque sea tan dé- 
bil como el soplo de un niño, que no llegue á 
mi noticia... quiero conocer todas las emociones 
que experimentas, aun aquellas que apenas sean 
capaces de mover tu corazón... quiero entrar den 
tro de ti mismo... quiero formar una sola persona 
contigo... 

Los grandes ojos azules, lascivos, de la generala, 
se clavaban con amorosa inquietud en su amante 
al proferir estas palabras. 

Miguel despertó de la indiferencia en que yacía. 

— Todo eso eres, cielo mío... Todo eso y mucho 
más — contestó, apretándole con efusión las manos. 

— ¡Si fuese cierto!... Pero no... tu amor va 
siendo cada día más tibio... A medida que el mío 
se enciende, el tuyo se apaga... 

— jNo lo creas, Lucía! — exclamó el joven, dan- 
do á su exclamación mayor fuego del que le hu- 



RIVERITA 



.73 



biera correspondido si no se hubiera tomado un 
poco de trabajo. — ¡Te adoro... te adoro con pa- 
sión loca... frenétical Eres el único pensamiento 
dulce que anima mi existencia... Pídeme la vida, 
y me verás darla con alegría... 

— ¡No quiero tu vida, chiquillo! — dijo la gene- 
rala sonriendo y haciéndole mimos con la mano 
en el rostro. — Quiero tu amor; pero un amor 
verdadero, grande, infinito... ¡Tú no sabes las lo- 
curas que yo sueño, los castillos que levanto en el 
aire! Muchas veces me figuro que en efecto me 
adoras con todo tu corazón, con todas las fuerzas 
de tu alma, y que yo soy para ti lo que fué 
Beatriz para el Dante y Laura para el Petrarca, 
un objeto divino que te preserva de todo pensa- 
miento innoble, que gracias á mi amor se va en- 
grandeciendo tu espíritu, despierta tu genio, el 
genio que tienes en el fondo del alma... porque 
yo estoy segura de que lo tienes... 

— En efecto, tengo un genio muy malo; á veces 
no hay quien me resista. 

— No, no; es otra clase de genio — dijo la dama 
riendo. — Mas aunque esto no fuese una quimera, 
aunque tú alcanzases algún día la celebridad, soy 
muy tonta en forjarme ilusiones... Tú estás comen- 
zando la vida casi, casi... el porvenir se presenta 
risueño. Cuando llegues á donde yo creo que tie- 
nes derecho á llegar, ¿qué seré para ti?... Una vie- 



74 



i 

ARMANDO PALACIO VALDÉS 



ja que ha cometido la insensatez de amarte. Una 
pobre mujer enamorada ridiculamente... 

— ¡Alto, querida! Te anuncio que ya estoy en- 
ternecido. No sigas adelante, si no quieres verme 
hacer pucheritos... Hablemos de otra cosa — aña- 
dió reclinándose perezosamente en el sofá y esti- 
rando las piernas con demasiada confianza, — hable- 
mos de Pérez Almagro. 

Pérez Almagro era el último amante que la ge- 
nerala había tenido, y que no dejaba de inspirar 
cierta inquietud, ya que no celos, á nuestro joven. 

— ¡Oh, qué cruel eresl ¡No perdonas medio de 
hacerme sufrir! 

Miguel iba á replicar; pero en aquel instante un 
leve rumor lejano se dejó oír en el pasillo. Lucía 
se puso en pie con súbito y pronto movimiento; 
el rostro pálido, el oído atento, la mirada estática. 
Escuchó un momento. 

— ¡Alguien vienel... Es la doncella... ¡De prisa, 
de prisa! ¡Escóndete! 

— ¿Dónde? — preguntó aturdido. 

La dama paseó una mirada intensa y ansiosa 
por la habitación. 

— Aquí — dijo corriendo á un armario embutido 
en la pared y abriendo el compartimento inferior. 

Miguel se metió allá de cabeza. Lucía dio la vuel- 
ta á la llave. En aquel momento entraba la don 
celia. 



RIVERITA 



75 



— ¿Qué hay, Carmen? — preguntó con gran cal- 
ma, dirigiéndose al espejo para arreglar el pelo. 

— Señorita, vengo á darle cuenta del billete que 
me entregó por la mañana. 

— ¡Ah! sí... el billete... ¿De cuánto era? 

— De diez duros. 

— Bien, ¿qué ha comprado V.? 

— Los botones para el vestido de la niña, han 
costado veintisiete reales... 

— ¿Qué más? 

La sombrilla de miss Ana, que he pagado yo; 
no la han querido dar menos de tres duros. 

— Bien; son cuatro duros y siete reales. . 

— La corbata para Chuchu... catorce reales. 

— Son... cinco duros y un real... ¿se la ha pues- 
to ya? 

— No, señorita; mañana cuando vaya á paseo; 
es muy bonita; á María le ha gustado; ¿no sabe 
usted? El chico quería ponérsela cuando salíamos 
del comercio... ¡Poco trabajo que me costó quitár- 
selo de la cabeza! 

— ¡Pobre Chuchú! 

— Cuando vió que no conseguía nada por las ma- 
las, se puso á hacerme caricias... ¡Anda, Carmelita, 
monina, ponme la corbata... te he de dar un dulce 
de los de la mesa... — Yo le decía: — ¿El que teto 
que á ti? — Sí, sí, el que me toque á mí... 

— ¡Oh, qué malo! 



7 6 



ARMANDO PALACIO VALDÉS 



— ¡No sabe V., señorita, las monerías que hizo 
para sacármela! 

— {Pobre Chuchu! ¿Por qué no se la ha pues- 
to V.? 

— Porque en casa no habría quien se la quitase 
después. 

— ¿Le ha encargado V. los guantes? 

— Sí, señorita. 

— ¿En casa de Clement? 

— Sí, señorita: quedaron en mandarlos el sá- 
bado. 

— ¿Los ha pagado? 

— Sí, señorita: doce reales. 

— Bueno, entonces son... cinco duros y trece 
reales. 

— He comprado también el agremán que faltaba 
para el vestido de la niña. 

— ¿Cuánto faltaba? 

— Dos tercias: quince reales. 

— Son entonces... aguarde V.... son... seis duros 
y ocho reales... ¿no es eso?... 

Cármen afirmó con la cabeza, mientras hacía 
mentalmente la cuenta. 

— ¿Qué más? 

— No me acuerdo de más — manifestó, después 
de vacilar unos instantes. 

— ¿Y la esponja del tocador que le he encar- 
gado? 



RIVERITA 



7 7 



— ¡Ah! ¡se me olvidaba, señorita!... diez y ocho 
reales. 

Miguel se asfixiaba en el armario. Estaba de ro- 
dillas, el cuerpo doblado, la cabeza apoyada en 
uno de los rincones. Así que entró, empezó á sen- 
tir el malestar de la postura; no podía alzar la ca- 
beza, ni enderezar poco ni mucho el cuerpo; las 
piernas encogidas también de tal manera, que le 
causaban calambres. Pero á los pocos segundos, 
notó ó creyó notar que le faltaba aire para la res- 
piración, y se estremeció de congoja: hizo frecuen- 
tes y largas inspiraciones para probar, y observó 
que cada vez hallaba más dificultad; trató de con- 
tener el aliento para economizar el aire, pero esto 
no hizo sino fatigarle más. Entonces quiso dar 
la vuelta y aplicar la boca á una rendija á ver si 
conseguía recoger más oxígeno: no le fué posible. 
La idea de morir asfixiado cruzó por su cerebro: 
un sudor frío y copioso le bañó todo el cuerpo: la 
congoja se apoderó de él. En pocos segundos pen- 
só millares de cosas aterradoras; vio la muerte cara 
á cara; el miedo le dejó yerto, desmayado; estuvo á 
. punto de perder el sentido. Mas de pronto, el ins- 
tinto de la vida despertó, se reveló con ímpetu en su 
organismo y le sugirió pensamientos de salvación: 
— «|No, lo que es yo no me ahogo aquí como 
un ratón por esa 1... Voy á dar una patada á la puerta 
y hacer saltar la cerradura.» — Esta idea le confor 



78 



ARMANDO PALACIO VALDÉS 



tó un instante y dió tiempo á que penetrase en su 
mente otro proyecto menos violento, el de llamar 
la atención de la generala sin ser notado de la don- 
cella: si este proyecto fracasaba, acudiría inmedia- 
tamente al recurso extremo. Extendió una mano 
hacia atrás y rascó la puerta con la uña, produ- 
ciendo un rumor semejante al de los ratones... 

El fino y atento oído de la dama se dió por 
enterado. 

— Carmen, vaya V. al comedor, y tráigame un 
vaso de agua... ¡Siento un picor en la garganta!... 
¡Jesús, qué tos tan rara! 

Y la dama tosió hasta querer reventar. 

Cuando Carmen hubo desaparecido, dirigióse 
precipitadamente al armario, y abrió. Miguel salió 
á rastras del fondo con el semblante pálido, des- 
compuesto, completamente demudado. 

— ¿Qué te pasa? — preguntó con sobresalto 
Lucía. 

— ¡Que me ahogo! 

— ¡Corre á la alcoba... métete debajo de la cama! 
El joven se apresuró á cumplir la orden, y al 
instante apareció de nuevo la doncella. 

La generala se bebió el vaso de agua sin gana. 



VI 



chis, chis, Miguelito, ¿á dónde tan de- 
dido? 

—Al Retiro. 

— Para los pies, chavó, y entra á to 
mar una cañita conmigo y estos señores. 

Miguel se detuvo y sonrió al ver á su primo En- 
rique sentado á una mesa del café Imperial al lado 
de la ventana y rodeado de varios toreros. Como 
no tenía prisa, aceptó el convite y se acercó á ellos 
• saludándoles con un: 

—A la paz de Dios, caballeros. 
—Buenas tardes, amigo — le contestaron. 
Y se sentó en el hueco que galantemente le de- 
jaron y se bebió de un trago la caña que Enrique 
le puso delante. 




8o 



ARMANDO PALACIO VALDÉS 



— Te presento á mi amigo José Calzada, céle- 
bre matador de toros que ya conocerás con el 
nombre de el Cigarrero, aunque hace muchos 
años que no mata en la plaza de Madrid... Su her- 
mano Baldomero, el Serranito, banderillero de 
fama... Sebastián Campos... 

Enrique se detuvo vacilante antes de pronun- 
ciar el álias. 

— Diga ozté Merluza, D. Enriquito: Merluza 
zoy, Merluza he zío y Merluza me he de morí el 
día meno penzao. 

— Pues bien, mi amigo Merluza, el banderillero 
más barbián de la plaza de Málaga... Mis amigos 
D. Pablo López y D. Luis María Pastor, aficiona- 
dos al arte. 

Todos saludaron á nuestro joven, muy circuns 
pectos, sobre todo los toreros, que son los que me- 
jor conservan, en el trato, la gravedad serena y 
afable peculiar del pueblo español, tan distante del 
orgullo británico como de la extremada urbanidad 
de los franceses. 

El Cigarrero era un hombre ya entrado en días^ 
con el cabello casi blanco, pequeño, fornido, so 
portando sus años con mucha gallardía. Miguel 
había oído varias veces citar su nombre entre los 
astros del toreo; pero como gloria pasada; tanto, 
que lo juzgaba retirado hacía tiempo. El herma- 
no era un muchacho de veinticinco ó veintiséis 



RIVERITA 8l 



años, buen mozo, de- rostro hermoso aunque algo 
afeminado. Merluza un jayán monstruosamente feo. 
Los dos aficionados, jovencitos barbilampiños, es- 
cuálidos, y vestidos á la última moda. 

La conversación no se interrumpió por la llega- 
da de nuestro joven, quien se puso á escuchar con 
poca curiosidad. Se hablaba de toros; no hay para 
qué decirlo: se discutía la mayor ó menor severi- 
dad é inteligencia de las plazas de Madrid y de 
Sevilla. Uno de los jovencitos sostenía que en Ma- 
drid se juzgaba con más severidad y competencia. 

— «-Pues zarvo zu parece, D. Luizito — decía Mer- 
luza, — y zarvo er de too lo presente, á mí me 
paece, vamo... que en Zeviya hay afición... y ez lo 
que digo yo, onde hay afición lo hay too. 

— Sebastián, yo no te niego que haya afición en 
Sevilla, pero no es para comparar con la que hay 
en Madrid. Además, aquí se estudia el toreo por 
principios, lo que no se estudia allí... aquí el pue- 
blo es más ilustrado... 

—Ya zé, ya zé, D. Luizito: no me diga ozté na. 
Onde no hay prencipio no pué haber na... ¡Pero 
mire ozté que en Zeviya hay mucha afición!..... 
¡]Mucha afición!! 

— En Madrid hay que tener mucho de aquí, 
querido (apuntando á un ojo). Si te descuidas un 
poco, ya tienes la bronca encima... y algo más en 
ocasiones. 

6 



82 



ARMANDO PALACIO VALDÉS 



— ¡Calle ozté, zeñorito, zien Zeviya po una mi- 
jita le tiran á uno la Biblia! 

Enrique aprovechó el calor de la disputa para 
comunicar á su primo por lo bajo algunos datos 
importantes acerca de la vida del Cigarrero. 

— Ahí donde lo ves, Miguel, hace veinte años 
era el torero que se tiraba más por derecho en 
España. En Sevilla ha recibido muchas veces. 

— ¿A quién? 

— ¡Al toro, hombre! 

— Muy señor mío. 

— Pero, claro, con los años se ha ido haciendo 
un poco tumbón... ¡Pero como inteligentel... lo 
que es como inteligente, ni Cayetano ni San Caye- 
tano le ponen el pie delante. 

Terminada la disputa, comenzó á hablarse de 
los toreros en boga. Los pollastres aficionados, 
y Enrique también, creyeron halagar al Cigarre- 
ro rebajando el mérito de ellos. Asombróle á Mi- 
guel el ahinco y la sinceridad con que aquél co- 
menzó noblemente á defenderlos, aunque sin' le- 
vantar la voz y sin perder un punto de la gravedad 
que le caracterizaba. 

— Mié usté, D. Luisito, er que má y er que me- 
no, tiene su quebranto, y ar mehó ecribano se le 
cae un borrón. Si Caytano se huye, é que está mu 
castigao, el probesico ya se va pa Viyavieha co- 
mo yo... Pero, diga usté que sí, D. Luisito... cuan- 



RIVERITA 



83 



do le sale un toro de verdá, ¡Cay taño tá superiól 

— Vamos, con Cayetano todavía transijo — dijo 
Enrique. — Aunque desconfiado, le he visto mu-, 
chas veces torear con arte y en corto y meterse 
como Dios manda... Al que no puedo resistir es 
ai Gordo. ¡En la vida le he visto medio aploma- 
do, ni pinchar más que á paso de banderillas! 

— Tampoco creo eso que usté dise: ar Gordo 
le pasa lo que á too nosotro; si er toro acude 
bien, tá güeno; si no tiene gana, tá malo. Y aluego 
¿qué se pué esí déla muleta? Con eya en la mano, 
hay mu poco que tengan tan güeña sombra... Lo 
que le tiene er Gordo, é que sabe demasiao er 
terreno que pisa... y cuando se sabe mucho... 
vamo... ya me entiende usté, D. Enriquito. 

— Ozté perdone, zeño José — dijo á esta sazón 
Merluza. — Me paece á mí que aquí D. Enriquito 
habla bien... Er Gordo poniendo banderiya, ¡la 
corona de María Zantízima! pero matando, ¡la pe- 
rra zin vergüenza de zu mare! 

El Cigarrero se puso muy serio y repuso 
enojado: 

— A ti no te toca esí na de eso, Sebastián. Too 
esto señore pueen hablá lo que gusten, pero tú, 
hijo, no puée... ¿Tamo? 

Merluza acortado, rectificó como pudo sus bru- 
tales palabras. 

Era la primera vez que Miguel oía decir bien en 



«4 



ARMANDO PALACIO VALDÉS 



un corro, de las personas del mismo arte ó pro- 
fesión que los presentes; y no poco quedó admira- 
do de que fuesen los toreros, gente por lo regular 
inculta y plebeya, quienes dieran ejemplo de noble- 
za y compañerismo á los que cultivan otras artes 
más elevadas. 

Tampoco admitió el Cigarrero las lisonjas que 
le prodigaron, lo mismo Enrique que sus amigui- 
tos. Sin echarse por tierra con fingida modestia, 
supo colocarse en su verdadero sitio, esto es, por 
debajo de los espadas que entonces llevaban la 
atención del público, sin traer á cuento sus glorias 
pasadas ó los tiempos en que gozaba de más re- 
nombre. 

— Ya soy vieho. Ya no pueo competí con lo 
muchacho... Pero mase farta la guita, porque mi 
casa siempre se ha paesío un hospisio... y hago lo 
que pueo... y á vese un poqüiyo meno de lo que 
pueo... Si Cay taño aprieta en su toro, yo aprieto 
en er mío; si afloha, yo afloho... Si me sale un to- 
rito vivito y voluntario, le toreo por lo arto y le 
doy lo que pide er animá. Si me sale blando y sin 
vergüensa le doy un goyetaso ¡y á viví!... A mí 
me podrá hasé peaso un toro, ¡pero en la vía un 
*oío buey! 

Pasó un rato agradable Miguel, oyéndoles di- 
sertar en estilo pintoresco, sobre tauromaquia, 
que para ellos era el compendio de todas las cien- 



RIVERITA 85 



cias, y el fin supremo de la vida humana, y se 
despidió al cabo afectuosamente, no sin haber sido 
antes convidado á una novillada de aficionados 
que Enrique y sus amigos estaban organizando á 
beneficio de unos náufragos que se habían perdido 
en el Adriático. Esta novillada había de efectuarse 
el próximo domingo en la plaza de los Campos 
Elíseos; sería presidida por la señora del ministro 
de Marina, dirigida por el Cigarrero, y nadie po- 
dría asistir á ella sin entregar un duro á la puerta, 
salvo los amigos invitados por los lidiadores. 

Dos ó tres días antes del señalado, pasó Miguel 
por casa de su tío Bernardo. Al entrar en el cuar- 
to de Enrique, oyó gran ruido, como si trasteasen 
con los muebles; quedó altamente sorprendido al 
ver á su primo con sendas banderillas en las manos 
delante de una silla, levantándose sobre la punta I 
de los pies en actitud de clavádselas. Aunque algo 
avergonzado á causa de la risa que á Miguel le 
acometió, no tardó en reponerse y manifestarle 
cómo se estaba ensayando en los cambios, salidas 
y cuarteos, pues era uno de los banderilleros que 
el domingo debían trabajar en los Campos. 

— Pero esa silla me parece que se debe aplomar 
algo en la suerte de palos — dijo Miguel. 

— Chico, no tengo otra cosa. Quise ensayar con 
el perrito de mi hermana, y mira lo que me ha 
hecho... 



86 



ARMANDO PALACIO VALDÉS 



Y levantando un poco los pantalones, le enseñó 
las huellas de los dientes del animalito en la carne. 

Estaba muy animado, pero confesaba que tenía 
los nervios un poco excitados y que dormía mal 
por la noche. ¡Eso de presentarse delante de un 
público tan lucidol Pero de todos modos, él cono- 
cía muy bien la teoría de las banderillas; no le 
faltaba más que un poco de práctica. 

— Mira; para ponerlas al cuarteo, se coloca uno 
así... con los pies juntitos. Se cita al animal... Hay 
que esperar que arranque, ¿entiendes? y marchar 
decidido á cortarle el terreno... Si el toro no baja 
la cabeza para tirar el derrote... nada... ¡Hay que 
andarse en esto con mucho ojol 

— ¿Y tienes esperanza de ponerlas bien el do- 
mingo? 

— Si el torete me sale bravo y arrancando bien, 
pienso estar hasta guapo... 

— No te lo aconsejo; te van á desconocer. 

— Si sale blando ó huido, tiraré á cumplir nada 
más... á salir del paso. Todo depende déla suerte, 
como tú comprenderás... Eso le pasa á Cayetano, 
al Cigarrero y á todo el mundo. 

Llegada la tarde del domingo, se fué Miguel á 
los Campos y entró en la plaza, que ya estaba 
más que mediada de gente, casi toda de categoría: 
los lidiadores pertenecían en su mayor parte á la 
aristocracia. Había en los palcos una muchedum- 



RIVERITA 



8? 



bre de niñas bonitas, ostentando la blanca manti- 
lla de encaje y la peineta: los tendidos de madera 
estaban poblados de caballeros elegantemente 
vestidos. Miguel fué á colocarse entre barreras al 
lado de el Cigarrero que dirigía la lidia, sin tomar 
parte en ella. 

Dada la señal por la presidenta, que era una 
señora guapetona, muy rumbosa y muy dadivosa, 
aparecieron en el redondel las tres cuadrillas al 
son de una marcha española tocada por la banda 
de un batallón: cada cuadrilla se componía del 
espada, tres banderilleros y los correspondientes 
monos sabios: estaban suprimidas las picas. Los 
alguaciles, que eran dos marqueses, marchaban 
delante montando briosos caballos y haciendo 
piernas con ellos. Gran tempestad de aplausos 
al verlos aparecer: los muchachos se presentaban 
vestidos de chulos con ricas capas sobre los hom- 
bros, imitando perfectamente en el modo de andar 
el aire y el contoneo peculiar de los toreros. Salu- 
daron á la presidenta y arrojaron con garbo las 
capas de gala á los amigos, cambiándolas por las 
de uso. De todos los tendidos se oían voces salu- 
dando á los lidiadores: éstos cambiaban gritos y 
saludos con los espectadores, y sostenían conver- 
sación con ellos en alta voz. 

Hasta aquí todo marchaba perfectamente. El 
marquesito alguacil recogió la llave que la presi- 



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ARMANDO PALACIO VALDÉS 



denta le arrojó, y fué haciendo corvetas á entre- 
gársela al encargado de abrir el toril, cargo que, 
por cierto, se habían disputado un vizconde y el 
hijo del presidente del • Tribunal Supremo. Sonó 
el clarín y saltó al redondel un torete negro, con 
bragas, de bonita lámina. El primer sentimiento 
que los lidiadores experimentaron al echarle la vis- 
ta encima, fué de traición ó engaño manifiesto. To- 
dos ellos le habían visto varias veces, primero en 
el encierro y después en el corral; pero nunca les 
pareció ni la mitad de grande que entonces. Así 
que, sospechando que pérfidamente se lo habían 
trocado en el chiquero, cambiaron repentinamente 
el color fresco y sonrosado de sus mejillas por un 
blanco mate nada vistoso. Y por un movimiento 
simultáneo, que probaba la unidad de sus convic- 
ciones, se pegaron todos á la barrera y colocaron 
el pie en el estribo, preparados á cualquier evento. 
El novillo se disparó contra uno de ellos. Todos, 
como un solo hombre, saltaron la barrera. El no- 
villo, viendo el campo libre, se paseó por él á su 
talante, en medio de la gritería y algazara de la 
gente. Un buen rato se estuvieron los lidiadores 
entre barreras, celebrando consulta, hasta que al 
fin, estimulados por los amigos de los tendidos, 
que no cesaban de perseguirles con gritos y pu- 
llas, y por el poquillo de vergüenza que todavía 
les quedaba, después de la salida del toro, se de- 



RIVERITA 



cidieron á entrar de nuevo en el redondel. Pero 
fué con toda calma, montando sobre la barrera 
como si estuviesen impedidos de las piernas, y ba- 
jándose después poquito á poco; parecía que iban 
á entrar en un baño -de agua fría. Uno de ellos tu- 
vo la audacia de separarse como cinco ó seis pa- 
sos del tablero, y llamar la atención del novillo 
con el capote. Una mirada severa del toro bastó 
para hacerle brincar la barrera sin poner el pie en 
el estribo. 

La corrida fué rica en incidentes. Caídas, cho- 
ques, atropellos, saltos mayores que el de Al vara- 
do, de todo hubo, hasta cogidas, lo cual, en ver- 
dad que parecía imposible. Apenas tiraban el tra- 
po, se echaban á correr llenos de pánico, dándose 
con los talones en las nalgas, y precipitándose de 
cabeza por encima de las tablas, sin que el toro se 
hubiese movido de su sitio. Los banderilleros cla- 
vaban los palos en el aire muchas veces-, otras en 
alguna región ignorada del animal. Los espadas 
igualmente pinchaban donde podían, sin aproxi- 
marse jamás, ni por casualidad, al sitio verdadero. 
En vano saltó el Cigarrero más de veinte veces al 
redondel á poner orden; en vano les arreglaba los 
novillos y se los cuadraba, de suerte que no había 
más que dejarse caer; de todos modos la confusión, 
el ruido y las atrocidades de todo género no cesa- 
ron en toda la tarde. 



9° 



ARMANDO PALACIO VALDÉS 



Enrique, que vestía una chaquetilla elegantísi- 
ma de terciopelo color granate, en los comienzos 
de la lidia dió, como sus compañeros, ejemplo de 
prudencia y circunspección. Rodeó, sí, infinitas ve- 
ces la plaza, pero fué, casi siempre, por detrás de 
la barrera, y cuando lo hizo por delante, era tan 
cerquita de ella, que á cierta distancia parecía 
por detrás. Llegado el momento crítico de poner 
las banderillas, que fué en el segundo novillo, las 
cogió, y aunque muy pálido, marchó resueltamen- 
te hacia él; se puso con los palos en cruz, y al- 
zándose sobre la punta de los pies, comenzó á mu- 
gir terriblemente para llamar la atención del ani 
mal; y en efecto, así que éste le vió en aquella ac- 
titud fanfarrona, vino rápidamente á embestirle. 
Mas, con gran asombro y vergüenza de sus ami- 
gos, en vez de clavarle las banderillas las soltó de 
las manos, y la emprendió á todo correr hacia la 
barrera. No pudo saltarla. Antes que lo hiciese, el 
toro le había cogido por la parte posterior, y le 
había tirado al alto. Todos acudieron y sofocaron 
al becerro con los capotes. Pero Enrique, levan 
tándose furioso contra él, é indignado contra sí 
mismo por aquella vergonzosa huida, comenzó á 
gritar como un energúmeno: — ¡Dejádmelo, dejád- 
melo! — Y arrancando unas banderillas al primero 
que encontró, se fué ciego, frenético hacia el toro, 
y se las clavó en el pescuezo, sufriendo por ello 



RIVERITA 



9 I 



una nueva cogida. Afortunadamente, ninguna de 
las dos tuvo serías consecuencias; los pantalones 
rotos y algunas contusiones. Los espectadores, 
desternillados de risa, le aplaudían con calor y 
hasta le tiraron cigarros. 

Quedó muy ufano de este triunfo; tanto que, 
acercándose al sitio donde estaban Miguel y el 
Cigarrero, le preguntó á éste: 

— ¿Eh? ¿Qué le ha parecido á V., maestro? 

— No ha tao mal — contestó el torero sonriendo. 



Vil 




IGUEL no había dejado de ser nunca 
uno de los socios más asiduos del 
Ateneo. Aunque no tomaba parte 
en las discusiones sobre los pueblos 



semíticos, se había hecho notar bastante en los 
círculos privados que se formaban por las noches 
en el vasto corredor del establecimiento, y se le 
tenía por un amable y despejado compañero. Tra- 
bó amistad con otros jóvenes moluscos de los que 
más bullían, y éstos no tardaron en comunicarle 
la fiebre de cargos honoríficos que á ellos les de- 
voraba. La ambición ardía en los pechos de los 
exploradores de la] raza semítica; apetecíanse y 
buscábanse con noble emulación los cargos de se- 
cretarios de las secciones. ¡Era tan brillante el le- 



94 



ARMANDO PALACIO VALDÉS 



yantarse en el comienzo de las sesiones á leer el 
acta de la anterior! Las intrigas tenebrosas me- 
nudeaban; las traiciones eran cosa corriente. Ha- 
bía dos bandos principales: el de los viejos y el 
de los jóvenes; los primeros eran más en número, 
y vencían siempre que no seles cogía descuidados; 
los segundos, más activos, tramaban asechanzas 
para derrotar á los candidatos contrarios, unas 
veces presentando los suyos, en unión de alguna 
persona ilustre y respetable, otras veces aprove- 
chando las noches de más frío en que los viejos no 
se atrevían á salir de casa, otras dividiendo con as- 
tucia á los enemigos; todos los medios eran lícitos. 

Gracias á una de estas sorpresas, y secundado 
con energía por algunos muchachos, que al verle 
tan asiduo en la asistencia le respetaban ya como 
un sabio en ciernes, consiguió Miguel ser secreta- 
rio tercero de la junta directiva, encargado del 
alumbrado y calefacción. Y queriendo dar una 
gallarda prueba de su celo por los intereses del 
Ateneo, así que tomó posesión del cargo, hizo 
poner hornillas de cock en las chimeneas y supri- 
mió la leña, que ocasionaba un gasto demasiado 
considerable. Mas he aquí que esta patente eco- 
nomía, en vez de satisfacer á los socios, les disgus- 
ta y levanta polvareda; los viejos se pusieron in- 
mediatamente enfrente del audaz reformador y 
algunos jóvenes también. ¿Para qué sirven esas 



RIVERITA 



95 



economías? ¿Para traer más libros? Demasiados 
hay en la biblioteca. Un orador novel, joven, tra- 
dicionalista é imitador de Donoso Cortés, que en 
las juntas generales del Ateneo se ensayaba para 
el Congreso, le apostrofó duramente, luciendo una 
voz y un juego de actitudes que envidiaría Mira- 
beau: demostró hasta la saciedad, que aunque el 
cock proporcionase el mismo calor que la leña, 
había en ésta un algo espiritual que satisfacía ne- „ 
cesidades de orden más elevado; hizo presente que 
el Ateneo no era una sociedad de mercachifles 
ocupados en recoger ochavos, y que el sórdido 
interés debía ser arrojado del templo de la ciencia 
á latigazos (aquí bebió un sorbo de agua azucara- 
da y se limpió después los labios con esmero). 
Expresó su profunda sorpresa de que un joven 
fuese quien tomara la iniciativa en la funesta em- 
presa de privar de comodidades á los hombres que 
trabajan en el campo de la ciencia, y con tal 
motivo exaltó el respeto que le es debido y que 
siempre se ha tributado al sabio, haciendo un bello 
y minucioso parangón entre éste, que con sus 
obras eleva y enriquece los espíritus, y el obrero 
de la materia, que eternamente será siervo de la 
gleba, decidiéndose, claro está, por aquél. Por úl- 
timo, terminó diciendo que al declararse partida- 
rio incondicional de la leña, no le impulsaba nin- 
gún móvil bastardo, que no se hacía eco de nin- 



9 6 



ARMANDO PALACIO VALDÉS 



gún resentimiento particular, porque no cabían en 
su corazón tales miserias vergonzosas; hablaba 
solamente por el deseo generoso de mantener en 
el Ateneo el sello espiritual que siempre le había 
caracterizado. Este elocuente discurso provocó 
muchos aplausos entre los socios, particularmente 
los viejos, los cuales en las primeras elecciones de 
cargos derrotaron á Miguel, nombrando en su lu- 
gar al joven tradicionalista. 

Tanto como á Miguel le aburrían los discursos 
hueros y ampulosos que se pronunciaban en el 
salón de sesiones, tanto le agradaban á su anti- 
guo amigo y condiscípulo Mendoza y Pimentel. 
Muy rara vez se le veía en la biblioteca con un li- 
bro abierto; pero en cambio, por milagro perdía 
una sesión lo mismo de la sección de ciencias exac 
tas, que de la de morales y políticas ó literatura. 
Admiraba profundamente á casi todos los orado- 
res, cuanto más campanudos mejor, y se enfadaba 
con Miguel cuando éste hacía burla de ellos. Poco 
á poco se había ido modificando la opinión que 
de él tenía formada desde la infancia. Después de 
haber oído á los oráculos del Ateneo, comprendía 
que Miguel era un chico listo, «pero bastante lige- 
ro.» Ya no le pedía dinero, porque había ascendi- 
do á diez y seis mil reales de sueldo, los cuales 
empleaba casi todos en vestirse y una mínima par- 
te en comer; pero su amistad continuaba inaltera- 



RIVERITA 



97 



ble. Se hizo presentar por Riverita en algunas 
tertulias políticas donde nuestro joven tenía acce- 
so, entre ellas la del general conde de Ríos, uno 
de los jefes á la sazón del partido liberal. Esta fué 
la que más le plugo y donde echó raíces. El gene- 
ral era un hombre de genio vivo y enérgico, ha- 
blador sempiterno, narrador de cuentos verdes, 
con mucha afición á la política y poca ó ninguna 
al arte militar. Al principio no le cayó en gracia 
Mendoza: su carácter grave y silencioso le causa- 
ba tedio: — ¿Sabe V., Riverita, que ese amigo de 
usted es lo mismo que un roble? — le dijo pocos 
días después de habérselo presentado. Cómo se 
arregló Mendoza para llegar á ser al cabo de. algu- 
nos meses uno de los íntimos de la casa y acom- 
pañantes preferidos por el general, fué cosa que 
nadie supo. Y, sin embargo, era muy sencillo de 
explicar. Mendoza sufrió una temporada la frial- 
dad del conde y el desdén de ¿la condesa con 
gran filosofía, y siguió asistiendo constantemente 
á la tertulia. No tomaba parte muchas veces en la 
cor versación, porque tenía la ^desgracia de que 
no se le ocurría jamás una frase oportuna ó chis- 
tosa; cuando lo hacía, era únicamente para ma- 
nifestar su aprobación absoluta é incondicional 
á las palabras del conde, ó para interrumpir con 
un joh! ó con un ¡ah! que expresaban su admira- 
ción y simpatía. 

7 



9 S 



ARMANDO PALACIO VALDÉS 



Un día el general descubrió con sorpresa, al ha 
blar del sistema colonial inglés, que Mendoza pen- 
saba exactamente igual que él sobre esta cuestión. 
Verdad que el mismo general había emitido su 
opinión, hacía algunos días, delante de aquél; pero 
ya no se acordaba.— Este chico — se dijo — es más 
de lo que parece. Otro día descubrió la condesa, 
que jugaba peor que ella al tresillo, y que era un 
compañero á quien de vez en cuando se le podía 
dar codillo', desde entonces le miró con simpatía y 
le invitaba con frecuencia á hacer el cuarto. Si al- 
guna vez se le ocurría ganar, la condesa le hacía 
pagar cara la victoria, dirigiéndole una granizada 
de bromas que cualquier tomaría por insolencias: 
pero Mendoza sonreía tan candorosamente y da- 
ba pruebas tan patentes de que sólo la suerte había 
ocasionado la derrota de la dama, que ésta con- 
cluía por reírse también. En poco tiempo conquis- 
tó la simpatía y hasta el afecto de los esposos. Ha- 
biéndose ofrecido al general para ayudarle á escri- 
bir cartas en ocasión en que éste se hallaba muy 
apurado, cumplió con tal exactitud, que apesar de 
que las epístolas eran un poco pedestres y enreve- 
sadas, aquél aprovechó sus servicios algunas otras 
veces, y hasta recabó del jefe de la oficina que 
le dejase libre algunas horas á fin de no molestarle 
tanto. Con esto casi puede decirse que fué desde 
entonces el secretario particular del conde, y como 



R1VERITA 



99 



tal era considerado por las personas que frecuen- 
taban la casa. No tardó en hacerse indispensable á 
la familia. Por las mañanas, antes de ir á la ofici- 
na, daba una vuelta por la casa: el general le en- 
cargaba algunos recados ó visitas que no podía 
hacer personalmente ni confiar á ningún criado, 
la condesa, menos escrupulosa que su marido, le 
hacía muchas veces desempeñar oficios humildes: 
como comprar juguetes para los niños, pagar al- 
gunas cuentas al joyero, etc. Por las tardes solía 
acompañar al conde á paseo, casi siempre á pie, 
pues no era aquél amigo de usar el coche. 

Al paso que Mendoza intimaba con este per- 
sonaje y se hacía de sus familiares, Miguel seguía 
siendo nada más que uno de tantos como visitaban 
la casa: y aun podía asegurarse que en los últimos 
tiempos, sus relaciones con la generala Bembo 
habían traído cierto enfriamiento en todas las de- 
más. Lucía le reclamaba casi todo su tiempo. Por 
otra parte, le desplacían cada vez más las tertulias 
políticas, donde los asistentes ven y examinan 
todas las cuestiones por el prisma, no del entendi- 
miento del dueño de la casa siquiera, sino de la 
pasión que le agita en cada momento, y repiten 
siempre como un eco las palabras del jefe. Aun- 
que algunas veces despertaba la risa y la alegría 
en la reunión con sus frases picantes y observa- 
ciones oportunas, había con respecto á él cierta 



IOO 



ARMANDO PALACIO VALDÉS 



prevención desfavorable, hija, á no dudarlo, del 
temor- todos le sonreían , pero cuando estaba pre- 
sente no reinaba la misma confianza que cuan- 
do ausente. Nada hay que moleste tanto á los 
hombres vulgares como el ingenio, y en la ter- 
tulia del general formaban aquéllos mayoría. Mi- 
guel notaba vagamente esta hostilidad; compren- 
día que no estaba en su centro, y por eso iba pocas 
veces. 

Grande fué su sorpresa cuando una noche al 
entrar en el salón de sesiones del Ateneo, vió á su 
amigo Brutandor en el uso de la palabra. Perora- 
ba Mendoza desde uno de los bancos de la iz- 
quierda, donde acostumbraban á sentarse los jó- 
venes demócratas, y lo hacía con tanto desemba- 
razo, con tan briosa entonación como si en toda 
la vida hubiera hecho otra cosa. — ¡Ave María! — 
dijo Miguel para sí — este Brutandor no conoce la 
vergüenza. — Y se sentó en una silla para escuchar- 
le. Pero como esperaba tan poco de él, quedó 
agradablemente sorprendido al ver que iba salien- 
do del paso. Se discutía la cuestión social. Men- 
doza repitió todos los lugares comunes que se en- 
cuentran en los manuales de Economía política, 
manoteando muchísimo, dando cortos paseos por 
delante de la silla y pronunciando las palabras con 
un cierto recalcamiento sonoro, de suerte que no 
se perdía una sílaba. Las condiciones externas, la 



RIVERITA 



101 



voz, la figura, le favorecían en extremo. En su dis- 
curso citó infinitas veces los nombres de Cobden 
y la Liga de Mánchester, sobre los cuales se de- 
tenía con particular cariño, tanto que Miguel en 
una temporada no le llamó más que «el coaligado 
de Mánchester.» Algunos de los socios salieron 
del salón antes de concluir; la mayoría, no obs- 
tante, se quedó escuchándole con atención. Al 
terminar le dieron algunos aplausos -de cortesía. 
Miguel, que estaba pasando un mal rato por el 
temor de que se pusiera en ridículo, respiró. 

— Querido Mánchester, has estado bastante bien 
— le dijo abrazándole. Y lo creía de buena fe. No 
podía negarse que Mendoza había progresado 
mucho. Pero en el curso de las discusiones me- 
nudeó de tal modo los discursos, que á Miguel 
llegó á hacérsele insoportable tanta vulgaridad y 
tan campanudamente dicha, y dejó de entrar á 
escucharle. 

A fuerza de mucho hablar, Mendoza logró ha 
cerlo con cierta facilidad, y adquirió pronto el aplo- 
mo y los modales de los oradores más célebres, á 
los cuales imitaba (en la parte externa, por de 
contado) escrupulosamente. Subía y bajaba la voz 
y la ahuecaba como un consumado artista; llevaba 
la manos trémulas al pecho, las agitaba en el aire 
y doblaba el espinazo aunque estuviese diciendo 
cualquier cosa natural y corriente, sólo porque 



102 



ARMANDO PALACIO VALDÉS 



Castelar y Moreno Nieto lo hacían en los pasajes 
patéticos; terminaba muchas veces los períodos 
con las palabras «tribunal de la historia», «las 
leyes [declinables del progreso» ó «la emancipa- 
ción de los pueblos», abriendo mucho la e de pue- 
blos, como era moda entonces. Aunque algunos 
inteligentes sonreían escuchándole^ no dejó de ser 
considerado, al cabo, como joven instruido y «de 
esperanzas. » 

Una tarde, Brutandor llamó aparte á Miguel, y 
llevándole á uno de los rincones del Ateneo, le 
propuso fundar entre los dos un periódico. Para 
ello contaba con una persona que facilitaba el 
dinero, y con la protección del general conde de 
Ríos, que sería su inspirador. Halagóle la idea á 
nuestro joven viendo en ello un modo de despertar 
su actividad dormida y desahogar la mente de 
porción de ideas que allá le bullían acerca de los 
sucesos políticos y de los personajes que en ellos 
intervenían. Aceptó, pues, con júbilo, y Mendoza 
quedó encargado de dar los pasos necesarios para 
sacar la autorización, alquilar cuarto, buscar im- 
prenta, etc. En pocos días quedaron zanjados 
estos asuntos, y fué resuelto que un jueves, i.° de 
abril, aparecería el primer número de La Indepen- 
dencia^ «diario liberal de la mañana.» 



VIII 



/TI sPvJ ESPU ^ S ^ e I a aventura del armario, Mi- 
guel quiso persuadir á la generala á 
\¡WJ que comprase el silencio de la doncella, 
O á fin de no pasar en adelante un susto 
parecido. Lucía se opuso resueltamente á ello; no 
podía ni quería fiar la llave de su honor á un cria- 
do, y hablaba á menudo de traiciones, anónimos 
dirigidos al general, cartas interceptadas y otros 
cuentos terroríficos que no dejaban de preocupar 
á Miguel por algunos momentos. Pero al mismo 
tiempo se asombraba de que siendo tan públicos 
los desvaneos de la dama, hubieran pasado inad- 
vertidos para su marido. Lo que había de positivo 
en todo esto, y así lo entendió pronto, era que la 
naturaleza de Lucía necesitaba del aliciente del se - 



104 ARMANDO PALACIO VALDÉS 



creto y del temor. El ansia, la zozobra, los terro- 
res súbitos, las esperas prolongadas, los momen- 
tos supremos de angustia, los esfuerzos de ingenio 
para buscar recursos, los rasgos de osadía, el dra- 
ma, en fin, del amor perseguido con todo su apara- 
to de misterio y disimulo, le placía sobremanera. 
Lo que no fuese temblar, colocar señales en los 
balcones, esconder á su amante y estar siempre á 
dos dedos de ser descubierta, lo hallaba monótono 
y fastidioso. ¡Cuántas veces, estando en el lecho á 
las altas horas de la noche, se estremecía al escu- 
char el rumor de un carruaje! Levantaba vivamen- 
te la cabeza, apretaba con las manos crispadas el 
brazo de su amante y escuchaba ansiosamente. 
.¿No podía venir en él su marido y sorprenderlos? 
¡Qué miedo! ¡Qué angustia! Sólo cuando el coche 
seguía de largo por delante de la casa haciendo 
vibrar los cristales, se calmaba su congoja y vol- 
vía á la vida. 

Una nueva aventura muy desagradable, seme- 
jante á la del armario, vino á concluir con la pa- 
ciencia de Miguel y á darle ánimos para exigir 
seriamente de la generala que pusiera á su donce- 
lla al corriente de lo que pasaba. 

Desde la aventura del armario, Miguel, siempre 
que la doncella venía, se ocultaba en la alcoba de 
bajo de la cama. Una noche, como de costumbre, 
Lucía le mandó que se fuese al escondite para 



RIVERITA 105 



arreglar con Carmen las cuentas del día. Le parecía 
esto un excelente medio para disimular y evitar 
sospechas. Tiró en seguida de la campanilla, y ha- 
biendo acudido al instante Carmen, se puso con 
todo sosiego á tomarle la cuenta. Era la hora de 
las confidencias domésticas: la doncella, al paso 
que explicaba el empleo del dinero, se entretenía 
á narrar todos los incidentes insignificantes del 
día, las nonadas de la casa: hablaba largamente de 
las gracias de Chuchu, de sus oportunas contesta- 
ciones, comprendiendo que era el flaco de la se- 
ñora; se quejaba de algunas groserías del jefe; 
contaba con risita burlona que miss Ana había 
comprado una nueva caja de polvos de arroz. — 
¡Bah! ¿para qué querrá esa buena mujer los pol- 
vos de arroz? ¡De todos modos ha de salir á la 
calle más fea que Picio! — Pasaba revista á la ser- 
vidumbre y formulaba juicios y acusaciones. Ma- 
ría no se llevaba bien con el lacayo. El cochero 
daba muy mala vida á su mujer, el miércoles la 
había pegado con la fusta hasta que se cansó. — 
¡Qué hombres tan perversos hay! ¿verdad, señori- 
ta? Para dar con uno así, más vale quedar soltera 
toda la vida. 

La generala procuraba cortar secamente -los 
asuntos y abreviar. Carmen acudió á la lisonja 
esta noche para prolongar la conversación. — ¡Qué 
hermosa estaba la señora con. el vestido azul que 



ioó 



ARMANDO PALACIO VALDÉS 



se había puesto ayer tarde! La doncella de los 
Ramírez había oído al señorito decírselo á su her- 
mana. Todos los colores le venían bien á la señora: 
¡pero particularmente el azul!... jAh, el azul le 
sentaba como á nadie! 

Lucía se enterneció un instante: preguntó con 
interés por los Ramírez. — ¿Es verdad que el seño- 
rito se marchaba á París uno de estos días? Un 
chico feo, pero simpático: cierto día le había oído 
contar un sucedido con mucha gracia. Después 
habló de un vestido que proyectaba hacerse, en 
color claro con adornos de terciopelo carmesí; una 
idea que se le había ocurrido á ella sin consultar á 
la modista; estaba segura de que había de gustar 
mucho. Pero súbitamente volvió en sí y dijo con 
palabra rápida y seca: 

— Vamos, adelante,., el pañuelo de la niña diez 
y seis, ¿no es eso? 

— Sí, señorita. 

— Son cuarenta y tres... ¿Ha comprado V. el 
jabón? 

— Nada más que una pastilla... no me acordaba 
si la señora me había mandado comprar dos ó 
una... 

— Le había mandado comprar dos; pero no im- 
porta... ¿Dónde la ha puesto V.? 

— En la alcoba, sobre la mesa de noche. 

o unciar estas palabras entró en la alcoba 



107 



para buscar la pastilla. Cuando llegó cerca de la 
mesa, dió un grito de terror. 

Miguel quedó yerto en el fondo de su escondite. 
La generala, con voz demudada, preguntó desde 
fuera: 

— ¿Qué es eso, Carmen? 

— ¡Señorita... un sombrero de hombre sobre su 
cama! 

Hubo unos instantes de silencio, durante los 
cuales el corazón de Miguel daba saltos terribles. 
La generala se repuso muy pronto. 

— (Y por eso se asusta V., tonta?... Revolviendo 
mi armario, he tropezado con ese sombrero del se- 
ñor, que no sé cómo vino á dar á él... Me estorba - 
*ba y lo he sacado... Si V. lo quiere y puede sacar 
algo de él, lléveselo... no sirve para nada. 

— Muchísimas gracias, señorita — dijo la doncella, 
saliendo con el sombrero en la mano. — Tengo un 
hermano á quien le servirá tal vez... 

No se habló más del asunto. La generala siguió 
tomando la cuenta con calma, el semblante páli 
do, la voz un poquito alterada. 

Miguel se vió necesitado á salir aquella noche 
sin sombrero. Esperó un rato en el portal vecino 
y se metió en el primer coche de alquiler que acer- 
tó á cruzar. 

Al fin la generala cedió á los deseos, vehemen- 
temente expresados por su amante, y se confió á 



io8 



ARMANDO PALACIO VALDÉS 



la doncella. Desde entonces sus entrevistas fueron 
fáciles y tranquilas. Carmen les evitaba con arte 
toda molestia, les suministraba completa seguri- 
dad y sosiego. Con este nuevo orden de cosas se 
acomodaba muy bien nuestro héroe; parecía que 
le habían quitado un gran peso de los hombros; 
en realidad compraba antes demasiado caros los 
placeres que su amiga le proporcionaba. 

Pero la generala no se avenía tan bien con el 
sesgo tranquilo y prosaico que tomaban sus amo- 
res; la seguridad, la exactitud de cronómetro de 
las citas, el amable sosiego que en ellas disfrutaba, 
la descorazonaron, comenzaron á aburrirla, y en 
sus adentros le pesaba de que Carmen se hubiese 
prestado tan gustosa á servirles. Toda la vida ha- 
bía tenido el flaco de las aventuras; mas á última 
hora esta afición se había exacerbado de un modo 
notable; experimentaba un apetito voraz de lo ex- 
traordinario, como si se le escapase la juventud y 
no quisiera terminarla sin un buen golpe. Así que 
no pudiendo satisfacerlo con soñadas escenas trá- 
gicas, porque Miguel se reía de sus temores, dióse á 
ejercitar su recalentada imaginación en otra clase 
de caprichos raros. Nada podía llevarse á cabo en 
sus relaciones de un modo normal; era forzoso 
adobarlo todo con alguna especia de misterio. En 
los teatros, para comunicarle cualquier noticia, pu- 
diendo hablarle sin obstáculo alguno, prefería em- 



RIVERITA 



plear un sin número de signos masónicos ó seña- 
les misteriosas hechas con el abanico, los guantes, 
los gemelos ó cualquier otro utensilio, de lo cual 
resultaba en ocasiones no poca confusión y per- 
plejidad para Miguel. Las cartas que le escribía 
iban siempre firmadas con nombre de varón, Al- 
fredo, como si fuesen de un amigo á otro; mas no 
por eso dejaban de venir salpicadas con toda clase 
de frases apasionadas: «Te adora con todo su co- 
razón... Alfredo.» «Querido de mi alma, los minu- 
tos lejos de ti se convierten en siglos...» «Ayer 
contemplando la luna desde el balcón de mi cuar- 
to me asaltó el recuerdo del paseo nocturno que 
hemos dado hace algunos días y sentí resbalar las 
lágrimas'por mi rostro...» «Te manda un tierno 
abrazo apasionado tu Alfredo. » Si las tales cartas 
se extraviasen darían mucho que pensar y reír al 
curioso que con ellas topara. 

Y en verdad que Lucía no las escaseaba: nada 
le placía tanto como disolver el ardor de su cora- 
zón gastado en renglones interminables. Había 
leído muchas novelas y copiaba descaradamente 
los conceptos amatorios de más bulto: particular- 
mente Jorge Sand, su novelista predilecto, le su- 
ministraba un cargamento de pensamientos, unas 
veces delicados, otras extravagantes, con que sazo- 
nar sus inconmensurables epístolas. Su puntillo 
consistía en escribirlas muy espirituales, plagadas 



IIO 



ARMANDO PALACIO VALDÉS 



de signos de admiración y puntos suspensivos. 
No pocas veces, después de pasar con Miguel unas 
cuantas horas, le mandaba por la doncella cinco ó 
seis pliegos de letra menuda. 

La fantasía de la generala era todavía más fe- 
cunda en la invención de nuevos y peregrinos 
placeres. Cierta noche del mes de marzo, en que 
por rareza cayó una fuerte nevada sobre Madrid, 
mirando descender lentamente los copos por la 
atmósfera, le vino en apetito el hacer una escur- 
sión al Retiro con Miguel. — jQué hermoso debe 
de estar á estas horas! Veremos la nieve cuajarse 
en las calles de arena y formar alfombra. ¡Qué 
placer hundir los pies en ella!... ¡Y los árboles! 
¿cómo estarán los árboles? ¡Qué lindos!-... A mí 
me encanta la nieve... ¿Te atreves á ir?... ¿A que ñor 

Claro que Miguel no se atrevía y que deploraba 
en el alma aquel raro capricho; pero se avergon- 
zaba de confesarlo. Opuso resistencia, aunque dé- 
bil; manifestó algunas dudas acerca de si les con- 
sentirían la entrada; habló vagamente de pulmo- 
nías, fiebres catarrales, etc. La generala no le es- 
cuchaba; le parecía su proyecto tan original, que 
por nada dejaría de ponerlo en obra; era de lo 
más romancesco que nunca se le hubiera ocurrido. 
Miguel aceptó al fin, aunque de mala gana. No obs- 
tante, cuando salieron á la calle y vió que el cie- 
lo se iba despejando y que la luna asomaba ya su 



RI VERI TA 



III 



disco plateado por los bordes de una nube, no 
pudo menos de proferir una exclamación de en- 
tusiasmo. 

El Retiro estaba espléndido, arrebujado en su 
jaique blanco. La amartelada pareja lo recorrió 
con extremado gozo, deteniéndose á menudo para 
comunicarse sus impresiones. Aquel paisaje, un 
poco teatral, debía enajenar de placer á la gene- 
rala. Caminaba en perpetuo éxtasis, dejando esca- 
par exclamaciones de asombro, hablando de las 
dulzuras de la muerte, del mundo invisible y de 
las regiones donde el amor es perdurable: nunca se 
creyó tan superior, tan por encima del nivel común 
de la humanidad como entonces: compadecía sin- 
ceramente á los seres vulgares que en aquellas ho- 
ras estaban tranquilamente durmiendo y no goza- 
ban como ellos del mágico efecto de la luna sobre 
la nieve. Miguel no los compadecía tanto, sobre 
todo desde que había estornudado cuatro ó cinco 
veces seguidas. 

Al ver un rinconcito en que la nieve había cua- 
jado en más abundancia, circundado de alto seto 
de rosal donde los árboles dejaban pasar por entre 
sus brazos, delgados hilos de luz, la generala se 
detuvo sorprendida y cautiva; un pensamiento 
extravagante cruzó por su cabeza y una sonrisa 
entreabrió sus labios. Tomó la mano de Miguel y 
lo condujo suavemente hasta el centro de aquel 



112 



ARMANDO PALACIO VALDÉS 



fantástico recinto, y se dejó bañar un instante por 
el rayo de la luna. Mil pensamientos poéticos cru. 
zaron entonces por la imaginación de la dama. 
¡Qué desprecio y qué asco le inspiraba en aquel 
momento el mundo frivolo que se veía obligada á 
habitar! Desde aquel blanco nido inmaculado se 
debía ascender á las puras regiones de lo ideal, al 
país de los ensueños, á vivir y comerciar con los 
seres privilegiados, donde la pasión impera sin 
absurdas trabas sociales. Sentíase trasfigurada en 
semi-diosa, sublimada por la pálida luz que la 
inundaba y el blanco tapiz que se extendía á sus 
pies, divinizada por el enjambre de altas y hermo- 
sas ideas que revoloteaban por su cabeza. La aco- 
metió un rapto de apasionada locura, y se colgó 
súbitamente al cuello de su amante, cubriéndole de 
besos: después, como un pájaro herido de amor, se 
dejó caer sobre la nieve y obligó á Miguel á sen- 
tarse á su lado: y comenzó á recitar con voz en- 
ternecida el poema que más le había subyugado 
nunca, Le Lac, de Lamartine. Las manos enlaza- 
das, juntas las sienes, la mirada húmeda y anhe- 
lante, fija en el disco de la luna, dejáronse arras- 
trar ambos dulcemente al mundo de las quimeras 
deliciosas y se repitieron con acento arrobador lo 
que mil veces se habían dicho ya. El blanco man- 
to de armiño conservó su huella hasta que el sol 
vino á borrarla. 



IX 




ULITA soltó una estrepitosa carcajada, 
cuyos ecos llegaron hasta el gabinete 
de Miguel. «¿De qué se reirá aquella 
loca?» se preguntó éste sonriendo tam- 



bién frente al espejó mientras se aderezaba para 
salir. 

— ¡Miguel! ¡MigueÜ-^gritó su hermana desde el 
pasillo. — Ven aquí, por Dios; ¡mira, por tu vidal 
Acudió solícito, y al asomar la cara por el co- 
rredor, vió á su primo Enrique en traje de chulo; 
chaquetilla corta, faja de seda, camisola bordada 
sujeta al cuello por botones de oro, sombrero an- 
cho de fieltro, pantalón ceñido y bota de charol: 
el complemento del traje era una vara en la mano, 
muy larga, como destinada á conducir pavos. 



ii 4 



ARMANDO PALACIO VALDÉS 



Julita se arrimaba á la pared, sujetándose la 
cintura con las manos para no desternillarse de ri- 
sa. Enrique de pie, cerca de la puerta, sonreía un 
poco avergonzado. Miguel siguió al instante el 
ejemplo de su hermana. 

— La cosa no merece tanta risa— concluyó por 
decir el primo, amostazado. 

Pero ni Julia ni Miguel hicieron caso. Cuando se 
hubieron sosegado un poco, vinieron hacia él y le 
examinaron curiosamente. 

— ¿Pero cómo diablo te ha dado la ocurrencia 
de ponerte así? ¿Te ha visto tu padre? 

— No: me he ido á vestir á casa de un amigo: 
tengo allí el traje... 

— Pues si te ve, de fijo le da un ataque. ¿Y á 
qué asunto te has vestido hoy de chulo? 

— jTomal ¿no sabes que se abre la temporada? 

— ¡Ahí ¿hoy hay toros? ¿Mata el Cigarrero? 

— jYa lo creol: después de quince años que 
no pisa la plaza de Madrid. A eso venía, á ver si 
quieres ir conmigo. 

— Hombre — dijo indeciso, — no soy muy aficio- 
nado á los toros; pero el Cigarrero me ha sido 
simpático... ¿Me traes localidad? 

— Te traigo la contrabarrera de un amigo que 
está enfermo. A mi lado ya sabes que no puedes 
ponerte, porque todas las barreras están abonadas- 
pero estamos cerca. 



RIVERITA 



— ¡Ay, llévame, Miguel!— exclamó Julita saltán- 
dole al cuello. — Llévame á los toros. 
— ¿Tienes deseo? 

— «¡Muy grandel Los toros me encantan. 

— ¡Eso, eso! — gritó Enrique entusiasmado. Tú 
eres española de pura raza. ¡Pisa ese sombrero, 
chiquita I 

Y lo arrojó al suelo. 

Julita no se anduvo con melindres; tomó la ga- 
lantería al pie de la letra y se puso á taconear so- 
bre el infortunado sombrero de tal suerte, que si 
Enrique no acude á tiempo se lo hace pedazos. 

— Está visto que contigo no se puede ser ga- 
lante — dijo de mal humor mientras lo limpiaba 
con la manga de la chaqueta. 

Miguel, previo el permiso de su madrastra, man- 
dó al criado por una carretela á casa de Lázaro y 
por un palco á la de un revendedor conocido. Des- 
pués que madre é hija se vistieron la clásica man- 
tilla y Miguel cambió la levita y el sombrero de 
copa por la americana y el hongo, subieron los 
cuatro al carruaje. 

Eran las dos y media de la tarde. El sol brilla- 
ba en el firmamento sin que una sola nube asoma- 
ra por el horizonte á recibir su parternal caricia. 
Madrid gozaba del privilegio divino de su cielo 
sin dirigirle siquiera una mirada de gratitud, como 
una sultana á quien las caricias causan tedio. Al 



n6 



ARMANDO PALACIO VALDÉS 



cruzar por la Puerta del Sol, vieron el chorro de 
su fuente, despidiendo fúlgidos destellos elevarse 
por encima del tejado del Principal. A la entrada 
de la calle de Alcalá había una larga fila de óm- 
nibus que una muchedumbre asaltaba anhelante, 
furiosa, cual si se tratara de escapar á un grave 
é inmediato peligro. Pero muy contra lo que su- 
cede en casos tales, en vez de oponerse los unos 
á que se encaramasen los otros, todos se ayudaban 
con solicitud, mostrando por anticipado lo que 
debe ser y lo que será con el tiempo la fraterni- 
dad universal. 

— Eh, buen hombre, que se va V. á caer... 
Déme V. la mano. — Caballero, téngame V. por el 
bastón. — No pong;a V. el pie sobre la rueda. — 
¿Quiere V. que nos apretemos más? Bueno, hom- 
bre, bueno, nos apretaremos. 

Estos gritos se oían en todas partes, viéndose á 
algunos pobres viejos por el aire, elevados á la im- 
perial de los ómnibus en brazos de los que ya 
estaban en ella. Las caras resplandecían de alegría, 
lo mismo que el cielo. La acera de la derecha, 
donde estaba el despacho de billetes, veíase cuaja- 
da de gente, que discurría por ella en espectativa 
de que las localidades bajasen y se pusiesen al al- 
cance de su bolsillo. Un sinnúmero de coches par- 
ticulares y de berlinas de punto cubrían más aba- 
jo la ancha carretera, galopando en dirección á la 



RIVERITA 



117 



plaza; y al través de ellos, dejándolos atrás en se- 
guida, corrían desbocados los ómnibus, .mientras 
los que iban encima, sin miedo á estrellarse, em- 
briagados por la catrera vertiginosa, saludaban 
con gritos de alegría á los que iban dejando en 
pos de sí. Algunos picadores con sus chaquetas 
de brocado y sombreros inmensos galopaban tam- 
bién sobre algún mal caballo, llevando á las ancas 
á un amigo, que le abrazaba cariñosamente para 
no caerse. Los peones bajaban por las aceras len- 
tamente, en amable plática, formando apretados 
y numerosos grupos. 

Una carretela abierta, donde iban toreros, se 
acercó un instante al costado de la de Miguel y 
siguió adelante. Era la del Cigarrero, que contestó 
al saludo de Enrique y Miguel con la gravedad 
afable que le caracterizaba. El Serranito y Merlu- 
za, que iban con él, saludaron con más expansión. 

— Me brindarás un par, ¿no es verdad, Baldo- 
mcro? — gritó Enrique. 

— A uté no, que e mu feo: á esa señorita tan 
remonísima que yeva uté á la vera — contestó el 
Serranito. 

Julita se echó á reír, ruborizada. 

En torno de la plaza, donde llegaron en seguida, 
se agitaba la multitud, pugnando por entrar; los 
coches que allí se juntaban producían disturbios y 
motines, que los guardias no eran suficientes á re- 



Il8 ARMANDO PALACIO VALDÉS 



primir. Después de dejar á su madrastra y herma- 
na en el palco, Miguel se retiró con su primo, pre- 
textando que deseaba ver de cerca matar el primer 
toro al Cigarrero, y que luego volvería; en reali- 
dad, era porque había visto á la generala Bembo 
en un palco con la señora del banquero Mendiburu. 
Bajó al redondel, y desde allí pudo hacerse notar 
de ella, y la saludó ceremoniosamente con el som- 
brero. 

La arena estaba llena de aficionados ; una mu- 
chedumbre abigarrada, compuesta de estudiantes, 
paletos, chulos, señoritos y soldados, elegantes 
unos, otros desarrapados, fraternizando todos y 
creyendo que por el mero hecho de hallarse allí, 
en el terreno del toro, como si dijéramos, partici- 
paban del arrojo y gallardía de los lidiadores. Los 
tendidos se iban poblando lentamente, y desde 
aquí al redondel mediaban saludos y gritos entre 
unos y otros, que convertían la plaza en un mer- 
cado. La voz de los vendedores de naranjas salía 
entre todas las demás; y las naranjas, cuando al- 
guno las demandaba, volaban rápidas y certeras 
de las manos de aquéllos á las del comprador, por 
encima de las cabezas. En los tendidos de sombra, 
los jóvenes lechuguinos charlaban en voz alta, le- 
vantando la cabeza para mirar á las damas de los 
palcos. En los de sol, los honrados menestrales se 
acomodaban en sus asientos, resueltos á dejarse 



RIVERITA 



II 9 



tostar toda la tarde, y hablaban entre sí de tauro- 
maquia, muy pagados de ser los verdaderos inte- 
ligentes en la plaza. El júbilo, la alegría nerviosa 
que comunica la esperanza del placer, brillaba en 
todos los ojos. 

Al fin los alguaciles salieron á despejar, y los 
aficionados del redondel se fueron retirando hasta 
dejarlo enteramente libre. Enrique y Miguel, que 
habían estado en los patios interiores hablando un 
momento con el Cigarrero y su cuadrilla, también 
fueron á ocupar los respectivos asientos. El ruido 
había disminuido bastante; gracias á esto se perci- 
bían los acordes de la charanga de hospicianos, 
que hasta entonces no había logrado hacerse es- 
cuchar. Los espectadores sacaban los relojes y di- 
rigían miradas significativas á la presidencia. En 
esto la charanga entonó con energía la marcjp 
real; todos los rostros se volvieron al mirador 
regio donde apareció la reina Isabel: algunos ba- 
tieron palmas; otros dijeron «chis,chis,» porque 
la atmósfera política estaba entonces encapotada 
con ciertos nubarrones que descargaron no mucho 
tiempo después. Hecha la señal, al cabo, las cua- 
drillas entraron en la arena al son de la marcha 
de la zarzuela Pan y toros', salían, como de cos- 
tumbre, formando tres filas, al frente de cada cual 
iba el respectivo espada. Ai verlos estalló un pro- 
longado aplauso. Cruzaron la plaza graves, firmes, 



120 



ARMANDO PALACIO VALDÉS 



acompasados, escuchando la gritería que su apa- 
rición había levantado, con la mayor indiferencia^ 
brillaban sus ricos vestidos y capellares despidien- 
do vivos destellos que alegraban la vista. 

— ¡Miale, miale el viejo!... Ese es, el de la iz- 
quierda... Miale qué cara tiene... ¡Le zumba el 
alma á ese tíol .. En España no queda ya quien re- 
ciba toros más que él... 

Toda la atención de la plaza estaba concentrada 
sobre el Cigarrero, apesar de que mataban tam- 
bién el Gordo y Lagartijo, que comenzaba enton- 
ces á ser el niño mimado del público. Mas para el 
aficionado madrileño, el ver recibir un toro es una 
de esas ilusiones que jamás se realizan aunque 
vivan constantemente en el corazón: aguantar lo 
hacen varios toreros-, pero recibir } lo que se llama 
recibir de verdad, no lo han hecho más que los 
héroes antiguos del toreo. 

Saludaron con ademán uniforme á la presiden, 
cia, y rompieron filas, tirando las capas de gala á 
los amigos de los tendidos, que se encargaron de 
su custodia con más orgullo que si se tratara del 
Arca dé la Alianza. El presidente sacó el pañuelo; 
sonó el clarín; abrióse la puerta del toril: apareció 
el primer toro. Era un Miura castaño, chorreao, 
listón, fino y de hermosa lámina, largo y levanta- 
do de cuerna. Mostróse voluntario y noble en las 
varas, aguantando seis puyazos de los picadores 



RIVERITA 



121 



de tanda. Pero al llegar á los palos comenzó á de- 
fenderse. Sin embargo, el Serranito le clavó un so- 
berbio par cuarteando con finura y limpieza, que 
sorprendió agradablemente al público: en Madrid 
no sabían, como en Sevilla, que Baldomero era un 
chico que daría mucho que hablar. Merluza se pasó 
una vez y luego colgó un palo cuarteando tam- 
bién. Volvió el Serranito á coger los palos, y des- 
pués de intentar en vano colgárselos al sesgo, se 
los puso quebrando con limpieza y maestría. Hubo 
un delirio de palmas en la plaza; su figura esbelta 
y la singular corrección y delicadeza de sus faccio- 
nes, cautivaron al público; las mujeres le clavaban 
codiciosamente los gemelos; se paseó triunfante en 
torno de la plaza recibiendo sonriente el aplauso 
de los tendidos. 

Llegó su turno al Cigarrero: avanzó gravemen- 
te hacia la presidencia, se quitó la montera y dijo 
con voz ronca unas cuantas palabras que nadie 
pudo entender; después se fué derecho al toro, que 
tenía marcadas tendencias á huirse. Persiguióle in- 
fructuosamente algún tiempo en medio de la cu- 
riosidad expectante de la plaza. Por fin, gracias 
á los esfuerzos de la cuadrilla, pudo trastearle, y lo 
hizo bastante ceñido, dándole algunos pases buenos; 
el público aplaudió y se las prometió muy felices. 
Mas en medio de la faena, el diestro sufrió una co- 
lada y perdió enteramente el aplomo; dió otros 



122 



ARMANDO PALACIO VALDÉS 



tres ó cuatro pases sin confianza y descompuesto; 
y deprisa y corriendo, sin estar bien cuadrado el 
animal, lió el trapo bastante lejos y se tiró á paso 
de banderillas. La estocada resultó un bajonazo 
de lo más malo que nunca se hubiera visto. Es in- 
descriptible la cólera que se apoderó de los espec- 
tadores. Si hubiera sido otro torero, hubiera pa- 
sado con una silba, grande ó pequeña; pero haber 
concebido la esperanza de ver á un antiguo maes 
tro toreando por el sistema de Montes y venir á 
la plaza á presenciar aquella ignominia, esto ponía 
fuera de sí á los aficionados. ¡Qué gritería, cielo 
santol iQué injurias! ¡Qué lamentosl Parecía que 
á cada uno le acababan de robar el honor de su 
hija. 

— ¡Morral, ladrón, gran cochino! ¡Así te ahor- 
quen por los pies! ¿Eres tú el que recibías los to- 
ros? ¡A la cárcel con ese pillo! Señor presidente, 
¿para cuándo quiere V. la Guardia civil? 

Y en medio del alboroto, las naranjas, las bote- 
llas vacías y hasta algunas piedras, volaban á la 
plaza, y por milagro no herían al diestro. Este 
avanzaba, pálido, avergonzado, hacia la presiden- 
cia. Al llegar cerca del tendido donde estaban En- 
rique y Miguel, una naranja certera le dió en el 
rostro y le sacó sangre. Enrique, .que ya estaba ex- 
citado y nervioso, no pudo reprimir la indigna- 
ción, y levantándose gritó á los que estaban detrás: 



RIVERITA 



123 



— ¿Quién ha sido ese valiente? ¿Ese valiente sin 
vergüenza? 

— |Fuera el chulo sietemesino! ¡Que baile! — con- 
testaron desde arriba. 

— ¿Se dirige V. á mí? — dijo uno levantándose 
con arrogancia. 

— Me dirijo al que haya sido. 

— Pues nos veremos las caras al salir. 

— Se la veré á usted para escupírsela — contestó 
Enrique encolerizado. 

— ¡Fuera, fuera! ¡Que se siente ese babieca! — 
gritaron desde arriba. 

No tuvo más remedio que hacerlo. El Cigarre- 
ro sonreía limpiándose la sangre con el pañuelo. 
Era una sonrisa tan triste y tan humilde, que á Mi- 
guel se le apretó el corazón y estuvieron á punto 
de saltársele las lágrimas. 

Sólo cuando apareció el segundo toro en el rue- 
do, concluyó del todo la bronca. Por más que tra- 
bajó, hasta no poder más en los quites, el pobre 
Cigarrero no consiguió captarse la benevolencia, 
ni siquiera el perdón del público. Cuantos esfuer- 
zos hacía, cuantos capotes echaba (y la justicia 
obliga á declarar que los echaba con arte), ser- 
vían de befa y de irrisión al enfurecido pueblo. El 
Gordo, en su toro, estuvo como casi siempre, pa- 
sando de muleta con maestría y pinchando bas- 
tante mal. Lagartijo toreó el suyo sobre corto y 



124 



ARMANDO PALACIO VALDÉS 



con frescura, y se metió por derecho á volapié, 
dando una buena estocada, pero saliendo trompi- 
cado. Muchos aplausos. 

Llegó el cuarto toro, que correspondía de nuevo 
al Cigarrero. Era un Veragua colorado listón, bra- 
gado, ojinegro, abierto de cuerna y de buena es- 
tampa, como casi todos los del Duque; un bravo 
y hermoso animal. 

Merluza le colgó un buen par al cuarteo. El Se- 
rranito cogió después los palos, y en cuanto el pú- 
blico le vió en medio de la plaza, aplaudió. 

— ¡Ole tu mare, salerosol 

Quiso ponerlas cuarteando también, pero se pa- 
só una vez porque el toro no arrancó. Volvió á 
cuartear y volvió á pasarse por la misma razón. 
De nuevo se fué hacia el toro, y otra vez se pasó. 
Entonces hubo cierto movimiento de impaciencia 
en el público; se oyó un silbido; esta fué la perdi- 
ción del pobre mozo. Herido su amor propio, aco- 
metió ciego á la res y quiso clavarle las banderi- 
llas á todo trance; el toro, que no se había movido, 
le enganchó por debajo del brazo y lo echó al ai- 
re. Sonó un grito de horror en la plaza. Las cua- 
drillas enteras se arrojaron sobre el animal, tratan- 
do de llevárselo; pero inútilmente. Inútilmente el 
Cigarrero brincaba con heroísmo delante de los 
cuernos, metiéndole el trapo por los ojos; inútil- 
mente Lagartijo y el Gordo le echaban también 



RIVERITA 



I2 5 



los capotes, exponiéndose á mc¿rir; el toro, como 
si tuviese algún agravio del infortunado Baldomc- 
ro, no atendía á nada, y lo recogió otra vez y 
otra vez lo tiró al aire. Entonces el Cigarrero, por 
última inspiración, soltó la capa, se agarró fuerte- 
mente al rabo de la bestia y comenzó á colearla; 
dió tantas vueltas, que al fin cayó mareado; el Gor- 
do la llevó con la capa lejos. En esto el Serranito 
se había puesto en pie, sonrió forzadamente al pú- 
blico, como el gladiador que quiere morir con gra- 
cia, se llevó la mano al pecho y cayó de nuevo, 
soltando chorros de sangre por las heridas. Dos 
monos sabios lo recogieron y lo llevaron á la en- 
fermería; otros corrieron en seguida á tapar la san 
gre con arena. 

El presidente, que debía de estar conmovido y 
alterado como todos los espectadores, dió la señal 
de muerte, sin considerar que al toro no se le ha- 
bían puesto más que un par de banderillas, y que 
era peligroso para el espada que fuese tan entero 
á la muerte. ¡Aquí fué ella! El público, que gusta 
de mostrar buen corazón después que han sucedi- 
do las desgracias, se levantó en masa, volviéndose 
iracundo contra el presidente, como si él fuese 
quien hubiera pegado las cornadas al Serranito. 

— ¡Bárbaro, bárbaro, asesino! 

Agitaban frenéticos los puños y los bastones 
frente al palco presidencial, los ojos llameantes, los 



I2Ó 



ARMANDO PALACIO VALDÉS 



rostros demudados por la ira. Nadie respetaba ni 
se acordaba siquiera de la majestad que estaba á 
su lado: se proferían los dicterios más soeces. Pero 
el presidente, aunque estuviese arrepentido, y de- 
bía de estarlo, á juzgar por la confusión que se re- 
flejaba en su semblante, ya no podía revocar la 
orden; su dignidad se lo impedía. Entonces el pú- 
blico se volvió al Cigarrero, que ya había cogido 
los trastos, y le gritó: 

— ¡No lo mates, no lo matesl ¡Que lo mate ese 
asesino! 

El Cigarrero encogió los hombros y se dispuso 
á ir en busca de la res. En aquel instante un torero 
que llegaba corriendo le dijo algo al oído, y el es- 
pada se puso terriblemente pálido. El público com- 
prendió que había malas noticias del Serranito. 
Quitóse el matador la montera, se pasó la mano 
por la frente con abatimiento, se la puso de nuevo 
y marchó hacia el toro. Los gritos se apagaron 
instantáneamente; reinó un silencio lúgubre en la 
plaza. 

— ¡Ha matado á su hermano! ¡ha matado á su 
hermano! — se decían los espectadores al oído. 

Y todos sentían ansiedad inexplicable, una sim- 
patía profunda por el desgraciado Cigarrero. Este 
avanzaba con lentitud, el paso vacilante, hacia el 
toro. Pero no se detuvo hasta dejar caer el trapo 
sobre los mismos cuernos. 



RIVERITA 



127 



— I¡01e!l — rugió la plaza; volvió á reinar el si- 
lencio. " 

El toro brincó como si hubiera sentido un aci- 
,cate, y se revolvió al instante, furioso. El espada 
le dio un pase de pecho, superior. 

— ¡¡01e!I — rugió de nuevo la plaza. 

Y otra vez se hizo el silencio. 

Siguieron á éste otros pases naturales y en re- 
dondo, dados tan en corto y con tal maestría, que 
el público quiso volverse loco. Los pies del mata- 
dor apenas se movían ni salían de un círculo estre- 
chísimo; pero este círculo parecía sagrado é in- 
franqueable; los cuernos del toro pasaban rozando 
la chaquetilla del anciano torero sin hacerle el más 
ligero daño. Al fin, la fiera, harta de tanto revol- 
verse y acometer sin fruto, se detuvo jadeante. El 
toro y el torero se miraron; lió éste el trapo tran- 
quilamente, se echó el estoque á la cara y citó con 
el pie para recibir. Acudió la bestia r furiosa, y se 
clavó ella misma la espada hasta la empuñadura. 
Hubo un grito reprimido de entusiasmo en la pla- 
za. El toro se quedó un instante inmóvil frente al 
torero, lanzó un débil mugido y se dejó caer des- 
plomado sobre los brazos. 

Nadie puede representarse lo que entonces pasó: 
un delirio, un inmenso ataque de nervios; diez ó 
doce mil energúmenos -gritando con toda la fuerza 
de sus pulmones; una nube de cigarros, petacas y 



128 



ARMANDO PALACIO VALDÉS 



sombreros volando por el aire y tapizando al ins- 
tante de negro la blanca arena. Vfcinte años hacía 
que no se había visto en la plaza de Madrid la 
suerte de recibir, de este modo consumada. 

El Cigarrero dirigió una mirada vaga á los ten- 
didos; se pasó otra vez la mano por la frente, y 
dejando caer al suelo la muleta, se echó á correr 
como un gamo sin atender á los gritos de entu- 
siasmo, á los llamamientos que de todos lados le 
hacían; brincó la barrera y desapareció de la vista 
del público. 

Cuando llegó á la enfermería estaban ya allí 
Enrique y Miguel con el médico y algunos ami- 
gos. El cura acababa de confesar y se disponía á 
poner la unción al desdichado Baldomero, que pre- 
sentaba en el rostro las señales indefectibles de la 
muerte. Al entrar su hermano volvió los ojos hacia 
él y sonrió con cariño. 

— ¿No habrá sío náa, eh? — le preguntó éste con 
voz alterada y ronca, queriendo persuadirse de que 
no era caso de muerte. 

— Poca cosa, Pepe... que me voy ar otro ba- 
rrio... 

El cura avanzó en aquel instante con los sagra- 
dos óleos. Todos los circunstantes doblaron la 
rodilla. Reinó silencio aterrador, que sólo interrum- 
pía el murmullo del clérigo y el estertor del mo- 
ribundo. Cuando aquél concluyó, Baldomero diri- 



RIVERITA 



I29 



gió otra sonrisa á su hermano y le tendió la mano 
diciendo con trabajo: 
— Mis chiquitine... 

— Pierde cudiao, Baldomero — repuso el anciano 
con la voz anudada y llevándose la mano al cora- 
zón. — Tus hijo serán lo mío. 

En aquel instante se oyó un gran vocerío en la 
plaza. Era la plebe, que saludaba la entrada del 
quinto toro. 

El Cigarrero se dejó caer sollozando en los bra- 
zos de Miguel. 

— ¡Qué tristesa, D. Miguelito del arma, qué 
tristesal 




9 



X 



« 




o pocas idas y venidas costó la aparición 
de La Independencia, «diario liberal de la 
mañana. » Nuestro amigo Mendoza por 
poco pierde la razón á puro correr por 



las calles. Desde la imprenta al almacén de papel, de 
aquí á la redacción, de la redacción á casa de Ríos, 
y así todo el día y parte de la noche. La mayoría 
de los redactores fué nombrada por el conde; al- 
gunos eran hijos de sus tertulianos asiduos, otros 
periodistas famélicos á quienes debía algún suelto 
laudatorio. 

Por fin apareció el primer número. Grande fué 
la sorpresa de Miguel al leer debajo del título 
otro rengloncito corto que decía: «Director: dón 
Pedro Mendoza y Pimentel. » No pudo reprimir 
un sentimiento de indignación. 



132 ARMANDO PALACIO VALDÉS 



— ¿Pero este majadero, qué se habrá llegado á 
figurar? — murmuró estrujando el periódico. Y al 
poco rato, viendo entrar jadeante, corriéndole el 
sudor por la frente á Brutandor, se encaró con él 
diciéndole: 

— Oyes, Perico, ¿te sientes con fuerzas para di- 
rigirme en las arduas tareas del periodismo? 

Mendoza se puso colorado y comenzó á bal 
bucir: 

— ¡Yo no he sidol... ¡Demasiado sé yol... El 
conde se ha empeñado... Decía que era necesaria 
una persona... No nos atrevimos á ponerte á ti 
por si no querías... De todos modos ya sabes... 

— Bueno, bueno; ya lo sé todo — repuso Miguel 
con acritud. — Pero estas cosas, querido Perico, se 
dicen por si no convienen. 

Así quedó el asunto. En cuanto se le fué el eno- 
jo, Miguel se rió de la gansada de su amigo y no 
volvió á pensar más en ella. No obstante, se la 
hizo pagar con algunas bromas; era la menor ven- 
ganza que podía tomar. 

— Te participo, amado Manche ster^ que si no 
me das un fósforo, divulgo el secreto que hace 
años te tengo guardado — decía sin levantar la ca- 
beza de las cuartillas que estaba escribiendo. 

Mendoza le daba el fósforo gravemente y se 
salía evitando en cuanto le era posible las burlas 
de su amigo. 



RIVERITA 



*33 



■¿-¿Qué secreto es ese? — le preguntaban riendo 
los demás redactores. 

— Hice juramento de no revelarlo. Acaso algún 
día él mismo lo descubra. Tengan VV. paciencia. 

Y, en efecto, al cabo de algunos meses, habien- 
do escrito Miguel un artículo de polémica perso- 
nal, Mendoza se autorizó el enmendarlo añadién- 
dole algunas palabras que produjeron un serio con- 
flicto al periódico. 

— ¿Lo ven VV.? — gritaba encolerizado en medio 
de la redacción arrojando el sombrero contra el 
suelo. — ¡Hace tantos años que yo le guardo fiel- 
mente el secreto de que es un animal, y él mismo 
acaba de revelarlo ahora! 

— Ya lo sabíamos — apuntó un redactor sonrien- 
do y mirando con recelo á la puerta. 

—¡Ahí ¿Lo sabía V.? 

— Lo sabíamos todos — dijo otro mirando tam- 
bién á la puerta. — Todos menos el conde de Ríos. 

— Eso tiene una explicación muy sencilla: con- 
siste en que el conde de Ríos es más animal que él. 

Los redactores se miraron consternados, y sin 
decir otra palabra, bajaron la cabeza y continua- 
ron escribiendo. 

— Oyes, Perico— le decía otra vez, — me parece 
que esa levita es muy corta. 

Los compañeros se rieron porque estaba muy 
lejos de ser cierto. 



134 



ARMANDO PALACIO VALDÉS 



— Es bastante larga — contestó Mendoza un poco 
amostazado. 

— Para cualquier otro mortal no lo dudo, ¡pero 
para un director!... Observa, Perico, que tienes 
contraídos con el público ciertos compromisos 
ineludibles. 

La redacción se componía de una sala y gabine- 
te en un cuarto entresuelo de la calle del Baño. En 
un principio todo era redacción, mas paulatina- 
mente y á la sordina, Mendoza se fué quedando 
solo en el gabinete. Cierto día apareció sobre la 
puerta dé éste un letrero que decía: Dirección. 
Perico se creyó en el caso de dar una explicación 
á su amigo. 

— No extrañes lo del letrero, Miguel. Ya com- 
prenderás que tú nada tienes que ver con eso... 
Pero los demás... El general me dijo que debía 
haber un cuarto reservado... Porque ya sabes... 
Vienen visitas... 

— Bien, hombre, bien; no te apures, Maja- 
granzas... 

Mendoza, que no había leído el Quijote, no en- 
tendió la cruel intención del mote y quedó muy 
satisfecho. 

El periódico estaba inspirado, ó como empeza- 
ba á decirse entonces, era órgano del general con- 
de de Ríos; pero éste no se dignaba pasar casi 
nunca por la redacción: cuando de uvas á brevas 



RIVERITA 



135 



lo hacía, nunca dejaba el conserje de entrar á anun- 
ciarlo á los redactores, quienes se apresuraban á 
sentarse y á quedarse absortos en su tarea. El úni- 
co que seguía como estaba, paseando ó fumando, 
con las manos en los bolsillos, era Miguel. El ge- 
neral se descubría al entrar, y con afectada amabi- 
lidad, daba las buenas noches. 

— ¿Cómo siguen VV., señores? 

Al ver á Miguel en actitud un poco displicente, 
fruncía levemente las cejas; pero dominándose en 
seguida, se apresuraba á saludarle; Miguel le estre- 
chaba la mano sin ceremonia. Después solía pasar 
al gabinete con Mendoza, quien le seguía, embar- 
gado por el susto y el respeto. Al poco rato se 
oía la voz cascada del general dictando alguna 
orden ó «echándole una chillería,» como se decía 
en la redacción. 

— ¡Caramba, Mendoza, no me llamen VV. tantas 
veces ilustre á Serranol Ya me tienen VV. de ilus- 
tración hasta el cogote. — Dígale V. al encargado 
de los teatros que es un adoquín; ayer da un palo 
al drama de Chamorro, que es correligionario, y 
hace unos cuantos días ponía por las nubes una 
piececita muy mala de un sobrino de González 
Bravo... ¡Ahí y que me tenga cuidado con la Fer- 
ni: ye; sabe V. que ha cantado en mi casa. — Vamos 
á ver, Mendoza, ¿cómo consiente V. que ese 
Sr. Darwin diga en la sección de Variedades que 



136 



•ARMANDO PALACIO VALDÉS 



el hombre desciende del mono? (Pausa mientras 
contesta Mendoza, al cual no se oye.) ¿Traducido, 
eh? Pues que no traduzcan tales badajadas... ¡Buen 
mono estará ese traductorl 

El que se oía llamar de esta suerte, ó majadero, 
ó adoquín, se hacía el desentendido y bajaba aún 
más la cabeza fingiéndose enteramente embebeci- 
do en su trabajo. Pero alguno de los compañeros 
tosía maliciosamente y los demás se echaban á 
reír. A Mendoza en estos casos no se le oía el me- 
tal de la voz; por manera que desde la sala, pare- 
cía que el general hablaba solo. Pero esto, como 
ya hemos dicho, sucedía muy pocas veces: ordina- 
riamente el director iba á tomar órdenes á casa de 
aquél dos á tres veces cada día. El General mos- 
traba en la dirección del periódico la misma salu- 
dable energía que siempre le había caracterizado 
dentro de los cuarteles. Pero allí, como en éstos, 
su espíritu esencialmente analítico se detenía mu- 
cho más en los pormenores que en el conjunto. Un 
remiendo mal pegado, una correa mal puesta, sa- 
caba de quicio y encendía la- cólera en el pecho 
del héroe de Torrelodones (así le llamaba La Inde 
pendencia un día sí y otro no). Asimismo una no- 
ticia fiambre t un anuncio torcido llevaba á su no- 
ble espíritu una turbación extraña que no era po- 
deroso á reprimir. Mendoza tenía buen cuidado de 
no turbarle á menudo. Los artículos, los sueltos 



RIVERITA 



i'37 



no conseguían excitar el interés del valeroso cau- 
dillo, y dejaba á la redacción bastante libertad en 
esta materia. En cambio, por nada en el mundo 
consentiría que se variase el título de una sección 
sin consultarle. Algunas veces, por espontánea y 
libérrima inspiración, él mismo llegó á cambiarlos. 
Un día, después de venir de su casa recibió Men - 
doza un volante ordenándole, en términos que no 
daban lugar á torcidas interpretaciones, que la sec- 
ción del periódico titulada Noticias generales lle- 
vase por nombre, de allí en adelante, el de Noticias 
universales. Apesar de la utilidad innegable de es- 
% ta reforma, pues el adjetivo universal es, sin du- 
da, más comprensivo que general, algún redactor 
se empeñaba en sostener que los suscritores, 
no sólo no la agradecerían, sino que ni siquie- 
ra se harían cargo de ella. El único asunto ve- 
dado para los redactores era el sistema colonial 
inglés, y todo lo que de él se derivase; el general 
se reservaba enteramente esta materia, en la cual 
era indudablemente peritísimo; como que había 
tocado dos veces en la India al ir á Filipinas. Su 
punto de vista, en consonancia con la energía de 
su carácter, era que para colonizar un país, se ha- 
cía indispensable extirpar á los indígenas; sin extir 
pación, imposible la colonización. Este fué el prin- 
cipio que sostuvo en una serie de artículos escri- 
tos «con más bizarría que gramática,» al decir de 



ARMANDO PALACIO VALDÉS 



un colega ministerial. Por cierto que Ríos se em- 
peñaba en que Mendoza fuese á desafiar al direc- 
tor; pero no pudo conseguirlo. 

Lo único que se leía con agrado en el periódico, 
hay que decirlo á riesgo de herir la susceptibilidad 
exquisita de algunos redactores, era la sección de 
sueltos políticos, que estaba á cargo de Miguel, ó 
Riverita, como allí se le llamaba. Sin embargo, el 
.general daba infinitamente más importancia á los 
artículos de fondo. Los fondos estaban á cargo de 
un anciano silencioso, taciturno, viudo, con siete 
hijas que se alimentaban y vestían con los cincuen- 
ta duros mensuales que le producían estos fondos 
á su padre. Iba á la redacción el primero y salía 
el último; sus artículos, llenos de cordura, de sen- 
satez, de prudencia, daban vuelta siempre á los 
asuntos sin entrar en ellos; el general encontraba 
esto más conforme con las reglas de la estrategia, 
que el apoderarse del asunto «descubriendo el cuer- 
po.» Además, tenían la incalculable ventaja de 
que comenzaban y terminaban constantemente del 
mismo modo, con ligerísimas variantes. 

He aquí el modelo de su estilo: 

«Al estudiar concretamente los importantes pro- 
blemas que se relacionan con el fomento de los in- 
tereses generales, base de la prosperidad indivi- 
dual y colectiva, no puede desconocerse, en mane- 
ra alguna, lo mucho que en su resolución influye 



RIVERITA 



1 39 



una acción sistemática y continua, en lo que toca 
á la administración pública, tan poderosa para re- 
mover los múltiples obstáculos que estorban la 
marcha próspera de un determinado país. No es 
que nosotros desconozcamos que en su esfera res- 
pectiva se precisa el concurso inteligente de to- 
das aquellas otras entidades, capaces de descu- 
brir las fuentes de riqueza, que son otros tantos 
factores del bienestar social, siempre que el trabajo 
empleado para obtener el fin propuesto, responda 
á las exigencias de una razón ilustrada por las lec- 
ciones de la práctica, etc., etc.» 

Cuando vinieron á contar á Miguel que el ge- 
neral decía que los escritos de Ramos (así se lla- 
maba el viejo de los fondos), tenían más peso que 
los suyos, exclamó: 

— ¡Claro, por eso no pueden digerirlos más que 
los avestruces! 



XI 



"^CAfk yL LEGÓ el mes de julio. La generala 
r ^J4LJl Bembo se fué huyendo del calor á 

vSSf^D Biárritz. Miguel no la siguió al instan- 
te, porque tenía que llevar á su ma- 
drastra y hermana á Santander; pero convino 
con ella en ir á pasar el mes de agosto á Pasa- 
jes, donde D. Pablo había tenido el capricho en 
otro tiempo de edificar una magnífica casa de 
campo. En este retiro suave y campestre contaba 
la generala imitar la deliciosa égloga de Pablo y 
Virginia, y un [ poquito también, si posible fuera, 
la pasión libre y salvaje de Chactas y Atala. 

Después que dejó instalada á su familia y supo 
que Lucía estaba ya en Pasajes , se trasladó á este 
punto en un vapor. Salió de Santander al rayar el 



142 



ARMANDO PALACIO VALDÉS 



alba: el cielo diáfano, como pocas veces suele ver- 
se en aquella costa; la mar azul y rizada. Corría 
un viento fresco y ligero, que ensanchaba el pecho 
y abofeteaba las mejillas. Subió al puente con el 
capitán, que se reía de verle tambalearse y cogerse 
fuertemente á la barandilla, y desde allí contempló 
el espectáculo sublime de levantarse el sol en el 
mar. Se levantó como siempre, magnífico, sereno, 
sin mostrar temor alguno á los iouristes, que le 
describen en sus cartas á los periódicos , ni menos 
á los poetas cursis, que le traen y le llevan y algu- 
nas veces hasta le mandan pararse para que escu- 
che sus simplezas. El capitán se paseaba con las 
manos en los bolsillos, sin hacerle maldito el caso 
(al sol, no á Miguel), y cuando éste, sin poder con- 
tenerse, soltaba alguna exclamación de entusias- 
mo, se detenía y le preguntaba con amabilidad: 

— ¿Le gusta á V. el sol? 

— ¡Muchísimo! 

El marino sonreía con semblante compasivo, 
como diciendo: ¡Qué sería el mundo, si los gustos 
fuesen iguales! Y en voz alta contestaba: 

— No está mal, no; no está mal el sol... 

Después de transigir de este modo con las fla- 
quezas del prójimo, emprendía de nuevo su paseo. 
Y para dar señales más claras aún de su benevo- 
lencia, se detenía de nuevo, sonriente. 

— Ahora por el verano da gusto viajar, ¿verdad? 



RIVERITA 



143 



No hace frío ninguno... Luego se va viendo toda 
la costa: la mar está como una seda... Cuando se 
levante el piloto, le pediremos que toque la guita- 
rra... ¡Ya verá V., ya verá qué bien la manejal 

Pero enmedio de su discurso se detenía, miran- 
do á la proa, fruncía las cejas, se inclinaba sobre 
la barandilla, siempre con las manos en los bolsi- 
llos, y gritaba: 

—¡Babor! 

— Babor — contestaba el timonel desde abajo, 
como un eco. 

Seguía el capitán un rato con las cejas frunci- 
das y mirando á la proa; al cabo volvía á inclinar- 
se y decía: 

— A la vía. 

— Vía — respondía el timonel. 

Entonces se extendían de nuevo los resortes 
que tenían contraído su rostro atezado, y volvía 
á dibujarse en sus labios una sonrisa cándida y 
afable. 

— Da gusto oírle tocar las sevillanas; ya verá 
usted. 

Cuando la tarde declinó pasaron por delante de 
San Sebastián. Miguel se esforzaba por ver la 
boca de la bahía de Pasajes, sin conseguirlo. El 
capitán se desesperaba porque no aparecía la lan- 
cha del práctico. Ai fin se distinguió como un 
punto negro allá entre las olas: se acercó al costa- 



144 ARMANDO PALACIO VALDÉS 



do del buque, trepó un hombre con boina pronta- 
mente á la obra muerta, y en seguida al puente, y 
dijo con acento vizcaíno: 

— Buenas tardes, D. Isidoro y la compañía. 

Llegaron á la boca, que era estrechísima. El 
práctico, sin perder de vista la proa del vapor, ha- 
blaba alegremente de la romería que acababa de 
dejar allá, sobre los altos del pueblo. Entraron 
por una ría angosta, entre dos sierras elevadas, y 
no tardaron en desembocar en la bahía, que, en 
realidad, no merecía tal nombre: era una especie 
de lago, no muy extenso, rodeado por todas par- 
tes de altas montañas y cuya comunicación con el 
mar pasaba inadvertida, á no fijarse mucho. La 
hora en que entraron era la del crepúsculo. En la 
bahía, por efecto del abrupto cordón que la circun 
daba, había ya poca luz; el sol se había hundido 
tiempo hacía por detrás de los montes, y allá en 
el cielo veíase el semicírculo de la luna, fino, 
azulado y puntiagudo: el Héspero hacía guiños á 
su lado antes de ocultarse. 

El pueblo se extendía por entrambos lados 
adosado á la montaña, y sus casas estaban baña- 
das por el mar, al cual podían los vecinos salir 
por escaleras de piedra. En muchas había también 
un pequeño terrado ó jardín donde merendaban ó 
departían sosegadamente tomando el fresco, ó 
bailaban y reían, según el humor y la ocasión. Mi 



RIVERITA 



145 



guel se enteró por el práctico de que el pueblo 
estaba dividido en dos parroquias; la parte de la 
derecha se llamaba San Pedro, la de la izquierda 
San Juan. Enfrente, bastante más lejos, había un 
grupo de casas y almacenes nuevamente edifica- 
do, conocido con el nombre de Pasajes ancho, ó 
Ancho solamente. 

El vapor ancló en medio de la bahía hasta el 
día siguiente. Miguel estaba sorprendido y ena- 
morado de aquel retiro silencioso y melancólico 
que entre las sombras crepusculares tomaba apa- 
riencias aún más tristes y fantásticas. La imagi- 
nación comenzó á hablarle un, lenguaje suave y 
misterioso. Miraba á las casas donde todavía no 
se percibía luz ninguna, y se preguntaba: — ¿Los 
que habitan allí, lejos del ruido, encerrados por 
esta muralla natural, serán más felices que los que 
vivimos en la agitación estruendosa de la corte? 
¡Quién sabe! Fijóse en una pareja de jóvenes aso- 
mados á la barandilla de un terrado, y no pudo 
menos de envidiarlos. Allá en Madrid no se ama, 
de seguro, como aquí: estamos solicitados por tan- 
tos deseos á la vez, que el corazón no puede re 
cogerse y vivir en la contemplación feliz del sér 
que se adora. En aquel momento no se acordaba 
para nada de Lucía. Su espíritu, impresionado 
primero por la sublime presencia -del océano, y 
ahora por la dulce poesía de aquel lago, se despe- 

10 



146 



ARMANDO PALACIO VALDÉS 



gaba con tedio de la vida torcida y artificiosa que 
acababa de dejar, de sus placeres mentidos y peca- 
minosos, y se unía con cariño al sentimiento de 
dicha tranquila que aquel pueblecilio retirado y 
pintoresco inspiraba. 

Vino á sacarle de su meditación el capitán, que 
le invitaba á tomar una copita de ginebra en la 
cámara: Miguel le manifestó que deseaba saltar á 
tierra y buscar posada. 

— Pierda V. cuidado, ahora va á llegar Úrsula. 

— ¿Quién es Úrsula? 

— La batelera: ella le llevará á tierra y se ia 
buscará. 

Y, en efecto, al poco rato se acercó al costado 
del vapor un bote, y dentro de él una joven que 
manejaba los remos con singular maestría. En Pa- 
sajes, el servicio de los esquifes que trasportan la 
gente de un punto á otro de la bahía está á car- 
go de mujeres. 

— Buenas tardes, D. Isidoro y la compañía. 

— Ahí te entrego ese señorito, Úrsula. Cuidado 
lo que haces con él. 

(Aquí el capitán dijo una gran barbaridad, que 
no es posible repetir.) 

Úrsula sonrió sin escandalizarse. 

— ¡Allá él, D. Isidoro, allá él! 

Saltó en el 'bote nuestro joven, y fué conducido 
prontamente á la orilla. Úrsula era una zagala 



RIVERITA 



fornida, pobremente trajeada y con unos colores 
tan vivos en el rostro, que sorprendieron á Mi- 
guel: más adelante averiguó que bebía mucho 
aguardiente. Amarró el bote y condujo á su pa- 
sajero por unas toscas escaleras de piedra has- 
ta la calle. Era ésta bastante angosta y torcida: 
como domingo, no dejaba de haber alguna anima- 
ción en ella; los vecinos estaban sentados á las 
puertas hablando, ó jugando en las tiendas á la 
lotería. Al sentir los pasos del forastero, levanta- 
ban el rostro y le examinaban con curiosidad; el 
que pregonaba los números también suspendía su 
canto un instante para mirarle. En las tabernas, 
que no eran pocas, se oía mucha algazara. Era ya 
casi noche. Úrsula le fué guiando al través de 
aquella calle larga y tortuosa, que era la única de 
la parroquia de San Pedro, hasta una plazoleta en 
cuyo centro bailaba un grupo de muchachas. La 
batelera se detuvo delante de una casa vieja con 
escudo sobre la puerta, y se arrimó á la ventana 
de la tienda donde había estanquillo. Dijo algunas 
palabras en vascuence, y una mujer que había den- 
tro se inclinó para ver á Miguel. 

— No hay inconveniente — contestó en castella- 
no. — ¿Viene por mucho tiempo ese caballero? 

— No sé decir á V., señora — dijo aquél tercian- 
do. — Probablemente todo el mes. 

— Le puedo ofrecer á V. la sala por ahora; pero 



ARMANDO PALACIO VALDÉS 



si viene una familia, que espero dentro de algunos 
días, tendrá V. que trasladarse á la habitación de 
arriba, que es más chica. 

— No me importa: teniendo un cuarto decente, 
me basta. 

La mujer con quien hablaba tendría unos cua- 
renta años de edad; era alta, corpulenta, y aunque 
bastante descaecida, todavía conservaba en su ros- 
tro señales de una belleza superior. Vestía un traje 
modesto de merino negro, como la mayoría de las 
que pasan por señoras en los pueblos chicos. Le- 
vantóse al oír esto, salió al portal é invitó al joven 
á subir con ella. Miguel, antes de hacerlo, despidió 
á la batelera, encargándole que le mandasen el 
equipaje. La sala donde entró era espaciosa: los 
muebles, aunque no ricos, parecían decentes. 

— Esta es su habitación, por ahora — dijo doña 
Rosalía (que así se llamaba la huéspeda). — Esta 
es la alcoba. ¿Quiere V. que le traigan luz? 

— Hasta que venga el equipaje no la necesito. 

— Bien, pues dispénseme V.; tengo el estanqui- 
llo abandonado. 

Y la matrona salió de la estancia dejándole solo. 
Después que hubo dado algunas vueltas por ella 
y enterádose de su disposición á la escasa luz que 
allí había, encendió un cigarro, salióse al corredor 
y se echó de bruces sobre la baranda de hierro, 
poniéndose á contemplar, con ojos distraídos, el 



RI VERI TA 



149 



baile de la plazoleta. El grupo de jóvenes bailaba 
cada vez con más entusiasmo y cantaba cada 
vez más alto. La mayor parte de ellas eran frescas 
y robustas más que hermosas, pero algunas mere- 
cían el nombre de tales. Los movimientos eran vi- 
vos, sueltos, graciosos: el que más le agradó á Mi- 
guel fué uno que consistía en pegar los brazos al 
cuerpo y dar vueltas á la danza, saltando á pie jun- 
tillas. En torno de ellas había bastantes mirones, 
hombres y mujeres. Del grupo de éstas observó 
que se destacó una niña y vino á sentarse sola de- 
bajo del corredor donde él se hallaba: la miró un 
instante, mas no püdiendo verle la cara, entornó 
de nuevo los ojos hacia la danza. Al cabo de un 
rato percibió vagamente una voz detras de sí: 

— Oiga — decía la voz. Pero no imaginando que 
se dirigían á él, siguió en su cómoda postura. 

— Oiga — repitió la voz un poco más fuerte. 

— ¿Eh, quién va? — dijo entonces, volviéndose. 

Entre las sombras de la sala distinguió la figura 
de la niña que estaba antes sentada debajo del co- 
rredor. Podría contar quince años de edad, y á lo 
que logró percibir, tenía una carita redonda y mo- 
rena, bastante insignificante, y gastaba el cabello 
en trenza todavía. 

— Dice mi tía que si quiere V. cenar — mani- 
festó la chica, con voz temblorosa. 

— Si posible fuera... Tengo algún apetito. — Y 



ARMANDO PALACIO VALDÉS 



como ya deseaba hablar, añadió, sonriendo con 
amabilidad: 

— ¿No baila V. con las otras jóvenes? La he 
visto á V. muy sólita ahí debajo del corredor. 

— Nunca bailo — respondió toda confusa la ni- 
ña, como si le imputasen alguna falta grave. 

— ¿No sabe V.? 

— Sí, señor, sé, pero... 

— Vamos, no le gusta. 

— Antes me gustaba mucho; ahora, no tanto. 

Todo esto lo decía cada vez más acortada, sin 
dejar caer de los labios una sonrisa inocente y hu- 
milde, que agradó á Miguel. Era lo único que po- 
día agradarle: el rostro, sin ser feo, nada tenía que 
pudiese llamar la atención; además, no lo veía cla- 
ramente, á causa de la oscuridad en que la sala se 
hallaba. 

Cuando dijo las últimas palabras, la niña se retiró 
precipitadamente. Miguel la preguntó al desapa- 
. recer: 

— ¿Cómo se llama V.? 

— Maximina — contestó sin volver la cabeza. 

Trajéronle poco después la cena: la criada era 
una vieja fea y avinagrada; limitóse á encender 
una lámpara, poner la mesa, y sobre ella los man- 
jares, sin pronunciar palabra. Pero al poco rato 
volvió doña Rosalía á darle conversación, y sin 
que él la tirase de la lengua, soltóla tan bién aque- 



RIVERITA 



lia bendita señora, que antes de concluir de cenar 
ya sabía Miguel todo lo concerniente á su vida. 

Doña Rosalía estaba casada con un ex-capitán 
de barco, retirado temprano del oficio porque el 
reuma no le permitía navegar. Había hecho algu- 
nos cuartos, pocos; con su rédito, con lo que daba 
el estanquillo y con lo que dejaban algunos hués- 
pedes por el verano, vivían modestamente, pero 
sin trampas. Tenía seis hijos: el mayor, que con- 
taba diez y nueve años, estaba empleado en un 
comercio de San Sebastián; el segundo estudiaba 
para piloto en Bilbao; el tercero, Adolfo, lo tenía 
en casa, un pedazo de madera que no servía más 
que para dar disgustos; venían después dos niñas 
de ocho y diez años, y por último, un niño de 
cinco que era, según todas las señas, el ídolo de 
sus ojos. 

— ¿Y esa chica que ha venido á preguntarme si 
quería cenar, quién es? 

— Ah, Maximina, ¡pobrecilla! Es mi sobrina; 
hija de un hermano de Valentín, mi marido. No 
conoció á su madre; su padre era el capitán del 
Duero, un vapor que V. habrá visto acaso. Ese 
vapor, yendo hace tres años para Manila, emba- 
rrancó. Mi cuñado, sin considerar si el barco podía 
salir ó no, se fué corriendo á su camarote, se en- 
cerró en él y se pegó un tiro. 

— ¡Qué atrocidad! 



152 ARMANDO PALACIO VALDÉS 



— Era un hombre tan delicado, que al pensar 
que pudieran echarle á él la culpa, se le amontonó 
el juicio y cometió esa locura. El barco en cuanto 
alijaron un poco salió, porque según dice Valen- 
tín, el bajo era de arena; el pobre Bonifacio fué el 
que se quedó allí debajo del agua. Maximina, por 
supuesto, no sabe lo del tiro; cree que su padre 
se murió en Manila de enfermedad. Como se 
quedó sola sin padre ni madre, nosotros la reco- 
gimos del colegio donde estaba, y la hemos traído 
para casa. ¿Qué íbamos á hacer? Tenemos muchos 
hijos, y es un sacrificio el que nos imponemos 
manteniéndola, vistiéndola y calzándola, pero 
algo se ha de hacer por Dios, ¿verdad, D. Miguel? 
No es mala, no señor, y sabe cuánto debe agrade- 
cer á sus tíos lo que hacen por ella... Pero la po- 
bre sirve para poco. Es callada, sufrida, no da 
ninguna mala contestación... 

— ¿Qué edad tiene? 

— Quince años; va para diez y seis. 

— Pronto se casará entonces. 

— ¡Ay, Dios! — exclamó doña Rosalía con pro- 
funda lástima. — Me parece que están verdes; hoy 
no se casan las jóvenes hermosas si no tienen di- 
nero, ¿cómo se ha de casar ella no siendo rica 
ni bonita? 

— Yo no la encuentro fea. 

— ¡Ay, Dios! ¡Pobrecilla! Ya comprende que 



RIVERITA 



!53 



no debe pensar en esas cosas. Últimamente se ha 
metido mucho por la iglesia. Confiesa y comulga 
todas las semanas, y oye misa siempre que puede. 
Yo la dejo mientras no falte á las obligaciones de 
casa, que como V. sabe, son lo primero. Hace 
poco escribió á su tío (porque de palabra no se 
atrevería) diciéndole que quería ser monja. Pero 
para ser monja, D. Miguel, se necesita un dote, y 
nosotros no podemos dárselo. Valentín estaba em- 
peñado en hacérselo de su bolsillo, pero yo me 
opongo. Cuando las cosas no se pueden, hay que 
resignarse. Lo mismo se gana el cielo dentro que 
fuera del convento. ¡La pobrecilla lo ha sentido 
mucho! 

Tanta compasión dio mala espina á Miguel. 
Cansado de escuchar á su huéspeda, se levantó, y 
con pretexto de arreglar el equipaje, se fué hacia 
la alcoba. Doña Rosalía al cabo le dejó solo. 

Aquella noche no era fácil ver á la generala. Su 
casa se hallaba del otro lado de la bahía, y á tal 
hora costaría trabajo dar con ella. Por otra parte, 
Lucía deseaba que sus visitas fuesen siempre se- 
cretas: era necesario saber en qué forma quería 
que las hiciera. Determinó, pues, aguardar hasta el 
día siguiente. 

Era muy temprano para irse á la cama. Cogió 
el sombrero y el bastón para dar una vuelta por 
el pueblo. Al salir, aún continuaba el baile en la 



154 ARMANDO PALACIO VALDÉS 



plazoleta: Maximina se hallaba otra vez sentada en 
la silla contemplándolo. 

— Buenas noches, Maximina — dijo nuestro jo- 
ven acercándose á ella. 

— ¡Ay! buenas noches. 

— ¿Aún no se ha decidido V. á bailar? 

— No señor. 

— Pues yo sí. 

La niña le miró sorprendida. 

— Pero antes quiero descansar un poco al lado 
de V. ¿No hay por ahí una silla? 

— Voy por ella ahora mismo — repuso muy 
azorada. 

Y entrando en el estanquillo, salió con una que 
colocó bastante lejos de la suya. Miguel, con gran 
desembarazo, las puso juntitas. En cuanto se sen- 
taron, las muchachas del baile comenzaron á diri- 
girles miradas de curiosidad. La noche estaba es- 
trellada, ni clara ni oscura. 

Entabló conversación, hablando del baile, del 
tiempo, de su viaje; agotó en un instante todos 
los lugares comunes. Maximina sonreía con ama- 
bilidad á cuanto decía; pero apenas contestaba 
más que con monosílabos, aunque se conocía que 
hacía esfuerzos por ser más explícita. Al fin se 
atrevió á decir: 

— ¿No baila V.? 

— Si V. no me hubiese entretenido hasta ahora 



RIVERITA 



155 



ya. estaría dentro del corro — contestó poniéndo- 
se serio. 

— jYo! — exclamó la niña inmutándose. 

— Sí; usted. — Miguel soltó al decirlo una carca- 
jada. — No haga V. caso: nunca he soñado en bai- 
lar; pero menos ahora que me encuentro en tan 
agradable compañía. 

La chica estaba tan asustada todavía, que no 
supo dar las gracias. Adivinando su inquietud 
nuestro joven, prescindió de las bromas habituales 
en él y comenzó á tratarla con más respeto. En- 
teróse con amabilidad de los pormenores de su vida 
y fué poco á poco ganando su confianza, hacién- 
dola hablar con más desembarazo. 

Pero el baile se había deshecho. Algunas jóve- 
nes se fueron para sus casas; otras, y con ellas al- 
gunos galanes, vinieron á sentarse delante del 
estanquillo, para lo cual doña Rosalía les consin- 
tió sacar más sillas y un banco largo. Miguel per- 
maneció sentado junto á Maximina. 

— Saque V. la guitarra, doña Rosalía — dijo una 
de las muchachas. 

— ¿Va á cantar Juanito? 

Juanito era el piloto del vapor donde nuestro 
joven había llegado. Era andaluz y muy conocido 
en Pasajes. 

En cuanto vino la guitarra, comenzó á alegrar 
la tertulia con playeras, polos y sevillanas. Miguel, 



l§6 ARMANDO PALACIO VALDÉS 

con gran sorpresa de las jóvenes hermosas que | 
allí había, echándose hacia atrás en la silla, prin- 
cipió á hablar al oído á Maximina. ¿Qué le decía? 
Nada; tonterías: que lo estaba pasando muy agra- 
dablemente; que era una chica muy simpática; que 
se alegraba de haber venido á parar á su casa, etc. 
Maximina, más sorprendida que confusa, escucha- | 
ba sonriendo aquella música tan nueva para ella 
(la de Miguel, no la del piloto). Nuestro joven 
pasaba el rato del mejor modo que podía, esperan- 
do la hora de irse á la cama. 

—¿Por qué no se sienta V. al lado de Paulina? | 
— le preguntó la niña. 
— ¿Quién es Paulina? 
—Aquella chica tan hermosa que está cerca de | 
la puerta. 

Miguel se inclinó por verla. 

No la veo bien; parece bonita, en efecto— dijo 

recostándose otra vez.- Pero V. también lo es... 
y muy simpática además. 

—¡Oh, por Dios 1— exclamó la niña ruborizán- 
dose. 

—¡Vaya si lo esl — replicó Miguel, posando 
su mano sobre la de ella y dándole un cariñoso 
apretón. 

La chica no se movió: ambos guardaron silen-i 
ció unos instantes. ^ I 

—¿Vamos á jugar un poco á las prendas?— dijo)^ 



RIVERITA 



157 



una de las jóvenes así que Juanito hubo terminado 
su repertorio. 

Comenzó el juego de prendas. Encendieron un 
fósforo: se lo fueron entregando unos á otros me- 
diante ciertas palabras que había que pronunciar 
en voz alta: pagaba prenda aquel en cuyas manos 
concluyese ó se apagase. Nuestro joven tomaba 
poco interés en el juego. Cuando el fósforo llegó 
á él bastante disminuido, lo dejó caer sin entregár- 
selo á Maximina, y pagó prenda. 

— ¿Por qué no me lo ha dador — le preguntó 
ésta. 

— Porque no quería que V. se quemase. 

Se puso en berlina á los dueños de las prendas;- 
se les mandó decir tres veces sí y tres veces no\ se 
les hizo contentar á los presentes, etc., etc. Miguel, 
mientras duraban estas operaciones, no dejaba de 
depositar de vez en cuando algunas palabritas en el 
oído de Maximina. Con la osadía del cortesano co- 
rrido, llegó á apoderarse de una de sus manos y á 
retenerla entre las suyas. Sorprendióse al observar 
que la niña no la retiraba. Era una mano de virgen, 
maciza y fría, un si es no es grande, pero perfec- 
tamente torneada: le hizo recordar las de la gene- 
rala, largas y descarnadas y siempre ardorosas. La 
apretó tímidamente primero, después con más 
energía: al cabo la acarició con cariño, rozándola 
suavemente por encima. Maximina le dejaba hacer, 



158 



ARMANDO PALACIO VALDÉS 



sin soñar con retirarla, como si fuese una cosa muy 
natural. No manifestó siquiera mayor emoción ó 
inquietud que antes: tan sólo se la quitaba cuando 
iba á hacer uso de ella en el juego. ¿Qué será esto? 
se preguntaba Miguel todo confuso. ¿Tendrá es- 
ta chica ya tanta malicia? ¿Será pura inocencia? 
Aunque su experiencia le insinuaba lo primero, 
una voz interior le decía lo contrario; y atendien- 
do á ella, contentóse con acariciar tierna y noble- 
mente aquella mano que con tal candidez le entre- 
gaban. La tertulia se deshizo al fin, y nuestro jo- 
ven se fué perplejo y caviloso á la cama, propo- 
niéndose observar atentamente á Maximina en los 
días siguientes. 





XII 




O primero que hizo al día siguiente 
por la mañana fué escribir á Lucía. 
«Estoy aquí desde ayer por la tarde. 
Dime cómo he de arreglarme para ver- 
te.» Salió de casa y fué en busca de Úrsula la 
batelera. 

Así que dió con ella le preguntó. 
— ¿Conoces á la señora del general Bembo? 
— ¡Vaya! 

— Pues vas á llevarle esta carta ahora mismo, 
guarda contestación y vente en seguida. En el 
uelle te espero. 

Cogió la batelera los remos, atravesó la bahía, 
marró el bote y desapareció allá entre los árbo- 
s. Mientras tornaba con la respuesta, nuestro jo- 



i6o 



ARMANDO PALACIO VALDÉS 



ven se fué á hacer una visita al capitán del vapor 
y al piloto de las peteneras. 

Poco tardó Ursula en aparecer de nuevo re- 
mando con prisa: salióle al encuentro Miguel así 
que puso el pie en tierra y recibió de sus ma- 
nos un billete perfumado que .había metido en el 
seno. 

Decía así el billete: 

«Querido mío: Una inquietud dulce y misteriosa 
que ayer noche experimentó mi corazón me anun- 
ciaba sin duda que estabas cerca de mí. No pode- 
mos vernos como antes, porque Carmen se ha que- 
dado en Madrid y no tengo confianza en los cria- 
dos. Precisa que tus cartas sean secretas. La chica 
que lleva ésta es fiel y reservada: te puede traer 
en su bote á las diez de la noche. Al entrar en él 
debes encender un fósforo; cuando te halles en 
medio de la bahía otro , y otro por fin cuando 
• saltes en tierra del lado de acá. A cada uno de es- 
tos fósforos contestaré yo con la misma señal des- 
de el mirador de casa. Nos reuniremos junto á la 
tapia del jardín. Prudencia y discreción. No faltes. 

Tuyo hasta la muerte, 

Alfredo.» 

Al leer la carta no pudo menos de sonreír, di- 
ciendo para sus adentros: — ¡Cuándo se le conclui- 
rá á esta mujer la manía de las aventuras! — Con- 
certóse después con la batelera para su expedición 



RIVERITA IÓI 



nocturna y se despidió de ella recomendándole 
mucho sigilo. 

Cuando entró de nuevo en la habitación encon- 
tró en ella á Maximina, que estaba acabando de 
arreglarla, y á su primo Adolfo, un muchacho de 
trece á catorce años con grandes cachetes, el cabe- 
llo corto y erizado y unos ojos cargados de carne, 
fieros y desvergonzados. Por algunas palabras que 
logró percibir desde el pasillo comprendió que ha- 
bía, reyerta entre los dos primos y adivinó tam- 
bién la causa. Adolfo trataba de curiosear en el 
equipaje del huésped y Maximina se oponía á ello. 
Cuando nuestro joven entró, ambos quedaron sor- 
prendidos: Maximina en medio de la sala con la 
escoba en la mano sonriéndole; Adolfo arrimado á 
una cómoda mirándole torvamente. 

— ¡Oh, qué trabajadora es Maximina! — dijo Mi- 
guel acercándose á ella sin hacer caso alguno de 
Adolfo, que le había sido antipático. 

A la luz del día pudo apreciar mejor su figura. 
Era una morena más pálida que sonrosada, la 
nariz pequeña, la boca fresca, la cabeza y la fren- 
te muy bien modeladas, el cabello castaño y los 
ojos garzos, ni grandes ni pequeños, más baja que 
alta, apretadita de carnes y abultada de formas, 
revelando en sus movimientos un gran vigor mus- 
cular. Nadie podía llamar hermosa á esta mucha- 
cha con justicia, y sin embargo, la expresión hu- 

1 1 



IÓ2 



ARMANDO PALACIO VALDÉS 



milde é inocente de sus ojos, la sonrisa constante 
que contraía sus labios, la hacían altamente simpá- 
tica. Llevaba un vestido de percal claro con un 
pañuelo de color de rosa, que le tapaba el pecho 
y parte de la espalda. Al oír la exclamación de 
Miguel, contestó con otra: 
— ¡Mucho, sí! 

— Ya lo creo. Tan temprano, y ya me tiene V. 
arreglado el cuarto. 

— jToma, porque se lo ha mandado mi madrel 
— dijo Adolfo desde un rincón, con deseo de mor- 
I tificar á su prima; pero ésta contestó muy natu- 
ralmente: 

— Es verdad, me lo ha mandado mi tía en 
cuanto V. salió. 

— ¿Y tú haces tan prontito lo que te mandan 
como ella? — dijo Miguel encarándose con el chico. * 
— Entonces serás ya un sabio; porque tus padres 
de seguro te mandarán estudiar todos los días^ 

Adolfo le echó una mirada recelosa y bajó los 
ojos sin contestar. 

— He dado una vuelta por el pueblo — siguió el 
joven dirigiéndose á Maximina, — y después estuve 
en el vapor con Juanito. 

— El pueblo es feo — respondió aquélla. — Eso 
dicen todos los forasteros... 

— ¿Y V. no lo dice? 

— A mí me es igual un pueblo que otro 



4 



RIVERITA 163 



— ¿No va V. de vez en cuando á San Sebastián? 

— Casi nunca. Mi tía me lleva cuando hay que 
traer algún encargo; pero ida por vuelta. Una vez 
me llevó mi padre (que en gloria esté) á Bilbao á 
pasar unos días... ¡Si supiera V. qué deseos tenía de 
volverme! 

— ¿Pues? 

— Estaba cansada de andar de un sitio para 
otro... al teatro... al paseo... á los comercios... Me 
dolían mucho los pies. Decían que era porque no 
estaba acostumbrada. 

— Me ha dicho su tía que ha estado V. educán- 
dose en un colegio... 

— Sí, señor, dos años, en un convento de Ver- 
gara... 

— ¿Y le gustaba á V. estar allí? 
—Muchísimo. Nunca he sido tan feliz como 
entonces. 

— ¿De modo que de buena gana volvería V. 
con las monjas? • 
— ¡Oh, ya lo creol 

— Ella quiere volver y hacerse monja... pero le 
faltan monises — dijo el animal de su primo tercian 
do de nuevo en la conversación. 

Aquella salida grosera indignó mucho á Mi 
guel, quien dirigió ai chicuelo una mirada de des 
precio. Maximina se había puesto levemente en- 
carnada. 



164 



ARMANDO PALACIO VALDÉS 



— No lo crea V. . . Sí, desearía volver; pero no 
causando perjuicio á nadie. Comprendo que ahora, 
mientras las niñas no sean mayores, mi tía me 
necesita... 

— ¿Y qué tiene de particular que V. lo desee? — 
dijo Miguel con dulzura. — Eso no prueba más 
que tiene V. un corazón agradecido y piadoso. 

Maximina se ruborizó entonces hasta las orejas. 
Adolfo, á quien sin duda pareció muy mal esta 
alabanza y quería á todo trance desahogar su re- 
sentimiento, exclamó sonriendo estúpidamente: 

— ¡Es una beatona! Se pasa la vida comiendo 
los santos. 

— Pues ahora no estaba comiendo los santos,, 
sino barriendo — respondió Miguel. 

— Ya ha estado en la iglesia; comulga los jueves 
y los domingos y trae una soga atada al cuerpo. 
¿Quiere V. verla? 

Y el gran bárbaro se fué derecho á su prima, 
con intención sin duda de abrirla el vestido. 

— ¡Estate quieto, Adolfo! — exclamó aquélla, 
asustada, nerviosa. 

Pero Adolfo no hizo caso y llegó á poner las 
manos sobre ella. Entonces la niña, con una fuer- 
za que sorprendió á Miguel, le rechazó haciéndole 
tambalear. Adolfo volvió á la carga riendo grose- 
ramente. 

— ¡Adolfo, que llamo á mi tía! — gritó Maximina, 



RIVERITA 



165 



roja como una cereza y saltándosele las lágrimas, 
y otra vez le rechazó con brío. 

— Eso no se hace, chico — dijo Miguel querien- 
do intervenir. 

Pero Adolfo, irritado por la superioridad muscu- 
lar de su prima, se había agarrado á ella y force- 
jeaba por abrirle el vestido, aunque sin resultado. 
Miguel le arrancó á viva fuerza y le puso á la 
puerta de la sala diciéndole: 

— ¡Ya podían tus padres darte un poco mejor 
educación! 

Cuando volvió hacia Maximina, la halló sollozan- 
do, tapándose la cara con las manos. 

— Vamos, Maximina, serénese V.... eso ya pasó. 

Pero Adolfo, desde el pasillo, empezó á voci- 
ferar: 

— Que salga, que salga esa hipócrita... No me 
marcho de aquí hasta que le atice unas cuantas 
pinas. 

A las voces que daba y al ruido que acababan 
de hacer, subió doña Rosalía preguntando eno- 
jada: 

— ¿Pero qué es esto? ¿qué pasa aquí? 

— Nada, señora — contestó Miguel, — que ese mu- 
chacho quería abrir el vestido á Maximina para en- 
señar una soga que dice que trae. 

— No, madre — gritó Adolfo, — es que ella me 
pegó, porque la llamé beatona. 



i66 



ARMANDO PALACIO VALDÉS 



— Tú te callas, tunante — le dijo la madre enco- 
lerizada, aplicándole al mismo tiempo una sober- 
bia bofetada que le enrojeció la mejilla. 

Adolfo se puso á clamar al verdadero Dios. 
Entonces doña Rosalía, arrepentida sin duda de 
haber lastimado á su hijo, se revolvió furiosa con- 
tra Maximina. 

— ¡Buena hipocritilla estás tú también! Haces 
la comedia y lloriqueas, hasta que consigues que yo 
le pegue... 

Ante aquella injusticia, la pobre niña quedó 
como aturdida un instante; en su semblante des- 
compuesto se adivinaban los esfuerzos que hacía 
para no romper á llorar á gritos. Dejó escapar un 
sollozo ahogado, se llevó la mano al corazón y 
salió corriendo de la estancia. 

— Vamos; á encerrarse á su cuarto, como siem- 
pre — dijo doña Rosalía, sonriendo irónicamente. 

No obstante, como veía claro que Miguel no apro- 
baba su conducta y su propia conciencia tampoco, 
se esforzó en demostrar que Adolfo era un mu- 
chacho aturdido, pero de un fondo excelente; que 
Maximina era muy susceptible, que no sabía aguan- 
tar una broma y tratar á su primo como lo que 
era... un niño. Por último, allá se fué con él acari- 
ciándole y prometiéndole varias cosas para que se 
cálmase. Miguel quedó tristemente impresionado 
por aquella escena» 



RIVERITA 



167 



Pasó el día vagando de un lado á otro, leyó un 
poco, escribió otro rato; al fin llegó la noche. Des- 
pués que hubo cenado y sufrido media hora á su 
locuacísima huéspeda, se dispuso á acudir á la ro- 
mántica cita que le había dado la generala. Mien- 
tras iba por la calle en busca de la escalera de 
piedra donde Úrsula había quedado en esperarle, 
no podía menos de reírse del amor que Lucía 
profesaba al misterio. Después de todo, puede que 
tenga razón, concluyó por decirse; si no fuese por 
estos granos de pimienta echados sobre nuestras 
relaciones, la verdad es que llegarían á ser muy 
fastidiosas. Halló á Úrsula sentada en las escale- 
ras dormitando. Al sentir sus pasos se puso en 
pie vivamente. 

— ¿Es V., señorito? 

— Yo soy: ¿tienes ahí el bote? 

— LjO tengo amarrado donde siempre para que 
no sospechen. Voy á buscarlo en seguida. 

La batelera bajó á la orilla y por ella se fué 
rozando el agua hasta desaparecer enteramente su 
silueta de la vista de nuestro joven. Pocos minu- 
tos tardó en oír el chapoteo de los remos y en 
percibir el bulto del esquife. Así que encalló, se 
apresuró á saltar en él; pero antes de que Úrsula 
lo pusiese otra vez á flote y se alejase de la orilla, 
tuvo cuidado de sacar un fósforo y mantenerlo 
encendido hasta que se concluyó. En el mismo ins- 



i68 



ARMANDO PALACIO VALDÉS 



tante surgió otra luz, allá á lo lejos sobre la masa 
oscura de los árboles de la opuesta orilla. La ba- 
telera comenzó á manejar los remos procurando 
no hacer ruido. El pueblo de Pasajes reposaba. En 
los buques surtos en la bahía habíanse apagado 
ya los fogones, y los tripulantes se entregaban 
descuidadamente al sueño. La noche estaba enca- 
potada y apacible. Aunque avezado á las citas noc- 
turnas y secretas, la de ahora, por lo original, con- 
siguió interesar á nuestro joven. No poco contri- 
buyó á ello también el no haber visto á su aman- 
te hacía ya cerca de un mes. Con la separación se 
había refrescado un poco el recuerdo de sus for- 
tunas, que en los últimos tiempos habían perdido 
para él bastante atractivo. Al llegar al medio de 
la ensenada, Úrsula le dijo: 

— Estamos á medio camino, señorito. 

Miguel se puso en pie, encendió otro fósforo y 
lo mantuvo vivo todo el tiempo que duró. 

— ¿Sabe V., señorito — le dijo Úrsula, — que si 
hay alguno por ahí en vela, y nos observa, no sé 
qué pensará de nosotros? 

— Pensará que somos novios, ¿y qué mal hay 
en eso? 

— Para V. ninguno. jA mí, buena me pon- 
drían! 

En aquel instante surgió otra luz en tierra, pero 
no ya sobre los árboles, sino más baja. 



) 



RIVERITA 



169 



— ¡Mire V., mire V. el fosforito! — exclamó con 
acento malicioso. 

— Rema, rema: á ver si llegamos pronto á la 
orilla — repuso Miguel. 

Un toque de corneta £e dejó oír en el silencio 
de la noche, claro, estridente, partiendo .del 
Ancho. 

— ¿Qué es eso? — preguntó el joven, asombrado. 
— No sé — contestó la batelera con no menos 
sombro. 

Otro toque contestó al primero desde la opuesta 
orilla. Oyéronse después voces de mando y ruido 
de pasos á la carrera. 

— Boga, boga de prisa, á ver qué diablos signi- 
fica ese tragín — dijo Miguel. 

Ursula obedeció, y no tardaron muchos minutos 
en llegar cerca de tierra. Pero al saltar en ella 
nuestro joven, un grupo de seis ó siete soldados 
avanzó hacia él, poniéndole las bocas de los fusi- 
les sobre el pecho. 

— Darse preso todo el mundo. 
Miguel quedó pasmado. 
— ¿Pero por qué?... 

— A ver — dijo el sargento, sin escucharle, — uno 
e vosotros que registre el bote, y vosotros dos 
eteos por ahí entre los árboles y pilladme á los 
ómplices. 

— ¿De qué se trata, señores? — preguntó Miguel, 



170 



ARMANDO PALACIO VALDÉS 



procurando calmarse y calmar á los carabineros 
(porque aquellos soldados eran carabineros). 

— Ya lo sabrá V. en la cárcel — contestó el sar- 
gento. 

Lo supo antes, por fortuna. Los carabineros, al 
ver aquellas señales misteriosas hechas desde la 
bahía y contestadas en tierra, se figuraron que se 
trataba de un alijo de contrabando, y promovieron 
todo aquel alboroto. Grandes esfuerzos hizo Mi- 
guel para convencerles de que no había semejante 
cosa, que iba dando un paseo por placer y nada 
más. Al cabo de media hora de discusión, el sar- 
gento tuvo que rendirse á la evidencia, pues no 
había motivo alguno que confirmase sus sospe*' 
chas. El joven madrileño le manifestó que había 
llegado el día anterior en el vapor Carmen, que allí 
estaba, y á cuyo capitán podían preguntar si era 
verdad lo que decía: que estaba hospedado en casa 
de D. Valentín Vázquez, etc., etc. Después de 
mucho vacilar, el sargento le permitió volverse á su 
casa, aunque acompañado de un carabinero que 
averiguase si efectivamente alojaba en la posada 
que decía. 



XIII 



)ÉaÍ[| RRITADO por aquella aventura peligrosa y 
ridicula, se presentó al día siguiente en 
(q casa de la generala, sin tomar precaución 
ninguna, y la manifestó que no quería oír 
hablar de citas misteriosas. Lucía, que la noche 
anterior le había esperado en vano, se condolió 
extremadamente de su percance, aunque no pudo 
menos de reír al oírselo contar. Desde entonces 
se vieron todos los días á la hora que á Miguel le 
placía visitar el hotel de D. Pablo Bembo. 

El tiempo que estas visitas le dejaban libre 
provechábalo para hacer excursiones á San Se- 
bastián, trabajar para el periódico ó salir á la pes- 
ca con su huésped. Este D. Valentín, antiguo ca- 
pitán de El Rápido, bergantín redondo que hacía 



T72 



ARMANDO PALACIO VAJLDÉS 



la carrera de la Habana, era una persona bastante 
original. Tendría á lo sumo cincuenta años; era 
alto y enjuto y de complexión recia, si no fuese el 
reumatismo que á largas temporadas le atormen- 
taba mucho; gastaba el cabello largo y la barba, ya 
gris, en forma de cazo. En su vida había visto Mi- 
guel, ni pensaba ver, hombre más silencioso: estu- 
vo una porción de días sin oírle el metal de la voz: 
cuando le tropezaba en la calle ó en casa, el mari- 
no se llevaba la mano al sombrero y gruñía algo 
que debía ser «buenos días> ó «buenas tardes» 
juzgando por hipótesis. En la casa jamás se le oía 
pedir ni ordenar nada: parecía una sombra cuando 
entraba ó salía ó se sentaba á la mesa á comer. 
Con su mujer y con Maximina, más se entendía por 
gestos que por palabras: como sus necesidades 
eran poco complicadas, no costaba gran trabajo 
tenerle siempre satisfecho.- Si el reuma no le tenía 
postrado, salía, casi todos los días, á pescar en un 
bote de su propiedad: horas y horas se pasaba el 
ex-capitán fondeado cerca de tierra, inmóvil, con 
el aparejo en la mano, dejándose tostar por el sol 
y azotar por el aire. A fuerza de no mantener rela- 
ciones más que con los peces, se había identifica- 
co con su naturaleza fría, grave y silenciosa; era 
un verdadero . derviche del mar, cuya aspiración 
única parecía consistir en penetrar más y más en 
este elemento y fundirse y disolverse al cabo en 



RIVERITA 



173 



él, como una piedra de sal. Por lo demás, en el 
pueblo era considerado como un buen vecino y 
marino muy inteligente. 

Este hombre, que cruzaba por el mundo en za- 
patillas, fué el compañero constante de Miguel en 
sus excursiones marítimas. Claro está que habla- 
ban poco, casi nada; pero nuestro joven había creí- 
do comprender por gestos, por gruñidos, más que 
por palabras, que era simpático á D. Valentín, lo 
cual podía achacarse á la afición que mostraba á 
la pesca. Sobre todo desde cierto día en que en- 
ganchó (pura casualidad) una magnífica robaliza y 
consiguió meterla á bordo, el ex capitán le guar- 
dó, aunque tácitas, altas consideraciones. Además, 
había adivinado también que el ex-capitán profesa- 
ba un afecto vivísimo á su sobrina Maximina, bien 
pagado por parte de ésta: ambos se comprendían 
admirablemente, con sólo mirarse, y se tributaban 
todas las pruebas de cariño que podían. Y digo po- 
dían, porque doña Rosalía estaba al tanto de este 
cariño y no manifestaba tendencias muy decididas 
á alentarlo. 

Por todo esto Miguel fué estrechando su amistad 
con él. Maximina cada día se mostraba á sus ojos 
más simpática é interesante. Las personas cando- 
rosas y sinceras tienen la ventaja de no repetir- 
se. Así que, sin que ella pudiese sospecharlo, al 
mismo tiempo que le abría su alma para que hun- 



174 / ARMANDO PALACIO VALDÉS 



diese la mirada en ella, iba cautivando la de su 
joven huésped, en términos que á éste llegaron á 
fastidiarle todos en la casa si no eran Maximina y 
su tío. Hablaba con aquélla largos ratos aprove- 
chando los momentos en que venía á arreglar su 
sala; 

— ¿Está V. ocupado, D. Miguel? 

— Ahora voy á dejar la tarea. 

Y mientras salía del cuarto y Maximina se po- 
nía á asearlo, charlaban alegremente. Miguel la em- 
bromaba con el convento: ella se defendía negando 
que tuviese por entonces intención de encerrarse 
en él. Sin embargo, al través de estas negativas se 
traslucía que acaso con el tiempo llegase á reali- 
zarlo. U,n día poniéndose serio le dijo: 

— No soy partidario de los conventos. Las virtu- 
des más hermosas de la religión cristiana, que son 
la caridad y el sacrificio por los demás, no pueden 
practicarse sino en medio de la sociedad. ¿Para qué 
sirven todas las que una joven llega á adquirir si 
han de quedar encerradas entre cuatro paredes; si 
el mundo no se ha de aprovechar de ellas jamás? 
Las únicas monjas á quienes respeto y admiro con 
todo mi corazón son las hermanas de la caridad. 

Maximina le miró sorprendida y no contestó. 
Todo el día estuvo un poco pensativa. 

Solían reunirse diariamente á la hora del oscu- 
recer algunos jóvenes delante del estanquillo, aun- 



RIVERITA 



175 



que no en tanto número como los domingos. Las 
noches eran apacibles y calurosas, y la tertulia se 
prolongaba á veces hasta las nueve y media ó las 
diez. Miguel se fué acostumbrando á asistir á ella, 
dejando las visitas á la generala para otras horas. 
Sentábase á menudo al lado de Maximina y se 
complacía en regalarle el oído. Si nos preguntasen 
si creía lo que la iba diciendo, nos sería casi im- 
posible contestar. Lo único que podemos decir 
es que no la requebraba por burlarse, ni aun por 
pasar el rato: es posible que á fuerza de serle sim- 
pática, la fuese encontrando hermosa. Pero Maxi- 
mina estaba tan convencida de lo contrario, que 
rechazaba las lisonjas del joven con tanto más em- 
peño cuanto más grata le iba siendo su compañía. 
Una noche le dijo con acento suplicante: 
— Por Dios, no me diga V. que soy bonita. 
— -¿Por qué? 

— Porque se me figura que está V. haciendo 
burla de mí, y me causa mucha pena... 

— Aunque V. no lo fuese, á mí me lo parece, y 
con esto bastaría; pero ya que V. se enfada, la lla- 
maré simpática únicamente. 

— Tampoco. No me llame V. nada. 
Las demás muchachas que allí había , todas de 
más edad que Maximina, les echaban miradas pene- 
trantes y comenzaban á murmurar de la persisten- 
cia con que el joven forastero se sentaba al lado 



176 



ARMANDO PALACIO VALDÉS 



de aquélla. Los juegos con que se mataba el tiem- 
po en aquella reunión al aire libre, eran poco va- 
riados: esconder un objeto para que uno de ellos 
lo hallase, mientras los demás cantaban, unas ve- 
ces suave y otras fuerte, según se alejaba ó apro- 
ximaba á él: adivinar quién era la persona cuyo 
retrato fuesen trazando de palabra los presentes: 
correr el florón por la cuerda.... Este juego del 
florón era el que más agradaba á Miguel: de él 
conservó toda su vida un recuerdo vivo y placen- 
tero. Consistía en introducir una sortija por una 
cuerda y agarrarse á ésta todos los tertulianos for- 
mando corro; uno se quedaba en el medio, y los 
demás corrían la sortija disimuladamente gritando: 

El florón está en la mano. 
Siga el florón. 
Siga el florón. 

El corifeo hacía una señal: el coro callaba y 
quedaba inmóvil: si adivinaba quien tenía la sorti- * 
ja, éste pasaba al centro del corro, y aquél ocu- 
paba su sitio; si no, volvía á seguir el florón su 
carrera. Nuestro joven gozaba con este juego, 
porque le trasladaba á la infancia, y acaso también 
porque al agitar las manos sentía el contacto de 
las de Maximina. Muchas veces se reía pensando: 
jSi el conde de Ríos me viera jugando al florón! 



RIVERITA 



I 77 



Al domingo siguiente se bailó, como el día 
en que él llegara, había prometido á Maximina 
entrar en el corro si ella bailaba. La niña, con- 
fiando en esta promesa, se decidió á ello, pero el 
huésped no quiso cumplir la palabra, y se quedó 
sentado delante del estanquillo como simple es- 
pectador. La pobre Maximina, defraudada, le mi- 
raba con ojos tristes, dejando adivinar que sin él 
estaba allí aburrida. 

— Oyes, Lolita — dijo el joven llamando á una de 
las pequeñas de doña Rosalía, — vé á decir á Maxi- 
mina que en cuanto oscurezca un poco más, bailaré. 

Maximina, al recibir la noticia, se puso alegre. Y, 
en efecto, cuando las sombras de la noche invadie- 
ron la plazoleta, seguro ya de no llamar la atención, 
el forastero se aventuró á tomar parte en el baile. 
No se mostró todo lo suelto y airoso que fuera de 
desear, por lo cual tuvo que escuchar algunas car- 
cajadas reprimidas; pero las llevó con paciencia, y á 
los pocos minutos ya no se fijaba en él nadie... na- 
die más que Maximina, que le decía en voz baja: — 
«Levante V. más los brazos.» — «No salte V. tanto.» 
Consejos todos muy oportunos, que el joven iba 
siguiendo al pie de la letra. La niña estaba alegre, 
satisfecha: Miguel la sacaba á bailar con más fre- 
cuencia que á las otras: luego procuraba colocarse 
á su lado para tenerla cogida de la mano, que se 
complacía en apretar suavemente y acariciar. Des- 

12 



178 



ARMANDO PALACIO VALDÉS 



pués de bailar uno frente áotro, los jóvenes tenían 
la costumbre de abrazarse un instante al concluir. 
Miguel, aprovechando uno de estos abrazos, y á 
favor de la oscuridad, cogió la trenza de Maximina, 
que colgaba por la espalda con un lazo de seda en 
la punta, y la llevó á los labios. 

— ¿Qué hace V.? — dijo la niña volviéndose rápi- 
damente. 

— Besar la trenza de su pelo. 

— ¿Y por qué hace V. eso? — preguntó con sor- 
presa. 

— Porque me gusta. 

Maximina bajó los ojos y guardó silencio. 

Poco después, el hijo del brigadier quiso besarle 
una mano; pero la niña la bajó con fuerza sin sol- 
tarse, y no le fué posible. 

Maximina, desde entonces hasta que el baile se 
deshizo, se manifestó un poco más circunspecta, 
aunque sin dejar de estar cariñosa con su amigo. Al 
concluirse y venir los jóvenes á su acostumbrada 
reunión, dijo que le dolía un poco la cabeza, y en 
vez de permanecer en la tertulia, se retiró. Creyó 
Miguel, en vista de esto, haberla causado algún 
disgusto, y estaba con deseos de hablar con ella. 
Al día siguiente de madrugada la halló bordando 
en el estanquillo. Estaba un poco pálida , y sus 
ojos, al levantarlos hacia Miguel, aunque sonrien- 
tes, expresaban una suave melancolía. 



RIVERITA 



179 



— ¿Cómo ha descansado V., Maximina? — la pre 
guntó. 

— No he podido dormir en toda la noche — res- 
pondió la niña. 
— ¿Pues? 

— No sé... daba vueltas y más vueltas... y nada. 

Miguel sonrió admirando aquella ingenuidad. 

En los días siguientes, á medida que buscaba 
las ocasiones de hablar con ella á solas, la niña las 
evitaba cuidadosamente. Sin embargo, una vez que 
doña Rosalía se levantó dejándolos solos en el es- 
tanquillo, Miguel la cogió una mano y casi á viva 
fuerza se la besó. Maximina se puso encarnada y no 
supo más que decir: 

— ¡Oh, por Dios!... 

Otra vez le dijo al oído hallándose de tertulia: 
— Tengo que pedir á V. un favor, Maximina. 
— ¿Qué es? 

— Que me dé V. un rizo de su pelo. 
La chica levantó los ojos con sorpresa. 
— ¿Me lo dará V.? — repitió mirándola atrevi- 
amente. 

Maximina bajó los ojos haciendo una señal afir- 
ativa. 

Pero trascurrió un día y trascurrieron dos, y 
es, y no daba señales de cumplir su promesa. 
Mguel le preguntaba por señas: ella sonreía sin 
contestar. Entonces el joven se hizo el enojado y 



i8o 



ARMANDO PALACIO VALDÉS 



evitó á su vez el encontrarse con ella. Maximi- 
na comenzó á echarle miradas tristes y tímidas, 
que observaba riendo interiormente. Al fin, una 
noche por propia iniciativa, aquélla vino á sen- 
tarse á su lado. Nuestro joven se mostró infle- 
xible; no quiso hablar; afectó tomar una parte 
muy activa en los juegos de prendas. Entonces la 
pobre niña dijo con voz débil: 

— Tome V. 

Miguel no la oyó. 

— Tome V. — repitió un poco más alto. 

Al volverse vió que tenía en las manos un pape- 
lito blanco. Comprendió que era el rizo de pelo y 
lo tomó apretándole al mismo tiempo los dedos con 
ternura. 

— Muchas gracias, Maximina — le dijo con acen- 
to conmovido. — Es V. muy buena, y cada día... 

Antes que pudiese concluir, la niña se levantó, 
entrando en la casa. Miguel quedó saboreando 
una dulce felicidad que nunca hasta entonces ha- 
bía gustado, la de ser querido de aquel modo tan 
ingenuo y tan puro. Tenía el corazón henchido 
de suaves sentimientos; una ternura inefable inva- 
día su alma, y se dijo: ¿Por qué no he de querer 
yo á esta niña también? ¿Por qué no he de decír- 
selo? Agitado por este deseo súbito, se levantó de 
la silla y entró en casa con la esperanza de encon- 
trar á Maximina y expresarle lo que en aquel mo 



RIVERITA 



181 



mentó sentía. Recorrió á oscuras la sala, el come- 
dor y el pasillo, llamándola suavemente; pero no 
pudo hallarla. Echó una mirada á la cocina y no 
vió en ella más que á la taciturna criada mondando 
patatas. Se habrá ido á su cuarto, se dijo, y bajó 
tristemente la escalera para restituirse á la tertu- 
lia; pero al cruzar por delante de la puerta del es- 
tanquillo que estaba á oscuras, se le ocurrió meter 
la cabeza dentro y decir: 
— Maximina. 

— ¿Qué?— contestó una voz apagada. 
— ¡Oh, picarilla! ¿está V. aquí? 
Y se introdujo en la tienda. 
—¿Dónde está V.? 
— Aquí. 

— Déme V. la mano. 

— ¿Para qué, para besarla? No quiero; es V. 
muy malo. 

Miguel soltó una carcajada, reprimiéndola para 
que no le oyesen fuera. 

— No, criatura; es para saber dónde está V. 
nada más. 

Se sentó al lado de ella en una silla baja. 
— ¿Por qué se ha escapado V. de la tertulia? 
— ¿Y V. por qué me anda buscando? 
— Para decirla á V. una cosa. 
— ¿Qué es? 

— ...Que la voy queriendo á V. mucho — dijo 



182 



ARMANDO PALACIO VALDÉS 



con acento apasionado, cogiéndola una mano. 
La niña guardó silencio. 

— Y que V. también me va queriendo á mí un 
poco, ¿no es verdad? 
Tampoco contestó. 

— Vamos, dígame V. que sí... aunque sea men- 
tira. 

— Yo no digo mentiras —manifestó la niña con 
voz dulce. 

— ¿Entonces, no me quiere V.?... 

— Tampoco digo eso. 

Miguel entusiasmado la abrazó. 

— Pues yo te quiero, te quiero por lo hermosa 
y lo buena que eres... 

Maximina al sentirse en los brazos del joven co- 
menzó á temblar fuertemente. 

— ¡Suélteme V.I ¡por Dios me suelte V.! 

— ¿Me quieres tú? ¿me quieres? 

— ¡Suélteme V., por Diosl 

— No, sin decirme que me quieres. 

— Pues sí, le quiero, le quiero; ¡suélteme V.I 

El joven la besó con pasión en los labios y la 
dejó huir á su cuarto. Él se volvió á la tertulia. 




XIV 




iguel sacó el reloj para mirar la hora. 

— ¡Oh qué reloj tan fastidioso! — 
exclamó la generala apoderándose de 
él y metiéndoselo de nuevo en el bol- 
sillo sin permitir que lo abriese. — Antes, cuando 
estabas á mi lado no hacías tanto uso de esa alha- 
ja. De pocos días á esta parte no se te cae de la 
mano. ¿Qué prisa tienes? ¿No has venido á Pasa- 
jes por mí?... Además, observo que estás algo dis- 
traído; que siempre cruza tu frente una arruga 
profunda, signo de graves meditaciones... hasta te 
encuentro ayer y hoy un poco ojeroso... 

— |Vaya, que no traes mal belén con mi fisono- 
mía! — dijo él sonriendo: bajo esta sonrisa se tras- 
lucía la cólera. 



184 



ARMANDO PALACIO VALDÉS 



En efecto, la generala exploraba á todas horas 
el semblante de Miguel como el marino el del 
tiempo. Unas veces estaba pálido, otras fatigado, 
otras melancólico, otras excesivamente risueño; 
nunca dejaba de tener alguna cosa que le llamase 
la atención. Esta eterna y escrupulosa inspección 
le había halagado al principio, después le aburrió 
un poco, y últimamente había llegado á irritarle. 

— |Y te enfadas por eso, ingrato! — exclamó 
Lucía. — Si observo tu fisonomía, es que no miro 
más que á ella; todo lo demás me parece indife- 
rente... Tu rostro es el libro donde leo mi felicidad 
ó mi desgracia. 

Aunque ya no le causaban impresión alguna 
las metáforas amorosas de la generala, Miguel se 
dulcificó. 

— No me enfado, Lucía... Si es tu gusto tras 
formarte en un semáforo y señalar todas las va- 
riaciones que experimento, ¿qué vamos á hacer? 
Es una prueba de amor que te agradezco. 

La generala creyó que debía continuar con el 
mismo tema. 

— No puedes figurarte, Miguel, lo que sufro 
cuando te veo triste, lo que gozo cuando estás 
alegre... ¡Si supieras!... Al través de tu sonrisa 
veo yo el mundo risueño, hermoso, pienso que el 
cielo está siempre azul, el campo siempre verde y 
rondoso, y que los hombres son todos felices... 



RIVERITA 



jOh, si lo supieras, estoy segura de que sonreirías 
siempre como ahora lo haces! ¿No es verdad?... 
¡Algunas veces me acometen unos pensamientos 
tan tristes! La imaginación excitada por el amor, 
da muchas vueltas... ¡Si Miguel se muriese! me 
digo. Esta idea me aniquila, me deja yerta, como 
si el cielo se desplomase... Si tú te murieses, ¿qué 
haría la pobre Lucía? Morirse también de pena; y 
si no se moría, peor para ella... No quiero pensar 
en eso, Miguel, porque toda me acongojo. Ya no 
habría felicidad posible en la tierra: sólo tu recuer- 
do dulce podría prestarme algún consuelo en cier- 
tos momentos. ¡Oh, te juro que si te murieses, 
guardaría tu imagen en el corazón hasta la hora 
de mi muerte, y aun más allá, si posible fuera, vi- 
virías en espíritu conmigo; y todos los días, todos 
los días, sin faltar uno, iría á visitarte al cemen- 
terio y á dejar sobre tu sepulcro un puñado de 
flores... 

La generala había empleado ya muchas veces 
este recurso, y siempre con el mismo éxito. A 
Miguel no le caían en gracia estas ideas lúgubres 
y procuraba llevar la conversación hacia otro 
punto. Esta vez la cortó levantándose del diván 
donde ambos estaban sentados y cogiendo el 
sombrero. Para paliar un poco el mal efecto de 
este brusco movimiento, se acercó sonriente á la 
dama y la acarició amorosamente la cara. 



i86 



ARMANDO PALACIO VALDÉS 



— Tengo una carta para el periódico empeza- 
da... Necesito terminarla antes que se vaya el 
correo. Adiós, amor mío... 

Aquel amor mío fué pronunciado de un modo 
distraído, rutinario, que hubiera mortificado á la 
generala, si no fuese frecuente en ella también al 
acariciar de palabra á su amante. 

— i Qué pronto! Apenas has estado conmigo 
dos horas. 

— Mañana procuraré estar más tiempo... Hoy 
no puedo. 

Lucía se levantó también y le echó los brazos 
al cuello con el mimo de otras veces. Miguel so- 
portó aquel abrazo y aun hizo esfuerzos por mos- 
trarse entusiasmado. 

— Aguarda un poco — dijo la generala soltán- 
dose y tomando un ramillete que había sobre la 
chimenea. — Toma estas flores, ponías delante de 
ti cuando escribas, para que al levantar la cabeza 
te acuerdes de tu Lucía. 

Miguel cogió el ramo y lo besó maquinalmente, 
como tenía por costumbre siempre que la genera- 
la le daba algún objeto en recuerdo: luego se des- 
pidió. 

Al salir del challe t llevaba el corazón menos 
oprimido que Romeo al separarse de Julieta en 
aquella célebre noche que el lector conocerá segu- 
ramente; pero su paso era cuando menos tan líge- 



RIVERITA 187 



ro Quería llegar á tiempo á la novena de San 
Ramón Nonnato que se celebraba hacía días en la 
iglesia de San Pedro. Allí veía á Maximina, á la 
cual estaba ligado por una simpatía irresistible. Y 
lo que más le entusiasmaba era que ésta había 
aceptado sus amores sin aquella reserva que el 
temor de ser engañadas obliga á manifestar á las 
muchachas, cuando un joven de condición supe- 
rior se dirige á festejarlas. Maximina fué su novia 
sin que tuviese necesidad de vencer escrúpulos y 
prevenciones que el cálculo ó la malicia introduce 
en el pensamiento de aquéllas. Le entregó su co- 
razón con inocencia, como una cosa natural ó que 
no podría ser de otro modo. Lo único que la había 
hecho vacilar al principio fué la sorpresa de que 
se dirigiese á ella con preferencia á otras jóvenes 
que pasaban en el pueblo por mucho más bonitas; 
una vez convencida de que aquél tenía el mal gus- 
to de encontrarla bella ó al menos simpática, no 
consideró poco ni mucho la diferencia de fortuna 
ni se imaginó que todo aquello podría ser nada 
más que un puro y frivolo pasatiempo por parte 
del joven, forastero. Abrió su espíritu al amor con 
la inocencia que la flor abre su cáliz á los rayos 
del sol. Y aquella niña tímida, melancólica y refle- 
xiva, en algunos días había experimentado nota- 
ble trasfiguración; la alegría que rebosaba de su 
alma comunicó á su rostro atractivos que antes no 



i88 



ARMANDO PALACIO VALDÉS 



tenía, gracia á sus movimientos, sonoridad á su 
risa, brillo á su palabra. Este cambio no pudo pa- 
sar inadvertido á nadie, pero menos á Miguel. Ob- 
servólo con placer, con el placer del artista que 
contempla la obra salida de sus manos; fué un ali- 
ciente más para seguirla enamorando sin calcular 
las fatales consecuencias que aquel devaneo ho- 
nesto podría traer consigo. 

Cuando se hubo alejado de casa de la generala, 
cerca ya de la orilla donde Úrsula le aguardaba 
con su esquife, echó una mirada al ramo que lle- 
vaba en la mano, reflexionó que era grande y mo- 
lesto para llevar ála iglesia, y diciendo: — ¡A dónde 
voy yo con esta carga de hierba! — lo arrojó al sue- 
lo, y siguió rápidamente su camino sin más pensar 
en él. La novena de San Ramón atraía mucha 
gente á la iglesia de San Pedro. Era un templo 
grande, sucio y tenebroso hasta de día: por la no- 
che, con cuatro ó cinco lámparas de aceite colga- 
das aquí y allá á largas distancias, ofrecía un as- 
pecto siniestro. Mas ahora el rosetón de luces que 
ardía en torno de la imagen alegraba un círcu- 
lo muy ancho donde resaltaban las cabezas de las 
beatas que se colocaban en primera fila. Miguel 
acostumbraba á introducirse en la iglesia por la 
puerta de la sacristía, y desde ésta, sacando un 
poco la cabeza, veía toda la parte iluminada del 
templo. 



RIVERITA 



189 



Maximina y su tía se acomodaban allá enfren- 
te, cerca de un banco para sentarse en los inter- 
valos de descanso. La niña, penetrada de un vivo 
sentimiento religioso, no osaba mirar hacia Miguel; 
creía profanar la majestad de la casa de Dios. No 
obstante, alguna que otra vez, de raro en raro, se 
autorizaba el levantar los ojos y clavarle una rá- 
pida y grave mirada, arrepintiéndose inmediata- 
mente de haberlo hecho. A nuestro joven le hacía 
gozar más aquella tímida y rapidísima mirada que 
las ardientes y prolongadas que otras mujeres más 
bellas y más vistosas le habían echado en el curso 
de su vida. 

Aunque á larga distancia, observó aquella tarde 
que el semblante de Maximina no era el mismo 
de otros días; la melancolía, siempre esparcida 
sobre él, se había convertido en profunda tristeza; 
sus miradas eran más frecuentes y más largas, y 
en torno de sus ojos un círculo levemente encar- 
nado acusaba claramente el llanto vertido. ¿Qué 
le habrá pasado? se preguntó con inquietud. ¿La 
habrá reñido su tía? Y deseó que se concluyese 
pronto la novena á fin de enterarse. 

Era noche cerrada cuando salieron de la iglesia. 
El joven forastero acostumbraba á esperar á doña 
Rosalía y su sobrina en el pórtico, ofrecerles agua 
bendita y acompañarlas á casa en unión de otras 
vecinas, lo cual le permitía emparejarse con su 



190 ARMANDO PALACIO VALDÉS 



novia y sostener con ella conversación aparte- 
Todo esto respiraba un sentimiento idílico, de 
suave felicidad, que, como contraste á sus refina- 
dos amores cortesanos, le causaba un gran deleite. 
Después de haberla dirigido algunas preguntas in- 
significantes, á las cuales contestó la niña con dul- 
ce y apagada voz, un poco más apagada que otras 
veces, la preguntó bruscamente: 

— ¿Qué tienes?... Parece que estás triste y has 
llorado (la tuteaba en secreto desde hacía algunos 
días: ella no se atrevía á hacerlo sino alguna que 
otra vez, cuando el joven se lo exigía con vehe- 
mencia). 

Maximina siguió caminando en silencio. 

— ¿Te ha reñido tu tía? 

—No. 

Volvió á guardar silencio. Al cabo de un instan- 
te, acercando más el rostro, observó que algunas 
gruesas lágrimas rodaban por sus mejillas. 

— ¿Estás llorando?... ¿Por qué? — preguntó con 
zozobra. 

— No lloro... no es nada — contestó ella levan- 
tando hacia él sus ojos sonrientes, pero nublados 
por las lágrimas. 

— Lloras, sí, y quiero saber por qué. Me parece 
que tengo derecho para ello... si es que me quie- 
res, como dices. 

Todavía le costó algún trabajo arrancarle su se- 



RIVERITA 



I 9 I 



creto. Al fin la niña desahogó el pecho oprimido 
y dijo con voz cortada por los sollozos: 

— Hoy han estado en casa Paulina y Segunda y 
me llevaron á la tienda de Joaquina antes de venir 
á la novena... y allí comenzaron á burlarse de mí... 
¡Me dijeron unas cosas tan malas! 

— ¿Qué te han dicho? 

— Que V. se estaba riendo de mí y sólo aparen- 
taba quererme por divertirse un rato... Que cómo 
podía figurarme yo que un joven rico y elegante 
se había de casar conmigo... 

— ¿Todo eso te han dicho? — exclamó Miguel 
con sorda irritación. — ¿Nada más? 

— También me dijeron que V. tenía una novia... 
una señora que vive ahí en el camino de Fran- 
cia, y que la iba V. á ver todos los días... ¡Parece 
que vinieron á buscarme apropósito para darme 
esta puñalada! 

— Pues no te han dicho más que la verdad. 

La niña le miró con ojos suplicantes. 

— Sólo que hay una pequeña dificultad para que 
esa señora, á quien visito muchos días, sea mi no- 
via... y es que esa señora está casada. 

Miguel había penetrado perfectamente el alma 
de la niña: por eso le presentó esto como una di- 
ficultad insuperable. En efecto, Maximina abrió 
más los ojos manifestando gran sorpresa; exigió 
que el joven se lo jurará, y una vez hecho el 



192 



ARMANDO PALACIO VALDÉS 



juramento, un rayo de alegría iluminó su sem- 
blante. 

— ¡Pero qué malas son esas chicasl — exclamó 
cruzando las manos. — ¿No tendrán miedo que Dios 
las castigue? 

Miguel se esforzó en persuadirla á que no cre- 
yese nada de cuanto la dijeran acerca de él, le 
hizo mil protestas sinceras de cariño, y logró que 
antes de llegar á casa se disipasen las nubes que 
velaban su rostro. Al llegar, despojóse Maximina 
inmediatamente de la mantilla y se fué á la cocina, 
donde nuestro joven la siguió. Era una hora ésta 
muy ocupada para la niña: la cena de los chicos y 
del huésped exigía bastantes preparativos: la criada 
se encargaba únicamente del condimento de los man- 
jares; doña Rosalía de atender al estanquillo. Ma- 
ximina encendió la lámpara del comedor y puso 
el mantel sobre la mesa: Miguel la seguía con la 
vista: ella le vantaba de vez en cuando la suya y 
le enviaba una sonrisa para mostrarle la confianza 
que tenía en sus palabras y lo feliz que la había 
hecho con ellas. Una vez puesta la mesa, volvieron 
á la cocina. 

— Hay que limpiar esa vajilla — dijo la criada 
con el tono agrio qre siempre usaba. 
— ¿La ha fregado V. ya? 

— Si no la hubiera fregado, ¿cómo se había de 
limpiar? ¡Vaya una salidal 



RIVERITA 



r 93 



— No se incomode, Rufa — dijo un poco acorta- 
da la niña, 

Y cogiendo un paño, se sentó con calma á secar 
los platos. Miguel se sentó cerca de ella. 

— Voy á contarles á VV. un cuento — dijo aquél 
tomando otro paño y poniéndose á secar platos 
también. — Viajando un amigo mío por la China, 
hace ya bastantes años, me contó que había llega- 
do por la noche á un pueblo llamado Cerdópolis. 
En cuanto estuvo dentro de él, ya no le extrañó el 
nombre que tenía; no se veían más que cerdos por 
todas partes; en las huertas, en las calles y hasta 
dentro de las casas; en fin, no se podía dar un 
paso sin tropezar con alguno de estos animalu- 
chos. 

— ¡Qué olor habría allí, madre mía! — exclamó 
Maximina. 

— ¡Atroz! me dijo que no se podía respirar. 
Pues sucedió que fué á alojarse á casa de uno de 
los principales del pueblo; pero la mayor parte de 
las casas, aun las de los ricos, no tenían más habi- 
taciones que la cocina y los dormitorios. El dueño 
le presentó á sus hijas , unas chicas bastante feas, 
con los ojos torcidos y los pies muy chiquitos... 
en fin, VV. ya habrán visto á algún chino. Pare- 
cían amables, y mi amigo quedó muy satisfecho 
del recibimiento que le hicieron. No quedó tan 
contento de la madre, esposa de nuestro chino. 

13 



i 9 4 



ARMANDO PALACIO VALDÉS 



Era una vieja que estaba al lado del fogón picando 
cebolla, así como está ahora Rufa. 

Maximina levantó los ojos hacia la cocinera y 
luego los volvió hacia Miguel con una expresión en- 
tre Cándida y maliciosa, sospechando alguna broma. 

— Cuando mi amigo se dirigió á ella preguntán- 
dole cómo estaba de salud, no le contestó más que 
¡huml sin levantar la cabeza siquiera. Mi amigo 
miró con sorpresa al marido y á las hijas, como 
diciendo: ¿Qué le he hecho yo á esta señora para 
que me reciba de este modo? Pero lo mismo él 
que ellas, en vez de avergonzarse, levantaron los 
ojos al cielo, con un gesto de resignación que le 
sorprendió todavía más. Se pusieron á cenar, y 
mi amigo durante la cena y después de ella trató 
de captarse las simpatías, ó por lo menos la bene- 
volencia de la señora, prodigándole muchas aten- 
ciones y dirigiéndole á menudo la palabra. Todo 
fué inútil: la china contestaba con su gruñido acos- 
tumbrado, ó á todo más, con algún monosílabo 
que revelaba su mal humor. El marido y las hijas 
se contentaban con hacer aquel gesto de resigna- 
ción y dolor, que cada vez iba maravillando más 
al viajero. Después de estar algún tiempo de so- 
bremesa, retiróse á descansar. Cuando por la ma- 
ñana se levantó, encontró á toda la familia muy 
triste y como consternada. Les preguntó en segui- 
da con interés qué les pasaba de malo. 



RIVERITA 



r 95 



— |La pobre madre! — exclamó una de las niñas. 
— ¿Qué le ha pasado? ¿Está enferma? — preguntó. 
—Ahí la tiene V. 

— ¿Dónde? — dijo mirando á todas partes, sin 
ver rastro de china. 
—Ahí. 

— ¿Pero dónde? 

— Esa marrana que tiene V. delante. 
— ¡Cómo! — exclamó mi amigo, creyendo que 
el chino se había vuelto loco. 

— Sí, señor; ya sabíamos en casa que de esta 
semana no podía pasar. Usted , señor, por lo vis- 
to, no sabe lo que ocurre en este pueblo... 

El chino le explicó entonces que en aquella 
villa había una enfermedad, por desgracia muy 
común, que se llamaba cerdof algia, y que consis- 
tía en la trasfiguración del hombre en cerdo. De 
ahí la inmensa cantidad de cerdos con que trope- 
zaba en las calles. El primer síntoma de esta en- 
fermedad era el mal hum or: en este primer grado, 
los enfermos podían curarse como los tísicos, y al 
efecto siempre que alguno era atacado, se emplea- 
ban para volverle á la salud mil clase de fiestas y 
egocijos, en las cuales tomaba parte toda la fami- 
ia. Algunos salvaban, pero la mayoría pasaban 
al segundo período, llamado «del silencio,» porque 
biaban muy poco: todavía en este grado, salva- 
uno que otro. Pero si desgraciadamente en- 



iqó 



ARMANDO PALACIO VALDÉS 



traban en el período de los «gruñidos, » entonces 
era cosa perdida: al cabo de algún tiempo, venía 
la trasfiguración. Su señora hacía ya dos meses 
que estaba en el tercer grado. 

Mi amigo quedó pasmado y comprendió por 
qué cuando gruñía el ama de casa hacían todos 
gestos de resignación. 

Al terminar Miguel su cuento, Maximina hacía 
esfuerzos sobrehumanos para contener las carca- 
jadas que se le escapaban de la boca, viendo lo 
amoscada que se había puesto Rufa. 

En aquel momento entró doña Rosalía con otra 
señora de su misma traza. Miguel al verlas dejó 
apresuradamente el paño y el plato que tenía en 
las manos, para que no le viesen ocupado en tarea 
tan poco varonil. Después de cambiar algunas pa- 
labras, Maximina, sin darse cuenta de lo que hacía, 
le alargó dos platos diciendo: 

— Ya no nos quedan más que siete. 

Pero el joven, avergonzado y con muy mal hu- 
mor, se los rechazó. 

— Deje V... Deje V. eso. 

La niña ruborizada y confusa exclamó con voz 

débil: 

— ¡Como hasta ahora me había ayudadol... 



XV 



I queridísima hermana: — escribía Mi- 
guel á Julia — Me preguntas por qué 
permanezco tanto tiempo en este 
pueblecillo, y supones, infundadamen- 
te, que pasaré la mayor parte en San Sebastián: 
asimismo haces algunas reticencias que me des- 
agradan, porque no están bien en boca ni en plu- 
ma de una niña tan candorosa como tú eres y de- 
seo que sigas siendo. Te has equivocado en todas 
us hipótesis. Permanezco en Pasajes (ya puedes B 
comenzar á reírte) porque estoy enamorado de la 
sobrina de mi patrona. Es una niña (sigue riendo) 
~ue no pasa por bonita, ni es gallarda, ni tiene ta- 
ento, ni una educación esmerada. Estoy enamo- 
rado no sé de qué; acaso del alma, aunque no lo 




i 9 8 



ARMANDO PALACIO VALDÉS 



aseguro. Lo que sí puedo afirmar es que no hay 
mujer (exceptuando tú) que me parezca tan linda, 
tan amable y tan bien educada. No ha cumplido 
aún los diez y seis años. ¡Si vieras qué buena y 
humilde es! Está tan convencida de su insignifi- 
cancia, que yo he hecho como Jesucristo; que- 
riendo ser la última, la elevé á primera. Ha pasado 
dos años en un convento de Vergara, y cuando yo 
llegué, estaba empeñada en hacerse monja: ahora 
ya se fué á paseo el mongío. Esto no quiere decir 
que no fuese una buena religiosa; Maximina, que 
así se llama, en cualquier estado y situación de la 
vida sería buena, porque así la hizo Dios. Me paso 
los ratos como un tonto escuchándola, cuando 
narra su vida de colegiala: las nonadas y puerilida- 
des de sus compañeras, que me cuenta con gran 
calor, me embelesan lo mismo que la novela más 
interesante: conozco ya á todas las hermanas del 
colegio como si las hubiera parido: hay una herma- 
na San Onofre, de diez y ocho años, hermosa, ins- 
truida, pero de muy mal genio; en el convento todo 
el mundo la temía más que á la superiora; ¡figúra- 
4 te que á una niña, porque manifestó asco al vaso 
de otra, la hizo comer las sobras de todas las de- 
más en un plato! Hay otra llamada María del So- 
corro, de la misma edad que Maximina, muy dulce, 
muy tímida; cuando las niñas enredaban en su 
clase, no teniendo ánimo para reñirlas ó castigar- 



RIVERITA Í99 



las, se echaba á llorar. Pero los amores de mi niña 
eran la hermana San Sulpicio, una andaluza her- 
mosísima, llena de gracia y atractivo; había cuatro 
chicas enamoradas de ella perdidamente; pero la 
que se llevó la palma y llegó á ser su favorita al 
cabo de algún tiempo, fué Maximina; sin embargo, 
la hermana, que era un poco coqueta al parecer, 
se complacía algunas veces en mortificarla mos- 
trándole gran frialdad ó adoptando con ella un 
continente severo, hasta que viendo su cara con- 
tristada, se echaba á reír y le tiraba suavemente 
de una oreja, llamándola tonta. Un día vino orden 
de arriba para trasladar á esta hermana á otro 
convento, y se marchó secretamente sin despedir- 
se. ¿Quién se lo dice á Maximina? se preguntaron 
todas las colegialas. Al fin una, más habladora y 
peor intencionada que las otras, se lo comunicó 
bruscamente: mi niña recibió un fuerte golpe en el 
corazón; pero trató de reprimirse, porque le daba 
vergüenza estallar en sollozos delante de sus com- 
pañeras: este esfuerzo sobre sí misma le costó 
caro, porque al poco rato se sintió mal y hubo 
que desabrocharle á toda prisa el vestido, para 
que no se ahogase. 

Oyendo el relato de tales escenas infantiles se 
pasa el mentecato de tu hermano sabrosamente el 
tiempo, y no tiene ganas de volver á Madrid. 
¿Querrás creer, querida hermana, que encuentro 



200 



ARMANDO PALACIO VALDÉS 



más sabiduría en las palabras de Maximina que 
en los cursos de sistemas coloniales que nos da 
en su casa el conde de Ríos? Indudablemente, es- 
toy perdido. Razón tiene mi tío Bernardo en decir 
que no seré en la vida nada de provecho. 

Muchos recuerdos á mamá. Salud y Estado Ma- 
yor. Un abrazo que casi te asfixie de tu hermano, 

Miguel. > 

Tres días después la contestación de Julia, que 
decía así: 

«Mi más querido hermano: Si por mi gusto fuese, 
no te escribiría hoy, porque tengo que darte una no- 
ticia desagradable; pero mamá lo manda... y... car- 
tuchera en el cañón, quepa ó no quepa. La noticia 
es que nos vamos á Madrid en la semana próxi- 
ma, hacía el miércoles ó jueves. Por consiguiente, 
ya sabes que debes ponerte en camino cuanto 
antes. Mucho siento arrancarte esa felicidad que 
dices sentir y en la cual no creo. Toda la vida has 
sido un pillo de playa, y no te arriendo los tizo- 
nazos que has de de llevar en el otro mundo. Esa 
pobre chica será bien desgraciada si se fía de tus 
palabritas de miel; no tardará en ir al panteón de 
las víctimas, como Teresa, Paquita, etc., etc. ¡Me 
avergüenzo de ser hermana tuya, gran tunol 

Sabrás como tenemos noticia de que tío Mano- 
lo se casa con la viuda de marras. Ya era tiempo. 
Lo mismo uno que otro necesitan ponerse denta- 



RIVERITA 



20I 



dura nueva, porque están algo duritos. Ahí te en- 
' vio una carta que por la letra me parece de él: 
supongo que será dándote parte de la boda. 

El cuerpo de Estado Mayor me manda darte 
recuerdos. Mamá lo mismo. Yo no me contento 
sino con un fuerte mordisco en una oreja: ya sabes 
que soy especialista en ese ramo. Avisa cuando 
sales. 

Julia.*» 

Dentro de ésta venía otra carta de D. Manuel 
Rivera noticiándole su próximo matrimonio. El 
antiguo seductor se manifestaba en ella contrito 
y con grandes deseos de reformarse en lo tocante 
á la moral y las costumbres, y anunciaba en tér- 
minos concretos que estaba resuelto á someterse 
á las leyes generales que rigen los destinos de la 
humanidad y la encaminan á lo infinito: hablaba 
de la necesidad imperiosa que siente el hombre 
de tener una compañera «que le ayude á soportar 
el fardo de la vida, » de los goces dulces é inefa- 
bles del hogar doméstico, de los mutuos sacrifi- 
cios. Por último, llamaba al Sér Supremo en su 
auxilio y le rogaba se dignase bendecir «su pobre 
choza. » 

Miguel, en vez de enternecerse como debía, se 
rió mucho leyéndola: mas al instante quedó triste 
y cabizbajo al recordar que debía abandonar á 
Pasajes dentro de pocos días. La verdad era que 



202 



ARMANDO PALACIO VALDÉS 



lo estaba pasando bien y que no le halagaba nada 
tornar de nuevo á la bulliciosa vida de la corte. 
Por otra parte, ¡qué sentimiento tan vivo experi- 
mentaría la pobre Maximinal En cuanto á la gene- 
rala, hacía ya días que había formado propósito 
irrevocable de romper con ella, si éien esperaba 
verse lejos para llevarlo á cabo; no le acomodaba 
hacerlo en una entrevista por no escuchar sus que- 
jas de codorniz romántica. 

En la expresión melancólica y reflexiva de su 
cara adivinó Maximina que algo triste le pasaba. 
Trató de mostrarse entonces más alegre y habla- 
dora que de ordinario, á fin de disipar su mal hu- 
mor: adivinaba vagamente que de rechazo iba á 
caer sobre ella; pero no lo consiguió; Miguel, con- 
tra su costumbre, respondía con gravedad á sus 
instancias. 

— ¿Qué tienes? — le dijo al fin tímidamente. — 
¿Estás enfadado conmigo? 

— ¿Por qué había de estarlo? — contestó sonrien- 
do tristemente. — ¿Te remuerde por algo la con- 
ciencia? 

— A mí no... pero... 

Miguel guardó silencio unos instantes: los ojos 
escrutadores de Maximina estaban posados con 
anhelo sobre él. 

— Tengo que darte una mala noticia — dijo al 
cabo dulcificando cuanto pudo la voz. 



RIVERITA 



203 



La niña se puso extremadamente pálida; pero 
no despegó los labios. 

— Me ha escrito mi hermana para que vaya á 
reunirme con mamá y con ella á Santander, y 
acompañarlas á Madrid. 

Maximina continuó silenciosa, doblando la cabe- 
za sobre el pecho. Entonces le tocó á nuestro 
joven observarla con cierta inquietud. 

— No será la última vez que nos veamcfs, hermo- 
sa — dijo cariñosamente — Lo mismo te seguiré 

queriendo en Madrid, y á la primera ocasión que 
se me presente, vendré á hacerte una visita. 

La niña levantó los ojos hacia él esforzándose 
por sonreír. 

— Ahora que estoy próximo á separarme de ti 
— siguió diciendo el joven, — es cuando veo cuán 
to has penetrado en mi corazón... Parece mentira 
que en tan poco tiempo te haya llegado á querer 
de un modo tan entrañable... ¿Te pasa á ti lo mis- 
mo? ¿Me seguirás queriendo cuando dejes de 
verme? 

Maximina movió varias veces la cabeza en señal 
afirmativa. Conmovido por aquel silencio, que re- 
velaba mejor que ninguna frase lo que su alma 
sentía, el joven le tomó una mano y la llevó sua- 
vemente á los labios: por primera vez desde que se 
conocieran, ella no hizo resistencia alguna. Cada 
vez más embargado por la emoción, Miguel dejó 



ARMANDO PALACIO VALDÉS 



que su alma se desbordase; la expresó con lenguaje 
vivo y apasionado cuánto la amaba y lo feliz que 
algún día sería uniéndose á ella; la prometió no 
olvidarla ni un solo instante, escribirla á menudo 
y venir á verla en cuanto le fuese posible. 

La niña se llevó la mano á la frente y dijo con 
voz alterada: 

— Se me está partiendo la cabeza de dolor... 

En aquel momento entró doña Rosalía en el es- 
tanquillo. 

— jPobrecital — exclamó Miguel. — Debe V. acos" 
tarse un poco á ver si se le pasa 

— ¿Qué; te duele la cabeza? — preguntó la tía. — 

La canción de siempre Anda ve á recostarte 

hasta la hora de comer: ya te llevaré el agua se- 
dativa. 

Maximina subió á su cuarto y doña Rosalía 
quedó disertando con Miguel, que apenas la escu- 
chaba. Por la tarde la niña pudo bajar al estan- 
quillo: tenía el semblante un poco descompues- 
to. Cuando estuvieron solos, ella le dijo tímida- 
mente: 

— ¿Quieres una cosa que voy á darte? 
— ]Ya lo creo! Cuanto tú me des será para mí 
sagrado. 

Maximina sacó del bolsillo un crucifijo de plata 
pendiente de un cordón y se lo entregó ruborizada 
diciendo: 



RIVERITA 



205 



— Este crucifijo me lo regaló la hermana San 
Sulpicio el día de su santo: lo traigo colgado al 
pecho hace tres años sin quitarlo jamás... 

Miguel se lo arrebató con alegría. 

— Precisamente iba yo á pedirte una medallita 
para colgar al cuello. ¡Cuánto me alegro que te 
hayas anticipado! Te prometo no separarme de él 
ni de día ni de noche... Pero voy á suplicarte un 
favor... que tú misma me lo cuelgues. 

Maximina vaciló un instante: al fin tomó de nuevo 
el crucifijo; Miguel bajó la cabeza y el Cristo quedó 
colgado por la parte de fuera del chaleco. 

— Ahora — dijo él con sonrisa maliciosa — es 
menester que lo ocultes debajo de la camisa. 

— No; eso hazlo tú. 

Los dos días que siguieron á esta escena trascu 
rrieron suaves y melancólicos. Los amantes estaban 
mucho tiempo juntos, pero se hablaban poco. 
Maximina hacía visibles esfuerzos por mostrarse 
serena. Miguel, adivinando estos esfuerzos, sentía su 
amor y su compasión crecer. 

Tomó pasaje en un vapor que debía salir por la 
tarde. Maximina aquel día por la mañana se mani- 
festó casi contenta. Sin embargo, estando en con- 
versación con él en la sala, cuando menos parecía 
indicarlo la expresión de su fisonomía, rompió á 
sollozar fuertemente. Miguel la acarició y la con 
soló en los términos mejores que pudo. 



20Ó 



ARMANDO PALACIO VALDÉS 



Después que arregló su equipaje, el joven reco- 
rrió el pueblo despidiéndose de los amigos que 
durante su estancia se había ganado: próxima ya 
la hora de partirse y habiendo oído sonar el pito 
del vapor, volvió á casa con objeto de despedirse 
de Maximina. Por más que la buscó por todas 
partes no pudo hallarla: nadie sabía dónde se había 
metido: doña Rosalía opinó que se habría ido á la 
iglesia. No es decible lo que esto disgustó á Miguel, 
quien después de mandar el equipaje, se fué con el 
corazón oprimido hacia el muelle; pero antes se le 
ocurrió dar una vuelta por la iglesia. Como el tiem- 
po apuraba, corrió hasta sofocarse; no vió rastro 
de Maximina en todo el ámbito del templo. Salió 
cabizbajo y llegó al vapor, que estaba pitando te- 
rriblemente en espera suya. Cuando saltó á bordo, 
el capitán le dijo con malos modos que hacía quince 
minutos que aguardaban por él: no le causó ningún 
efecto la reprensión. Subió al puente; en el momen- 
to de arrancar el buque, percibió en el balcón co- 
rrido de la casa de D. Valentín la figura de la 
niña. Echó mano apresuradamente á los gemelos 
del capitán que colgaban de la baranda, y pudo ver 
á su novia llorosa con un pañuelo en la mano 
haciéndole señas. Sacó el suyo del bolsillo y con- 
testó lleno de emoción. La tarde estaba tranquila, 
el cielo nublado, las aguas de la pequeña bahía 
inmóviles y verdosas espejaban confusamente la 



RIVERITA 



207 



columna de humo que el vapor dejaba en pos de 
sí. Algunas otras figuras humanas se asomaban á 
los balcones y terrados al oír los prolongados y 
furiosos ronquidos de la máquina. 

En tanto que el barco no salió por la boca es- 
trecha de la bahía, Miguel no apartó los gemelos 
de los ojos, dirigiéndolos al balcón donde la triste 
Maximina quedaba. Cuando una peña se la ocultó, 
dejó caer las manos con dolor: después se limpió 
las mejillas, que estaban húmedas. 




XVI 




LEVABA el corazón tan henchido de 
amor, de admiración, de entusiasmo, 
que Julita se vió necesitada á sufrir á 
diario, por algún tiempo, las descrip- 



ciones que le plugo hacer de la bondad, sencillez é 
inocencia de la niña de Pasajes, A las mujeres no 
les disgusta esta clase de confidencias: así que, le- 
jos de huirlas, las provocaba, informándose con 
deleite de todos los pormenores más ó menos pue- 
riles de aquellos amores idílicos, tan en consonan- 
cia con su edad y su sexo. 

Miguel rehusaba enseñarle el retrato. Temía que 
no le gustase. Después de muchos ruegos, y anun- 
ciando con empeño «que físicamente valía poco,» 
lo sacó de una cartera donde lo llevaba. 



2IO 



ARMANDO PALACIO VALDÉS 



— ¡Pues no tiene nada de fea! — exclamó Julita. 
— Al contrario, es una cara muy simpática... 

A Miguel se le ensanchó el corazón, y se dibujó 
en sus labios una sonrisa beata. 

— ¿Sabes á quién se parece un poco?... A Gari- 
ta Mazón... 

Clarita Mazón era una joven bastante linda. Sin 
embargo, Miguel no transigió con el parecido, y 
hasta se indignó. 

— ¡Pero qué enamorado estás, Miguel! — excla- 
mó Julita sonriendo maliciosamente. — Así me gus- 
ta... Ya era tiempo de que la veleta quedase fija 
un instante... ¿Sabes que si yo estuviese en la piel 
de esa niña las habías de pagar todas juntas? 

— Lo creo — repuso el joven riendo. 

— No te duermas sobre los laureles, pillo, por- 
que en cuanto yo pueda entenderme con ella, se 
lo he de aconsejar. 

— No te hará caso. 

— ¡Quién sabe! Le haré ver lo que tú eres con 
esa cara de angelito de retablo. 

Desde Santander, Miguel telegrafió á Pasajes, 
dando noticia de su llegada. Así que saltó del tren 
en Madrid, puso otro telegrama, y escribió aquel 
mismo día. La contestación de Maximina tardó seis 
en llegar. La impaciencia que nuestro joven ma- 
nifestó en estos días hizo reír mucho á su hermana. 
Contra su costumbre, aguardaba en casa al carte- 



RIVERITA 



211 



ro, y hasta le espiaba detrás de los cristales del 
balcón y le iba á abrir él mismo la puerta. 

La carta, que al cabo recibió, venía en un sobre 
pequeño, escrito con magnífica letra inglesa, la le- 
tra que se enseñaba en el convento de Vergara; 
su contenido no era largo ni expresivo, pero res- 
piraba modestia y candor: llamábale en el comien- 
zo «apreciable Miguel» y se despedía como ese- 
gura servidora,» lo cual le hizo reír. En la ré- 
plica le dió bastante matraca con aquella «segura 
servidora,» y la niña, en las cartas siguientes, mo- 
dificó su despedida: el comienzo, ó sea el «apre 
ciable,» ya le costó más trabajo que lo cambiase: 
al fin, se aventuró á llamarle «querido Miguel.» 
Todas las cartas se las leía éste á su hermana. Ju- 
lia principió á sentir viva simpatía hacia aquella 
niña de menos edad aún que ella. Un día le dió 
una estampita de su libro de misa, para que se 
la enviase de su parte. Maximina, al acusar el re- 
cibo, se manifestó tan conmovida por aquel rega- 
lo, que Julia no pudo resistir al deseo de ponerla 
una posdata en la carta de su hermano, dándole 
cariñosas expresiones. La niña de Pasajes contes- 
tó con otra; se cambiaron después los retratos-, por 
último, al cabo de dos meses, ya se escribían di- 
rectamente. 

Por este tiempo el hijo del brigadier había 
cortado enteramente sus relaciones con la generala 



212 ARMANDO PALACIO VALDÉS 



Bembo. No pocos esfuerzos caligráficos le costó 
aquel rompimiento: las quejas de la nueva Ariadna 
venían diariamente por el correo esparcidas en 
cinco ó seis pliegos de letra menuda: era necesa- 
rio contestar á ellas: al fin Teseo se cansó y las 
guardó filosóficamente en el bolsillo. Entrado ya 
el invierno, Ariadna volvió á Madrid, y no se pa- 
saron quince días sin que la trompeta del escán- 
dalo pregonase sus amores con el secretario de la 
Embajada francesa. A Miguel no le maravilló nada 
este suceso. 

Un día Julita le dijo á boca de jarro: 
— ¿Cuándo piensas casarte, Miguel? 
Se puso colorado, y respondió vacilante y con- 
fuso: 

— jOh, el matrimonio!... Hay que pensarlo con 
calma.... Es un negocio muy grave. 

Y cortó repentinamente la conversación, ha- 
blando de otra cosa. Julia se quedó triste y pensa- 
tiva. Le hizo esta pregunta, porque había observa- 
do que su hermano no menudeaba tanto las cartas 
á Pasajes como antes. Empezó á sospechar que se 
iba cansando, y tembló por la pobre Maximina. No 
se dió por vencida, sin embargo. Al Cabo de pocos 
días le cogió en su cuarto, por la oreja, y le dijo 
medio en broma medio en veras: 

— No te suelto si no me dices ahora mismo si 
piensas ó no casarte. 



RIVERITA 



213 



— Pero, chica, ¿á ti que te va ni te viene en eso? 
— contestó el joven riendo. 

— Tengo interés por Maximina, porque es mi 
amiga. 

— r¡Si no la conoces! 

— No importa, la quiero ya como si la conociese. 

— ¿Tendrías gusto en ser hermana política de 
la sobrina de una estanquera? — preguntó el joven 
con malicia. 

— ]Ya lo creol — repuso Julia poniéndose seria. 
— Si es buena y bien educada, ¿por qué no?... 

— No vayas á pensar que yo me detengo por 
eso — dijo Miguel, poniéndose también serio. — He 
meditado mucho en estos últimos meses acerca de 
tal asunto, y al fin no he podido menos de confe- 
sarme que no sirvo para casado. El que ha hecho 
hasta los veintisiete años la vida independiente 
que yo, es muy difícil que pueda acomodarse al 
orden, á la paz, á la serie de sacrificios que el ma- 
trimonio exige... Y, francamente, para ser un mal 
casado, mo vale más que permanezca soltero toda 
la vida?... Por otra parte, si me caso con esa chi- 
ca, que no está acostumbrada al trato de gente ni 
ha entrado jamás en sociedad alguna, ya com- 
prendes que debo renunciar en absoluto á mis re- 
laciones y á las antiguas amistades de mi familia: 
yo no quiero pisar un salón donde mi mujer no 
haga buen papel... Además, Maximina es dema- 



2I 4 



ARMANDO PALACIO VALDÉS 



siado niña y demasiado inocente para dominar á 
un hombre tan maleado como yo, y para regir una 
familia... 

Así continuó el hijo del brigadier rebuscando 
argumentos en su cerebro para ocultar los verda- 
deros móviles de su conducta, que eran el tedio y 
la vanidad, pasiones asquerosas que la vida corte- 
sana habían despertado nuevamente en su cora- 
zón. Julia no apartaba su mirada escrutadora de 
él, lo cual concluyó por turbarle y obligarle á ca- 
llar. Después de algunos momentos de silencio, 
aquélla exclamó moviendo la cabeza con dolor: 

— ¡Pobre Maximinal 

Y después de una pausa larga, dijo con energía: 

— Pues mira, Miguel, si no has de casarte con 
ella, es un pecado grande que la estés engañando. 
Debes cuanto antes cortar esas relaciones. 

— Bien; de eso ya hablaremos... Acaso tengas 
razón... Hasta luego — dijo poniéndose el sombre- 
ro y dándole un beso de despedida. 

Por más que nos duela hablar mal del héroe de 
nuestra historia, la verdad nos obliga á confesar 
que Miguel tuvo la cobardía de cortar sus relacio- 
nes con la niña de Pasajes dejando de escribirla. 
Al cabo de unos quince días, su hermana le ense- 
ñó una carta que había recibido de ella; se daba 
por enterada del desamor de su novio, sin proferir 
una queja; disculpaba su conducta manifestando 



RIVERITA 215 



que después de la separación había reflexionado 
que ella no podía convenir á un hombre como Mi- 
guel; hubiera deseado, sin embargo, que éste se lo 
hubiera dicho antes de tenerla impaciente y triste 
muchos días; terminaba diciendo que al fin había 
conseguido de su tía el permiso para hacerse mon- 
ja de la caridad. 

Esta carta, donde al través de la firmeza y na- 
turalidad de los conceptos, se entrevia una mano 
temblorosa y unos ojos nublados por las lágrimas, 
conmovió hondamente á nuestro héroe, y le hu- 
biera conmovido aún más, hasta el punto quizá 
de marcharse aquel mismo día á Pasajes para pe- 
dir perdón á Maximina y hacerla su esposa, si des- 
graciadamente aquél no fuese un día crítico y te- 
rrible de su existencia. 

El periódico del conde de Ríos sostenía frecuen- 
tes polémicas con otro diario conservador titulado 
La Monarquía. Estas polémicas, un tanto ásperas, 
no habían rebasado hasta entonces los lindes de 
una cortesía más ó menos ambigua. Llegó un 
punto, no obstante, en que la discusión se fué 
agriando en términos que aparecieron en el diario 
moderado algunos insultos velados contra el ins- 
pirador y los redactores de La Independencia. Mi- 
guel se juzgó en el caso de escribir un artículo 
contestando á estas injurias, que fué un verdadero 
prodigio de habilidad: devolvíanse con creces to- 



2l6 



ARMANDO PALACIO VALDÉS 



das aquéllas al enemigo, pero de un modo tan fino 
y bien encubierto, que era imposible demandar re- 
paración ante los tribunales, y no era fácil tampo- 
co hallar motivo para un duelo. El artículo se leyó 
en la redacción y fué calurosameute aplaudido. Por 
desgracia, en esta ocasión fué cuando á Mendoza 
se le ocurrió descubrir enteramente aquel secreto 
que su amigo le tenía guardado hacía años. Al 
traerle las pruebas del artículo, se autorizó, sin con- 
sultar á nadie, cambiar uno de sus párrafos metien- 
do otro de cosecha propia. Por virtud de esta fu- 
nesta ocurrencia, lo que era una frase incisiva y 
bien meditada, se convirtió en grosero y feroz in- 
sulto. En cuanto Miguel, al leer el periódico por la 
mañana, se enteró de la modificación, revolviósele 
la bilis, comprendiendo que no, podía menos de 
producir fatales consecuencias; fué á la redacción, 
y no encontrando á Mendoza, comenzó á decir en 
presencia de sus compañeros lo que ya hemos vis- 
to en otro capítulo. 

Todos sus cálculos quedaron confirmados. No se 
pasaron muchas horas sin que dos caballeros, pa- 
drinos del director de La Monarquía, viniesen á 
exigir al de La Independencia una satisfacción per- 
sonal. Mendoza, pálido y tembloroso, les contestó 
que él no era el autor del artículo, y les prometió 
que en el número del día siguiente saldría una rec- 
tificación. No faltó quien le pasara recado á Rive- 



RIVERITA 



217 



rita, quien á toda prisa acudió á la redacción, an- 
tes que de ella hubiesen salido aquellos señores. 
Así que llegó, deshizo cuanto se había convenido; 
contestó que era suyo el escrito, se opuso á publi- 
car ninguna rectificación, y nombró por padrinos 
al conde de Ríos y á un compañero llamado Me- 
relo. Después se volvió á casa, y fué cuando Julita 
le mostró la carta de Maximina. 

Los padrinos de los contendientes tardaron un 
ía entero y emplearon toda la saliva de sus gaz- 
tes en discutir las condiciones del desafío. El 
unto más arduo era el de la elección de armas. 
El conde de Ríos, fundándose en que su apadri- 
nado era el retado, creía tener derecho á elegirlas, 
y lo sostenía con gran calor. En realidad, hacía 
mucho hincapié en este asunto, porque era sabedor 
de que el periodista moderado pensaba elegir el 
sable, no porque lo manejase con gran destreza, 
sino porque, dada su estatura y corpulencia, debía 
llevar ventaja al adversario. Los padrinos de aquél 
defendían con igual tesón su derecho, por ser el 
ofendido. A las diez de la noche aún no habían 
podido arreglarse. En una de sus entrevistas con 
Ríos, Miguel, cansado al fin por tanta dilación, le 
rogó que aceptase cuantas condiciones quisieran 
poner los contrarios. 

En virtud de esto, quedó convenido que el 
duelo se efectuase á sable con punta. Hora, las 



2l8 



ARMANDO PALACIO VALDÉS 



siete de la mañana; sitio, la quinta de Vistalegre, 
en Carabanchel. 

No fué á dormir á casa: pasó recado á su ma- 
drastra, advirtiéndola que debía velar á un ami- 
go enfermo, á fin de que ni ella ni Julia estuviesen 
con cuidado. No salió del casino, donde había es- 
tado toda la tarde esperando el resultado de la dis- 
cusión de los padrinos. Hasta las dos de la madru- 
gada jugó al tresillo: cuando la partida se disolvió, 
estuvo paseando largo rato por uno de los salo- 
nes; cansado al fin, se recostó en un diván, y no 
tardó muchos minutos en prenderle un sueño pe- 
sado y letárgico. La tensión en que sus nervios ha- 
bían estado las últimas horas, había terminado por 
un enervamiento. Durmió media hora, y, durante 
ella, soñó mil disparates: ahora se encontraba en 
un inmenso palacio deshabitado, donde cierta som- 
bra, que vió cruzar, le causó un terror extraño, que 
jamás había sentido: ahora se iba á batir dentro de 
una iglesia con un hombre que no conocía, y que re- 
sultaba serD. Valentín, el tío de Maximina, el cual, 
sin saber cómo, se convertía en gato y se arrojaba 
sobre él, clavándole las uñas al cuello: después se 
vió en medio del mar, flotando como una boya, á 
merced de las olas, sin esperanza de que nadie vi- 
niese á socorrerle. 

— Señorito, señorito... 

— ¡Ehl ¿qué hay? — dijo restregándose los ojos, 



RIVERITA 



219 



— Vamos á apagar. 

— Bueno... ¿Sabe V. si está en la sala de juego 
el Sr. Merelo? 

\ — Me parece que sí, señor. 

Se fué hacia allá y encontró á su amigo ganan- 
do bastante dinero. Al verle entrar, Merelo le diri- 
gió una sonrisa alegre y expansiva; bien clara- 
mente se entendía que en aquel instante no le im- 
portaba mucho que Miguel se fuese á matar. To- 
davía estuvo en ganancias un largo rato, hasta 
que viendo señales de que la suerte se torcía, le- 
vantóse como jugador experto y salió de la sala 
abrazado á su amigo. 

— ¿Qué hora es, Miguelillo? 

— Las cinco menos cuarto. 

— ¿Hay ánimo, verdad? — le preguntó abrazándo- 
le de nuevo con efusión. 

— ¡Sí, hombre, sí! Yo tengo ánimo y tú dinero 
— contestó sonriendo. 

— ¿Quieres que vayamos á casa de doña Ma- 
riquita á tomar chocolate? 

— Vamos. 

Mientras tomaban el desayuno, Merelo, cada 
vez más alegre y cariñoso, habló de muchas cosas 
con pasmosa lucidez; pero especialmente de es- 
grima. Realmente esta era la conversación que ve- 
nía al caso entonces, y entendiéndolo así le dió 
una multitud de consejos encaminados todos á no 



220 



dejarse pegar por el director de La Monarquía-, 
antes bien, á partirle por el medio en la primera 
ocasión. 

— Nada de fintas, ¿entiendes?... Los golpes han 
de ser rápidos y decisivos... Déjale á él que finte 
cuanto quiera... Tú quieto, sereno, aplomado... á 
parar y contestar nada más... Ya caerá en alguna 
contestación. jPues no ha de caer! 

Miguel mojaba distraídamente el bizcocho en el 
chocolate pensando Dios sabe en qué. Cerca ya 
de las seis salieron del establecimiento y endere- 
zaron los pasos hacia la calle de la Reina, donde 
vivía el general Ríos. Era noche cerrada todavía. 
Al llegar vieron el coche á la puerta en espera ya 
de su dueño. Pasaron al conde un recado por el 
lacayo y no tardó en presentarse envuelto en un 
gabán de pieles; el lacayo venía detrás con los sa- 
bles. Después de saludarse afectuosamente, subie- 
ron al carruaje, y éste comenzó á rodar por las 
calles silenciosas con áspero traqueteo. 

Cuando salieron por la puerta de Toledo, co- 
menzaba á rayar el día. Al llegar á Carabanchel 
ya estaba claro. Durante el trayecto, el general 
y Merelo no cesarón de hablar de política. La 
mañana despejada. Al apearse cerca de la regia 
posesión, hacía un frío intenso: los árboles, des- 
nudos, tenían su armazón cubierto de escarcha. 
Por el carruaje que vieron á la puerta, compren- 



RIVERITA 



dieron que sus contrarios ya habían llegado, y en 
busca de ellos se dirigieron por los hermosos jar- 
dines del opulento banquero. Mucho antes de lle- 
gar al paraje designado, vieron sus figuras negras 
resaltando sobre el blanco tapiz de la helada. 
Miguel, que hasta entonces había dado señales de 
hallarse inquieto y nervioso, quedó repentinamen- 
te en calma: desde entonces hasta el fin del lance 
manifestó una absoluta y extraña serenidad que 
dejó altamente complacidos á sus padrinos. Salu- 
daron éstos á los contrarios y al médico, que de- 
bía servir para los dos contendientes según se ha- 
bía convenido: Miguel y el periodista moderado 
se hicieron de lejos una leve inclinación de cabeza. 
Escogióse el terreno, que fué un camino de arena 
mejor resguardado que los otros por dos altos 
setos de rosal; midiéronse los sables; despojá- 
ronse los adversarios de los gabanes y levitas, que- 
dando con el chaleco, en gracia del frío que hacía; 
colocóseles en su sitio con el sable en la mano: 
por último, el conde de Ríos, como la persona 
de más respeto que allí había, se colocó en el me- 
dio, alargó los brazos tomando con los dedos las 
puntas de los dos sables y se apartó diciendo con 
fuerte entonación: 

— Señores, cumplan VV. con su deber. 

El director de La Monarquía era un mocetón 
robusto, de treinta y cuatro á treinta y seis años 



222 



ARMANDO PALACIO VALDÉS 



de edad, cuya figura formaba triste contraste en 
aquella ocasión con la delicada y exigua de Rive- 
ra. Sin embargo, á los pocos momentos compren- 
dió éste que no se las había con un tirador con- 
sumado. Miguel había tirado algunas temporadas 
el sable y el florete: su contrario no conocía al 
parecer más que esta última arma; pues hubo que 
advertirle por los padrinos que no levantase la 
mano izquierda, y la colocase detrás de la espalda. 
Pero esto mismo le hacía muy peligroso, porque 
en vez de hacer uso del filo, alargaba á cada ins- 
tante la punta del sable, manteniendo á Miguel 
fuera de distancia. Este comenzó á atacar vigoro 
sámente tirando golpes sencillos al brazo, á la 
cabeza y al hombro: su contrario, en vez de pa- 
rarlos, la mayoría de las veces rompía alargando 
la punta: de esta suerte, á los tres minutos la lu- 
cha se convirtió en un asalto desordenado de 
florete. Sin embargo, el periodista monárquico le 
tiró impensadamente un golpe á la cabeza; pero 
hubo de salirle caro, porque Miguel paró y con- 
testó con tal rapidez, que si no rompe á tiempo 
le raja la cara. Desde entonces no tiró más tajos. 
La lucha se prolongó cerca de quince minutos sin 
resultado. Miguel, que era el que atacaba, se sin- 
tió fatigadísimo; tanto, que lo hizo presente en 
voz alta, y los padrinos les obligaron á suspender 
y les dieron diez minutos de descanso. Durante 



RIVERITA 



223 



ellos, Miguel se vistió el gabán y se fué á fumar 
un cigarro en un banco con la mayor tranquilidad, 
en la apariencia, en realidad muy irritado por 
aquel extraño procedimiento de su contrario. 
Comenzada de nuevo la lucha, tampoco dió resul- 
tado alguno en bastante tiempo, apesar de que Mi- 
guel, cada vez más impaciente, atacaba con furia 
batiendo para herir el sable de su adversario; pero 
éste tenía brazo de hierro, y apenas si conseguía 
apartar la punta un instante. A los ocho ó diez 
minutos volvió á sentirse cansado, mas no osó 
declararlo por vengüenza. Aflojó en el ataque, 
haciéndolo cada vez más débil y desordenado. 
Advertido el contrario, comenzó á tirarle frecuen- 
tes estocadas: apenas tenía fuerzas para pararlas. 
Al cabo, el robusto periodista le separó el sable 
con el suyo á viva fuerza, y le hundió la punta en 
el pecho. 

Miguel cayó soltando un chorro abundante de 
sangre. Todos se apresuraron á socorrerle. El di- 
rector de La Monarquía balbució algunas pala- 
bras manifestando su sentimiento, á las cuales el 
herido no pudo contestar. El médico le hizo la 
primera cura y acto continuo fué trasladado al 
coche, que le llevó en compañía de aquél y sus 
padrinos á casa. 





XVII 



Altíg\ L pronóstico del médico fué reservado en 
los primeros momentos. Al cabo de 
nj)** veinticuatro horas manifestó que su es- 
tado era grave, aunque no desesperado. 
Julita había padecido varios ataques nerviosos 
en el trascurso de aquel día: la vista de su herma- 
no moribundo le había causado profunda y terri- 
ble impresión: no hubo fuerza humana capaz de 
hacerle tragar alimento ni medicina alguna. El 
susto de su madre también fué grande, pero tras- 
formóse súbito en viva y áspera irritación, de la 
cual fueron víctimas los padrinos, el médico, los 
criados, y hasta el mismo Miguel así que se en- 
contró en estado de sufrirla: la gran preocupación 
de la brigadiera no era que aquél se curase, sino 

i5 



22Ó 



ARMANDO PALACIO VALDÉS 



saber quién había tenido la culpa de la desgracia: 
tan intemperante y desbocada estuvo, que el con- 
de de Ríos no pisó más la casa, limitándose á 
preguntar todos los días por medio de un lacayo 
el estado del enfermo. 

Afortunadamente, salió del peligro pronto: á los 
cinco días ya se le permitía hablar, aunque no 
mucho. Julia no se apartaba de su cabecera. La 
mamá era la encargada de recibir las numerosas 
visitas que llegaban; y por cierto que no se harta- 
ba de contar á todo el mundo los pormenores de 
la catástrofe. 

Una tarde, Julia se hallaba, como de costumbre, 
cosiendo al lado de la cama del enfermo; el cual 
dormía. 

— Oyes, Julia — dijo de pronto despertándose. — 
¿Quieres hacerme un favor? 
—¿Cuál? 

— Léeme otra vez la carta de Maximina 

El día aquel no estaba yo para enterarme de 
nada 

Julia sonrió con semblante triunfal. En efecto, 
hacía días que observaba en su hermano cierta 
predisposición á la melancolía bastante ajena á su 
carácter: á menudo se pasaba horas enteras con 
los ojos estáticos, inmóvil, dando señales de ha- 
llarse emboscado en una maraña de pensamientos 
tristes: le molestaba la compañía de los amigos y 



RIVERITA 



227 



aun llegaba á desagradarle que su hermana le 
leyese demasiado tiempo. — -Miguel piensa en Ma- 
ximina — se dijo aquélla al verle tan reflexivo. 
¿Qué misterio de amor se le escapará á una joven 
de diez y siete años? — Pues que pene un poco; ya 
resollará. 

Y así fué, como lo pensó la niña. 

— Voy á buscarla — contestó saliendo apresura- 
damente de la alcoba. 

No tardó en llegar con ella en la mano: sentóse 
de nuevo y se puso á leerla con gran calma, obser- 
vando de reojo al herido. 

Al concluir, éste tenía los ojos húmedos, y ex- 
clamó mirando al techo: 

— ¡Pobre niñal 

Julia guardó la carta en el pecho, cogió otra 
vez la costura y se puso á mover la aguja en si- 
lencio. Al cabo de algunos minutos el enfermo 
volvió á decir: 

— Voy á pedirte otro favor... 

— Lo que quieras... 

Toma las llaves de mi escritorio, que están ahí 
en el chaleco, abre el segundo cajón de la izquier- 
da y saca un crucifijo de plata que hay en él... y 
tráemelo. 

— Aquí está — dijo presentándoselo á los pocos 
instantes colgando de un pedazo de cordón. 
— Este crucifijo — manifestó algo ruborizado — 



228 



ARMANDO PALACIO VALDÉS 



me lo dió Maximina al separarnos: se me rompió 
el cordón, y esperando comprar otro, lo guardé 
en el escritorio. 

— Tengo yo uno; no necesitas comprarlo — re- 
puso la joven tornando á salir de la estancia y en- 
trando otra vez al instante con un cordoncito azul. 
Y sin más dilación tomó el crucifijo de manos de 
Miguel, sacó el cordón viejo, metió el nuevo y di- 
jo con naturalidad: 

— ¿Quieres que te lo cuelgue? 

— Bueno — contestó Miguel poniéndose otra vez 
colorado. 

Al tiempo de colgárselo, Julita acercó la boca á 
su oído y le dijo graciosamente: 

— Si lo hubieras traído siempre, no te habrían 
herido. 

Y sin esperar contestación salió dando brincos. 
Cuando estuvo en el pasillo, se quedó inmóvil de 
repente, meditó un momento, y dibujándose en su 
rostro una sonrisa de placer, siguió corriendo á su 
cuarto y acto continuo se puso á escribir. 

La verdad es que en los días que siguieron á 
esta escena, Julita se manifestó digna de una pleni- 
potencia de primer orden. 

Pocos diplomáticos se hubieran conducido con 
tanta habilidad. 

No volvió á hablar á su hermano de Maximina: 
pero le dejaba largos ratos solo, y cuando estaba 



RIVERITA 



229 



á su lado permanecía quieta y silenciosa, esperan- 
do con razón que el pensamiento del herido lleva- 
ría á cabo su tarea, y mejor por sí solo que con 
auxilio de nadie. De vez en cuando, dando largos 
rodeos, que la hacían reír, Miguel sacaba la con- 
versación de Pasajes y de Maximina, contándole 
por centésima vez todos los episodios de sus ino- 
centes amores. Ella le escuchaba atenta, le anima- 
ba á seguir, pero guardándose de hacerle pregun- 
ta alguna acerca de sus designios. Esta táctica pa- 
recía excitar cada vez más la locuacidad del enfer- 
mo; y aun se advertían en él ciertos deseos de 
comunicar alguna cosa de más trascendencia; mas 
tales deseos veíanse contenidos por la reserva y 
el silencio de Julia. 

Una mañana, por fin, ésta vino á sentarse más 
temprano que de costumbre á su cabecera. Si Mi- 
guel se hubiera fijado en ella, tal vez habría adver- 
tido en sus ojillos inquietos y negros un brillo sin- 
gular y en sus manos cierto temblor inusitado; 
pero se hallaba tan embebido en sus pensamientos 
y habitual melancolía, que nada observó. 

— Dime, Miguel — le dijo la joven levantando re- 
sueltamente la cabeza, — ¿qué piensas hacer cuan- 
do te levantes? 

— ¿Cuando me levante?... ¿Qué quieres decir?.. — 
repuso sorprendido. 

— Sí; ¿qué piensas hacer de tu vida? 



23° 



ARMANDO PALACIO VALDÉS 



— ¿Qué sé yo, chica?... Lo de siempre. 

Hubo un rato de silencio. Miguel esperaba que 
su hermana concretase más el pensamiento: vien- 
do que no lo hacía, se decidió á hablar. 

— La verdad es, Julia, que he meditado bastan- 
te en estos días acerca de mi. situación, y no la en- 
cuentro tan halagüeña como á primera vista pare- 
ce. Tú y mamá constituís hoy mi única familia. 
Con los demás parientes no cuento para nada. Tú 
te casarás, como es natural. Mamá... ya sabes 
cómo tiene el genio; la vida á su lado no puede 
ser alegre. Por otra parte, me voy haciendo viejo 
{carcajada de Julia). No te rías; aunque por fuera 
no me siento viejo, por dentro necesito ya sosie- 
go, comodidades; la vida de fonda me horroriza. 
No puedes figurarte la compasión que me inspiran 
esos viejos que andan rodando solos por las casas 
de huéspedes..., que se ponen enfermos y tienen 
que llamar á una hermana de la caridad... que al 
llegar de la calle no pueden comunicar sus impre- 
siones tristes ó placenteras con un ser querido... 
que con ganas ó sin ellas se ven forzados á salir 
todas las noches, porque la soledad les arroja del 
cuarto... ¡Es horriblel 

— Bien; todo eso quiere decir que deseas casar- 
te — manifestó Julia con sonrisa burlona. 

— No he dicho tal cosa — respondió avergonza- 
do, y reponiéndose en seguida, exclamó: — Pero si 



RIVERITA 231 



lo hubiera dicho, ¿qué?... ¿Tiene algo de parti- 
cular? 

— Nada, hombre, nada; al contrario, siempre 
he creído que debías casarte. 

— ¿Pero con quién? — preguntó el joven en tono 
angustioso. 

— Con la muchacha que más te guste..., si es 
que te quiere. 

— Ahí está la dificultad..., que no me gusta 
ninguna. 

— ¿Ni la de Pasajes tampoco? 

Miguel se turbó aún más, y dijo con palabra 
vacilante: 

— ¡Qué picara eres! Maximina me gustaba. La 
verdad es que sería una buena esposa... 

— ¿Pues por qué no te casas con ella? 

— ¿Crees tú...? — preguntó dirigiéndole una mi- 
rada tímida y anhelante. 

— ¡Vaya! Yo me alegraría muchísimo. Creo que 
es la única mujer que te conviene. 

— ¡Ay, Julital — exclamó con vehemencia incor- 
porándose un poco.— Qué placer me has dado. 
Hace una porción de días que no pienso en otra 
cosa. 

— Lo sabía perfectamente... Pero hazme el fa- 
vor de taparte, porque si te mueres no hay boda, 
y yo quiero comer dulces á toda costa. 

Miguel la dirigió una sonrisa de reconocimiento. 



232 



ARMANDO PALACIO VALDÉS 



Hubo otra pausa. Se quedó pensativo y miró dos 
ó tres veces de soslayo á su hermana, como si no 
se atreviese á manifestarle lo que cruzaba por su 
mente. Al fin se aventuró á decir: 

— Todavía tengo que pedirte otro favor, Ju- 
lita. 

— Ya sé cuál es: que escriba á Maximina, 
¿verdad? 

— jQué talento tan prodigioso! No pareces her- 
mana de un redactor de La Independencia... Escrí- 
bele, sí, porque yo, Dios sabe cuándo podré coger 
la pluma. 

— ¿Y qué le digo? 

— Lo que quieras. 

— Bien; le diré que la quieres mucho y que de- 
seas casarte con ella á escape. 

— ¡Eso; y que es más guapa que la virgen del 
Carmen! 

— Calla, bruto. Voy ahora mismo, no sea que 
te vuelvas atrás. 

Salió de la alcoba; no se pasaron dos minutos 
sin que se la oyese gritar desde la puerta: 

— Ya he escrito, Miguel. Ahí está la contesta- 
ción. 

Alzó los ojos y vió á la misma Maximina, á quien 
Julia empujaba hacia la cama. Detrás vió asomar 
la cara del hombre-pez, ó sea de D. Valentín, el 
ex-capitán del Rápido, quien hacía todo lo posible 



RIVERITA 



2 33 



por ocultarse detrás de las jóvenes. Creyó que es- 
taba soñando: de tal modo se pintó el espanto en 
sus ojos, que Maximina se detuvo en medio del 
gabinete. 

— ¡Vamos, necio, no pongas esa cara, que la 
asustas! — exclamó Julita. 

Brilló entonces una chispa de gozo en los ojos 
del joven. Maximina, más roja que una cereza, 
avanzó unos pasos más y le preguntó con voz tem- 
blorosa: 

— ¿Cómo se encuentra V., Miguel? 
— ¡En el sétimo cielo; á la derecha de Dios 
Padre! 

Y tomándole una mano comenzó á besarla con 
frenesí, como si no hubiera nadie delante. 

— Julia te ha escrito pidiéndote perdón de mi 
parte, ¿no es verdad?... Diciéndote que estaba en 
peligro de muerte, y deseaba casarme contigo, 
¿verdad?... Pues todo, todo eso es cierto... Sólo 
que ya no me muero. Me casaré en cuanto me le- 
vante de esta cama y seremos muchos años feli- 
ces... Digo {bajando la cabeza y cambiando de to- 
no) en el caso de que tú me quieras... ¿Estás con- 
forme con el programa? 

La niña hizo una señal afirmativa: la emoción 
la impedía hablar. 

Miguel estrechó con fuerza sus manos y las lle- 
vó al corazón. 



234 



ARMANDO PALACIO VALDÉS 



D. Valentín contemplaba atónito aquella esce- 
na. Julita, desde la puerta, exclamó sentenciosa- 
mente llevándose un dedo á la frente: 

— ¡Y luego dirá mamá que aquí no hay más 
que viento! 



Aquella misma noche volvieron D. Valentín y 
su sobrina á Pasajes. Tres semanas después fué 
Miguel á casarse. A las dos horas de recibir la 
bendición del cura, emprendieron la marcha para 
Madrid. 

El destino tenía reservadas todavía á Miguel 
otras penas y otras alegrías, las cuales más adelan- 
te contaré, si en ello fuere Dios servido. 



FIN 



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un tomo en 8.°, 2,50 pesetas. 

■ — El gobierno y el ejército de los pueblos libres. — Tratado 
de derecho político y plan de organización militar, según 
el credo democrático y los últimos adelantos del arte de 
la guerra, 2,50. 



8 



ESCAUDON.— Historia monumental del heroico Rey 
D. Pelayo y sus sucesores en el trono cristiano de Astu- 
rias, ilustrada, analizada y documentada. Obra de sumo 
interés para los historiadores y curiosos; contiene las cró- 
nicas oficiales de aquellos tiempos, que son muy poco co- 
nocidas; un tomo en 4 °, 5 pesetas en toda España. 

EEORES. — La historia del matrimonio; 2 y 2,50 pe- 
setas. 

—Tipos y costumbres españolas; 3 y 3,50 pesetas. 
— Ayer, hoy y mañana; 6 tomos, 18 y 20 pesetas. 

FERRER DEL RIO.— Galería de la litera, con los 
retratos de Quintana, Lista, Gallego, Burgos, Toreno, 
Martínez de la Rosa, Lastra y otros; un tomo en 4. , 5 
pesetas en toda España. 

—Album literario español. Esta obra comprende una colec- 
ción de artículos y poesías de nuestros más célebres es- 
critores contemporáneos y forma la Segunda parte de la 
Galería de la literatura española; un tomo en 4. , 4 pe- 
setas en toda España. 

GOMEZ SIGLRA.— El Taciturno (novela); 4 pe- 
setas. 

GIMÉNEZ Y HURTADO.— Cuentos españoles 
contenidos en las producciones dramáticas de Calderón 
de la Barca, Tirso de Molina, Alarcón y Moreto, con 
notas y biografías, 188 1; un tomo en 8.°, 2,50 pesetas. 

— La sal de María Santísima. Musa epigramática y cancio- 
nero festivo popular, en donde figuran los más célebres 
epigramas de autores antiguos y contemporáneos y los 
más intencionados y alegres cantares del pueblo, etc., etc., 
con un razonado é interesante prólogo de D. Eduardo 
Bustillo, 1882, 8.°;-2 pesetas en toda España. 



9 



USTA. Y AR4GOI.- Ensayos literarios y críticos, 
con un prólogo de D. José Joaquín de Mora; 2 tomos en 
un volumen 4. , 6 pesetas en toda España. 

O VI LO Y C AA T A EJ28. —La mujer marroquí, estudio 
socia]. Ilustrada con cromo al lápiz y dibujos á pluma, 
por Demócrito; un tomo 8.°, 3 pesetas. 

PÉREZ GALDÓS (D. Benito).— Episodios Naciona- 
les, 20 tomos, á 2 pesetas uno. 
— Doña Perfecta; 2 pesetas. 
— Gloria; 2 tomos, 4 pesetas. 
— Marianela; 2 pesetas. 

— La Familia de León Roch; 3 tomos, 6 pesetas. 

— El Amig<?manso; 3 pesetas. 

— La Desheredada; 8 pesetas. 

— El Doctor Centeno; 2 tomos, 6 pesetas. 

— Tormento; 3,50 pesetas. 

— La de Bringas, tercera parte del Doctor Centeno; 3 pe- 
setas. 

— Lo Prohibido; 2 tomos, 6 pesetas. 
— La Fontana de Oro; 2 pesetas. ' 

— Episodios Nacionales: edición ilustrada con más de 1.200 
facsímile. 

Tomol. Trafalgar. La Corte de Carlos IV; 120 graba- 
dos, 13 pesetas. 

Tomo II. El 19 de Marzo y el 2 de Mayo. Bailén; 125 
grabados, 14 pesetas. 

Tomo III. Napoleón en Chamartín. Zaragoza; 125 gra- 
bados, 14 pesetas. 

Tomo IV. Gerona Cádiz; 130 grabados, 14 pesetas. 

Tomo V. Juan Martín el Empecinado. La batalla de los 
Arapiles; 14 pesetas. 

Tomo VI. El equipaje del Rey José. Memorias de un 
cortesano; 13 pesetas. 



IO 



Tomo VII. La segunda casaca. El grande Oriente. 
Tomo VIII. El 7 de Julio y los cien mil hijos de San 

Luis; 13 pesetas. 
Tomo IX. El Terror de 1824 y un voluntario realista; 14 

pesetas. 

Tomo X y último. Los Apostólicos y un faccioso; 15 pe- 
setas. 

PONSON DU TERRAIIu.-El Herrero del con- 
vento; 2 tomos 8.°, de 336 y 434 páginas, 3 pesetas. 

— Los Amores de Aurora: segunda parte del Herrero del 
convento; un tomo S.°, de 668 páginas, 2 pesetas. 

— La justicia de los bohemios: tercera parte y última del 
Herrero del convento; un tomo 8.°, de 567 páginas, 2 
pesetas . 

— El Capitán de los penitentes negros; 2 tomos, 2 y 2,50 
pesetas. 

— El Diamante del Comendador; un tomo, 1,50 pesetas. 

PEREDA.— Sotileza. 1885; un tomo, 4,50 y 5 pesetas. 
— Tipos y paisajes; un tomo, 3 pesetas. 
— Tipos trashumantes; 2 pesetas. 
— Esbozos y rasguños; 4 y 4,50 pesetas. 
— El sabor de la tierruca; tela, 3 y 4 pesetas. 
— Pedro Sánchez, segunda edición, 4,50 y 5 pesetas. 
En publicación: 

Obras completas, esmeradamente corregidas, á 4 y 4,50 
pesetas tomo. Encuadernadas bonitamente, en tela, una 
peseta más. 
Se hallan de venta las. siguientes: 
— Los hombres de pro. 
— El buey suelto... 

— D. Gonzalo González de la Gonzalera. 
— De tal palo tal astilla; 4 y 4,50 pesetas. 
— Escenas Montañesas; 4 y 4.50 pesetas. 



1 1 



POliO Y PEILORÓM (D. M.).— Borrones ejem- 
plares, miscelánea de artículos, cuentos, parábolas y 
sátiras; 1883, 8.°, 250 y 3 pesetas. 

— Costumbres populares de la Sierra de Albarracín; cuen- 
tos originales (muy morales); 1876, tercera edición, 2 
y 2,50 pesetas. 

— Sacramento y concubinato: novela original, de costumbres 
. aragonesas, con una carta-prólogo de D. Manuel Trueba; 
1884, 8.°, 2,50 y 3 pesetas. 

— Supuesto parentesco entre el hombre y el mono, contra 
Darwin; 1884, 8.°, segunda edición, 3,50 y 4 pesetas. 

— Los mayos: novela original, de costumbres aragonesas, 
con un prólogo de D. M. Menéndez Pelayo; 1879, segun- 
da edición, 8.°, 2,50 y 3 pesetas. 

— Elementos de Psicología; 1881, segunda edición, 8.°, 3 
y 3,50 pesetas. 

— Elementos de Lógica; 1882, segunda edición, 8.°, 3 y 3,50 
pesetas. 

— Elementos de Ética; 1882, segunda edición, 8.°, 3 y 3,50 
pesetas. 

RODA. — Los oradores romanos: lecciones explicadas en 
el Ateneo científico y literario de Madrid, en el curso 
de 1873-74, con un prólogo del Excmo. Sr 5 D. Antonio 
Cánovas del Castillo; un tomo, 2,50 y 3 pesetas. 

— Los oradores griegos. Lecciones explicadas en el Ateneo 
científico y literario de Madrid, en el curso de 1882-73, 
con un prólogo del Excmo. Sr. D. Antonio Cánovas del 
Casillo; un tomo 8.°, 2,50 y 3 pesetas. 

— Breves noticias sobre la vida literaria y política de Cáno- 
vas del Castillo: una peseta. 

— Ensayo sobre la opinión pública; 3 pesetas. 

— Traducción del mismo. Bacón, ensayo de moral y de po- 
lítica; un tomo 4.. , 3 y 3,50 pesetas. 



12 



RODRIGUEZ MOURELO.-La Radiofonía. Es- 
tudio de una nueva propiedad de las radiaciones, con 
una carta de D. José Echegaray y prólogo de D. José 
Rodríguez Carracido; 1883, un tomo en 8.°, 4 y 4,50 pe- 
setas. 

SPENCER (Herbert).— De la educación intelectual, 
moral y física: vertida al castellano, con notas y observa- 
ciones, por Siró García del Mazo; segunda edición, co- 
rregida y aumentada en vista de la inglesa de 1884; 
S.°, 3 pesetas. Obra muy recomendada á los padres, jefes 
de familia y á los maestros en general. 

— Fundamentos de la moral, vertida directamente del inglés, 
por Siró García del Mazo; 4. , 1881, 5 y 5,50 pesetas. 

— Los primeros principios, traducción de José Andrés Irues- 
te; 4. , 6 y 7 pesetas. 

— Principios de Sociología; traducción de Eduardo Cazorla, 
1883, 2 tomos 4. , 14 y 15,50 pesetas. 

VARELA (D. Juan). — Pepita Jiménez; 2,50 y 3 pesetas, 
— Doña Luz; 2,50 y 3 pesetas. 

— Las ilusiones del doctor Faustino; 2 tomos, 5 y 6 pesetas. 
— El Comendador Mendoza; 2,50 y 3 pesetas. 
— Pasarse de listo; 2,50 y 3 pesetas. 
— Cuentos y diálogos; 2,50 y 3 pesetas, 
— Poesía y arte de los árabes en España; 3 tomos, 9 y 10 
pesetas. 

— Disertaciones y juicios litérarios; 6 y 7 pesetas. 

— Algo de todo; 2,50 y 3 pesetas. 

— Dafnis y Cloe; 3 y 3,50 pesetas. 

— Estudios críticos; 3 tomos, 9 y 10 pesetas. 

— El individuo contra el Estado; 2 pesetas. 



13 




POR 

TH. RIBOT 

Traducida con autorización del autor 

POR 

FRANCISCO MARTÍNEZ CONDE, 
Profesor de Psicología. 1880, 8.°, 3,50 pesetas. 

Este libro, una de las mejores producciones del eminente 
psicólogo Ribot, expone con claridad y precisión admira- 
bles el movimiento de la Psicología científica en Alemania, 
desde principios de este siglo, en que se hizo el primer en- 
sayo, hasta nuestros días. Por su orden cronológico apare- 
cen los trabajos de Herbert y su escuela (Waitz, Lazarus, 
Steinthaly otros); de Beneke, que aplica la Psicología á la 
educación; de Lotze, autor de la teoría de los signos locales; 
de Fechner, fundador de la Psico-física; y de Wundt, crea- 
dor de la Psicología fisiológica. A la vez que expone la obra 
de cada uno de estos investigadores, el autor se detiene á 
estudiar, al paso que se presentan, las cuestiones fundamen- 
tales de la Psicología científica, esclareciendo con gran co- 
pia de luz, entre otros problemas, el origen de la noción de 
espacio, la crítica de la ley de Fechner y la duración de los 
actos psíquicos. Así este libro, á la ventaja de imponer al 
lector en el movimiento de la Psicología moderna alemana, 
movimiento más hondo y de más porvenir que el de la in- 
glesa, junta la de darle á conocer el concepto y plan de la 
* Psicología científica, tan distintos de la antigua metafísica, 
y los vitales problemas que hoy ocupan la atención de los 
investigadores. 



14 



DERECHO INTERNACIONAL PUBLICO DE EUROPA 

POR 

A.-G. HEFFTER 
traducción de GABINO LIZARRAGA, abogado 

DEL ILUSTRE COLEGIO DE MADRID, 
ETC., ETC. 

Esta obra, cuyo mérito está reconocido por todo el mun- 
do, y de que son evidente prueba las traducciones que se 
han hecho á casi todas las lenguas, viene á llenar un vacío 
en nuestra literatura patria. Su interés no puede descono- 
cerse al considerar que en ella se tratan todas las cuestiones 
internacionales, lo mismo en la paz que en la guerra. 

Hoy que los lazos de nación á nación van siendo cada 
vez más íntimos, á la par que más definidos, creemos pres- 
tar publicándolo un gran servicio á todos los que se intere- 
san por esta clase de cuestiones. 

Tales son las razones que hemos tenido presentes al de- 
cidirnos á ofrecer al público la presente traducción, habien- 
do conseguido hacerlo con tal baratura, que costando en 
francés 70 rs., la nuestra, que forma un elegante tomo en 4. 
de 553 páginas, buen papel y esmerada impresión, su precio 
es el de 8 pesetas en Madrid y 9 en provincias. 



i5 



ENRIQUE AHRENS 



ENCICLOPEDIA JURIDICA 

Ó EXPOSICIÓN ORGÁNICA 

DE LA CIENCIA DEL DERECHO Y EL ESTADO 

VERSIÓN DIRECTA DEL ALEMÁN 
AUMENTADA CON NOTAS CRÍTICAS 

Y UN ESTUDIO SOBRE LA. VIDA Y OBRAS DEL AUTOR 
POR 

FRANCISCO GINER, GUMERSINDO DE AZCÁRATE 
Y AUGUSTO (J. DE LINARES 

Profesores en la institución libre de enseñanza. 



Este importantísimo libro es uno de los que más alto 
renombre han dado en toda Europa á su autor, tan estima- 
do entre nosotros, y á cuyas obras tanto debe la cultura 
filosófica y social de nuestro pueblo. Contiene, después de 
la Introducción, un compendio de Filosofía del Derecho, por 
demás preciso y completo, en medio de su brevedad; una 
Historia general del Derecho, quizá superior á cuantas hasta 
hoy se han publicado; una exposición, modelo acabado en 
su género, del Derecho, especialmente en cuanto á la esfera 
civil ó privada, y por último, una ojeada á los principales 
problemas del Derecho ptiblico. 



i6 

En el Estudio sobre la vida y las obras del ilustre juris- 
consulto alemán se exponen en breve resumen sus princi- 
pales escritos: así como en el gran número de notas críticas 
que acompañan á la versión, se ha procurado completar el 
texto primitivo, en vista de otros trabajos posteriores, po- 
niéndolo en consonancia con las últimas investigaciones 
filosóficas é históricas. Por último, en la parte referente al 
Derecho civil alemán, no sólo se han indicado las principales 
modificaciones introducidas en éste después de la publica- 
ción de la Enciclopedia, sino las más importantes diferen- 
cias entre aquél y nuestro derecho positivo. 

El tomo I consta de 336 páginas, y comprende: 
Advertencia de los traductores y anotadores. — Noticia 
sobre la vida y obras de Ahrens. — Prólogo del autor. — In- 
troducción. 

Principios de Filosofía del Derecho: Fundamentación de 
la idea del Derecho. — Exposición de sus elementos capita- 
les. — Crítica de los principales sistemas. — Formas del Dere- 
cho; fuentes inmediatas y mediatas. — El Estado. — División 
orgánica del Derecho privado y público, según los fines de 
la vida. 

Historia del Derecho: Principios filosóficos de esta histo- 
ria. — Períodos capitales. — El Derecho pre-histórico. — Dere- 
cho oriental; ojeada general. — Los indos. — El pueblo zen- 
do. — China. — Egipto. — Los hebreos. — Derecho musulmán. 
— Apéndices. 

El tomo II consta de 464 páginas, y contiene: 

Historia del Derecho en Grecia y Roma: Diferencia entre 



17 

ambos Derechos. — Derecho griego. — Derecho romano. — 
Juicio histórico y filosófico. 

Historia del derecho de los pueblos cristianos: Derecho 
germánico de sus diversas épocas hasta nuestros días. — De- 
recho de los pueblos germánicos no alemanes. — Derecho 
germánico de los pueblos latinos. — Derecho de los pueblos 
eslavos. — Derecho húngaro. — Juicio filosófico-histórico. 

El tomo III consta de 384 páginas, y contiene: 

Sistema del derecho privado'. El concepto, fin, división 
y método del mismo. 

Parte general: Sujeto del Derecho. — Objeto del mismo. 
— Relaciones jurídicas; origen y terminación de los Dere- 
chos. — Modos de adquirir el Derecho. — Información de las 
relaciones jurídicas en el espacio y el tiempo. — Protección 
de los Derechos. — La posesión. 

Parte especial: Derecho de las personas. — Derecho de 
bienes. — Derecho de obligaciones-, contratos y sus clases. — 
Derecho de sociedad. — Derecho de matrimonio, de familia 
y de sucesión. — Derecho de las profesiones. 

Derecho público: Derecho del Estado y de la sociedad. 
— Derecho internacional. 

Metodología jurídica. 

Precio de la obra, 18 pesetas en Madrid y 21 en pro- 
vincias. 

Encuadernado en pasta española, 4,50 pesetas más. 



i8 

CALDERÓN DE LA BARCA 

Teatro selecto, precedido de un estudio crítico de D. Mar- 
celino Menéndez Pelayo; 4 tomos, 8.°, 48 y 56 reales. 
Contiene: 

TOMO I 

Estudio crítico, por D. Marcelino Menéndez Pelayo. 

DRAMAS RELIGIOSOS Y FILOSÓFICOS 
La vida es sueño. — La devoción de la Cruz. — El mágico 
prodigioso. — El Príncipe constante. 

TOIIO II 

DRAMAS TRÁGICOS 
El médico de su honra. — A secreto agravio, secreta ven- 
ganza. — El alcalde de Zalamea. — El mayor monstruo los 
celos. — Amar después de la muerte. 

TOIIO III 

COMEDIAS DE CAPA Y ESPADA 
Casa con dos puertas mala es de guardar. — La dama 
duende. — No hay burlas como el amor. — Mañanas de abril 
y mayo. 

TOIIO IV 

OBRAS VARIAS.— COMEDIAS 
No siempre lo peor es cierto. — Guárdate del agua mansa. 

ZARZUELAS 
El laurel de Apolo. — La púrpura de la rosa. 

AUTOS SACRAMENTALES 
La cena de Baltasar. — La vida es sueño. — A Dios por 
razón de estado. 

Se venden los tomos sueltos á 12 y 14 reales. 



MADRID, 1886-— Imprenta de Manuel G. Hernández, 

Libertad, 16 duplicado